Capítulo 56
El bar panorámico del hotel cerraba a las once de la noche, es decir, en poco menos de veinte minutos.
El padre de Lukas Boylan estaba sentado frente a mí, indiferente a las impresionantes vistas de la bahía de los Ángeles.
Me miraba fijamente, enfadado y quizá ya algo borracho.
Permanecimos callados hasta que el camarero nos trajo las bebidas: una caña para mi anfitrión y otra para mí.
—¿Su hijo también está aquí? —aventuré.
Tom Boylan me fulminó con la mirada. Por un instante creí que iba a echarse a llorar, pero me equivocaba. Era la ira, y no la tristeza, lo que le hacía brillar los ojos.
—Se ha quedado en París con su madre —respondió por fin.
Lo vi vaciar medio vaso. Yo aún no había tocado la cerveza y empezaba a arrepentirme de no haber pedido algo más fuerte.
La conversación no iba a ser agradable y ya era tarde para escabullirme.
Así que más valía coger el toro por los cuernos, me dije mientras observaba el cuello ancho y musculoso de mi interlocutor.
Sabía que quería hablarme de la operación de su hijo.
Abrí la boca sin saber muy bien por dónde empezar.
—Su secretaria me dijo dónde estaba —soltó entonces—. Justo después de anunciarme que la operación se había cancelado.
Suspiré.
—Señor Boylan…
Levantó la mano. Una manaza de oso maleducado.
—Quiero oírselo decir aquí, cara a cara. Quiero que me diga, mirándome a los ojos, que ya no va a operar a mi hijo. Y después quiero que me explique por qué ha cambiado de opinión.
Con las caras destrozadas, parecíamos dos boxeadores en horas bajas a punto de disputar su último combate. Pero, mientras que mi fractura de nariz se debía a un codazo accidental en un partido de fútbol, la de mi adversario recordaba más bien a una herida de guerra.
Bajé la cabeza.
—No lo entiende. Ya no puedo operar a su hijo.
—¡Pues explíquese! —exclamó Tom Boylan, y golpeó la mesa con la palma de la mano.
Noté que nos observaban desde la barra.
—Señor Boylan, nunca debí comprometerme a operar a su hijo. Cometí un grave error de criterio. Lo siento —añadí.
—Ya puede sentirlo. Si hubiera rechazado la operación como los demás, nos habríamos resignado.
Pero usted nos hizo creer que era posible.
Nos devolvió la esperanza y ahora, encima, nos abandona.
Sus colegas, al menos, no nos tomaron el pelo.
Usted ni siquiera ha tenido los huevos de decírnoslo a la cara.
Recordé la primera vez que había visto a Lukas Boylan en la consulta.
Recordé haber examinado su último angio-TAC, una prueba que permitía ver el entramado de arterias en la superficie del cerebro.
Era como contemplar un río y sus afluentes desde el espacio.
En aquel momento había sabido que podía hacerlo, que podía eliminar el aneurisma que amenazaba su vida.
Había aceptado operarlo pese al riesgo de provocar una hemorragia catastrófica si el aneurisma se rompía durante la intervención.
Mortal en ocho de cada diez casos. Ahora, solo de pensarlo, me entraban náuseas.
—Lo siento —repetí.
Debajo de la mesa, me temblaban las manos como a un drogadicto, solo que no era el mono lo que me hacía temblar, sino el miedo a volver a matar.
Él se recostó en el respaldo de la silla, tranquilo.
—No tiene derecho a echarse atrás —dijo—. No es justo.
Me sentía cada vez más miserable. Los Boylan no nadaban en la abundancia. Sabía que habían hecho enormes sacrificios para traer a Lukas a Francia. Los billetes de avión, el alquiler de un piso en París, los gastos de hospitalización y, por último, mis honorarios. Y todo para nada.
—Les devolveré el dinero —dije, y me levanté.
Tom Boylan abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Les haré un cheque —insistí—. Solo tienen que decirme la cantidad, ¿de acuerdo?
Él también se levantó. Y, en lugar de una respuesta, oí un crujido. El de mi cartílago cuando su puño se estrelló contra mi cara.