El Clarividente Capítulo 55
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Capítulo 55

Cuando salí del hotel a la mañana siguiente, ya iba con retraso.

El discurso de apertura había empezado hacía media hora cuando por fin llegué a la entrada del Negresco, custodiada por dos porteros de librea.

Tuve la impresión de entrar en la corte de un soberano, una especie de Luis XIV de pacotilla, porque la decoración me recordaba a Versalles.

Precisamente, el discurso inaugural tocaba a su fin en el Salón Real del hotel.

Me encontré con una sala circular rodeada de columnas, a la manera de un peristilo antiguo, coronada por una magnífica cúpula acristalada de cuyo centro colgaba una majestuosa lámpara de araña.

Procuré pasar desapercibido y encontré un asiento libre en la última fila.

Algunas cabezas se volvieron para escudriñarme.

Busqué alguna cara conocida, pero desde atrás solo veía nucas coronadas de canas o cráneos de calvicie avanzada.

Con mi llegada, la media de edad acababa de caer en picado.

La paridad, en cambio, seguía siendo muy desfavorable para las mujeres.

El discurso concluyó con una salva de aplausos a la que me apresuré a sumarme para confundirme con el resto.

El presidente de la SFNC cedió por fin el micrófono al primer ponente de la mañana, que no era otro que mi vecino de habitación.

Era una eminencia en su campo, eso nadie lo discutía, pero no podía decirse lo mismo de sus dotes de orador.

Pronto descubriría que no era un caso aislado.

Así fueron sucediéndose las ponencias, largas y tediosas letanías profusamente ilustradas con PowerPoints igual de soporíferos, que desfilaban por la pantalla gigante ante un público aletargado.

Mientras mi vecino de butaca, un cirujano especializado en hernias discales a punto de jubilarse, se quedaba dormido, noté que el cansancio me vencía a mí también.

Si no salía de la sala cuanto antes, acabaría dando cabezadas como él.

Aproveché que el último ponente de la mañana nos daba la espalda para escabullirme.

De vuelta en mi habitación, cambié enseguida el traje por unos vaqueros y unas zapatillas, más apropiados para salir a explorar la ciudad.

El casco antiguo de Niza estaba abarrotado.

La mayoría eran nizardos, pero también había turistas que habían venido a aprovechar el veranillo de San Martín y se cruzaban por las callejuelas en busca de un sitio donde sentarse a comer.

Me dejé llevar por la corriente, con las manos en los bolsillos y la vista alzada para admirar las fachadas pintadas de ocre y de tonos pastel.

Desemboqué en una placita donde varios bares y restaurantes se miraban cara a cara.

Como no tenía mucha hambre, decidí picar algo en un bar de tapas.

Me sirvieron especialidades de la región: petits farcis niçois (verduras rellenas), buñuelos de verdura, socca (torta de garbanzos), tarta de acelgas, todo ello regado con una copa de Côtes de Provence, blanco y con denominación de origen, nada menos.

Proseguí mi recorrido por la ciudad y me desvié hasta el museo de Arte Moderno.

Las obras se sucedían, extrañas, a veces hermosas.

Yo era un completo profano, pero reconocí las esculturas de Niki de Saint Phalle por su estilo inconfundible, del que había tenido una muestra esa misma mañana en el Negresco.

El museo contaba con una azotea en la que los arquitectos habían tenido el acierto de crear un jardín colgante, con unas vistas impresionantes de la ciudad, el mar y las montañas de alrededor.

Era magnífico, y yo estaba triste. Pensaba en Camille.

Ella también había optado por la arquitectura.

Quién sabe lo que habría podido llegar a hacer si…

Sacudí la cabeza. Me sentí mareado y decidí volver al hotel.

Estaba tumbado en la cama, vestido y sobre la colcha, y apenas había cerrado los ojos cuando llamaron a la puerta. Intenté no hacer caso: acabarían por darse por vencidos, convencidos de que no había nadie.

—Open the door! I know you’re in there! 1

El inoportuno visitante, un estadounidense para más señas, no era otro que Tom Boylan, el padre del joven futbolista cuya operación yo había anulado.

Lo miré, incrédulo. Me sacaba unos buenos diez centímetros, y estaba casi seguro de que tenía los hombros más anchos que el marco de la puerta bajo el que yo me había plantado, incómodo.

—¿Señor Boylan? ¿Qué…?

—We need to talk! 2 —me interrumpió.

1 ¡Abra la puerta! ¡Sé que está ahí!

2 ¡Tenemos que hablar!