El Clarividente Capítulo 57
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Capítulo 57

Abrí los ojos. Delante de mí, una joven con bata blanca y el estetoscopio al cuello examinaba mis radiografías, demasiado absorta para darse cuenta de que había recobrado el conocimiento.

—No hay fracturas —dije.

Dio un respingo. Intenté descifrar el nombre de su tarjeta identificativa, pero se me nubló la vista.

—¿Puede decirme cómo se llama? —me preguntó, antes de apuntarme con una minilinterna al ojo derecho y luego al izquierdo para comprobar los reflejos pupilares.

—Johan Valmeur —respondí, parpadeando, molesto por el haz de luz—. Soy neurocirujano —me apresuré a añadir, con la ingenua esperanza de que eso me valiera un trato de favor. Pero la joven residente no pareció impresionada en absoluto. Quizá me tomaba por un mitómano.

—Puede comprobarlo —le dije—. Trabajo en la Pitié-Salpêtrière.

—Me alegro por usted. Bueno, ¿sabe qué día es hoy?

Por sorprendente que parezca, tuve que pensarlo unos instantes. Aun así, al final le dije el día, el mes y el año.

—¿Es correcto? —pregunté, inquieto.

—¿No está seguro?

—Eh… Sí, estoy seguro.

—¡Buena respuesta! Le habría dado un caramelo de premio, pero la niña de allí se los ha comido todos.

Me señaló a una diablilla de diez años, con el brazo escayolado, que me sacó la lengua en cuanto nuestras miradas se cruzaron. ¡Y pensar que Maud quería tener hijos! Me contuve para no hacer lo mismo y le pregunté:

—¿Dónde estoy?

Frunció el ceño. Me apresuré a aclarar:

—Sé que estoy en Niza; lo que quiero saber es en qué hospital.

—En Urgencias del hospital Pasteur.

Asentí, aunque hasta ese día nunca había puesto un pie allí. Intenté incorporarme, pero un fuerte dolor de cabeza me obligó a tumbarme otra vez. Sentía el pómulo izquierdo en llamas y notaba que un diente se me movía bajo la lengua.

—Han tenido que darle unos puntos —me informó mientras rellenaba la hoja de asistencia—. No es nada grave. Solo una herida en el cuero cabelludo: se golpeó con la esquina de una mesa al caer.

Me palpé la coronilla hasta notar los hilos de catgut bajo los dedos.

—¡Ah! ¡No lo toque! ¡Ahora habrá que volver a desinfectar!

Retiré los dedos como un niño al que la maestra pilla haciendo una trastada.

—Lo siento.

La residente suspiró y añadió una nota a la hoja.

—En cualquier caso, el hombre que lo ha agredido está detenido.

Los recuerdos me volvían a retazos. Volví a ver las lágrimas de rabia en los ojos de Tom Boylan cuando le ofrecí dinero a cambio de la vida de su hijo. ¡Bravo, Johan, qué idea tan brillante!

—No quiero presentar ninguna denuncia —dije.

—No es a mí a quien tiene que decírselo.

—¿A quién, entonces?

Me señaló a un tipo de uniforme que charlaba con dos enfermeras sin prestarme la menor atención. No sé qué les estaría contando, pero las dos se partían de risa.

—El doctor Palazzi vendrá a verlo dentro de unos minutos. Lo subirán a planta en cuanto quede una cama libre.

Quise protestar, pero no me dio ocasión.

—Si le duele algo, avise a las enfermeras —continuó.

—Me encuentro bien. Puedo volver al hotel. ¿Por qué quieren dejarme ingresado?

—Llegó inconsciente. Usted es neurocirujano, así que ya sabe cómo funciona esto.

Sí, lo sabía, pero normalmente era yo quien soltaba esa cantinela.

—Precisamente. Si tuviera una hemorragia subaracnoidea, creo que me daría cuenta.

Se encogió de hombros.

—Eso lo habla con el doctor Palazzi.

Quise protestar de nuevo, pero ya había pasado al siguiente paciente.

Eché un vistazo a mi alrededor. El poli se había ido, y también las dos enfermeras con las que hablaba.

Me los imaginé tomando un café juntos en la sala de descanso.

Vi a un chico con acné. Llevaba bata blanca y un estetoscopio bien a la vista, pero se notaba que andaba perdido.

Un estudiante en prácticas, sin duda. Lo llamé y le pedí que bajara las barandillas de la cama, que me impedían levantarme.

Lo vi mirar a derecha e izquierda en busca de inspiración.

—Necesito ir al baño, y es bastante urgente.

Asintió enseguida y le enseñé cómo hacerlo.

—No, esa palanca no, la otra. Así. Ya puede bajarlas.

Me ayudó a ponerme de pie, me observó mientras me calzaba las zapatillas, titubeó y se ofreció a acompañarme.

—No hace falta. No quiero que se pierda un caso interesante por mi culpa.

Los ojos le brillaron de gratitud, y me apresuré a desaparecer por el primer pasillo que encontré.

Tenía que salir de aquel hospital, y cuanto antes, mejor.

Convencido de que habían mandado a un equipo en mi busca, busqué desesperadamente una salida.

Era consciente de que me estaba poniendo un poco paranoico, pero no tenía ningunas ganas de cruzarme con el doctor Palazzi.

Me dolía el pómulo y no me atrevía a imaginar la pinta que tendría, con la mejilla hinchada, un diente flojo y el pelo revuelto.

Cuando vi venir hacia mí a dos médicos, intenté aflojar el paso y aparentar calma.

Precaución inútil: apenas me miraron. Me detuve en seco y me volví hacia ellos.

Qué extraño… Tenía la sensación de haber vivido ya aquella escena.

Es más, ahora que lo pensaba, el lugar me resultaba familiar.

No solo el hospital Pasteur, sino también la gente que trabajaba allí, como si ya la hubiera visto antes.

Como si ya hubiera estado allí… De pronto lo comprendí.

En cierto modo, era verdad: ya había estado allí.

Ahora estaba seguro de que el hospital formaba parte de la visión que había tenido en casa de mi padre.

¿Era posible, entonces, que la mujer del retrato robot también estuviera allí?

¿Iba a conocerla por fin? Y, de ser así, ¿en qué circunstancias?

Con el corazón desbocado ante la idea de que pronto uniría mi destino al suyo, me di cuenta de que me había perdido.