Capítulo 54
Estaba dormitando, con los auriculares puestos, cuando noté que alguien me sacudía suavemente.
—¿Señor?
—¿Perdone?
—El cinturón —repitió el auxiliar de vuelo—. Vamos a aterrizar en breve.
Asentí, pero comprendí que no se iría hasta verme bien abrochado.
Obedecí. Mi vecina me sonrió. Subí el volumen a toda prisa, antes de que le diera por darme conversación.
Como un niño, pegué la frente a la ventanilla.
El avión se inclinó para virar noventa grados y, durante un breve instante, pareció quedarse suspendido en el aire.
Cuando se enderezó, vi la sombra del ala proyectarse sobre el mar y alargarse hacia las playas de guijarros.
Hacía buen tiempo y, a medida que descendíamos, se distinguían cada vez mejor los paseantes que deambulaban por el Paseo de los Ingleses.
Me recosté en el asiento y me preparé para el golpe del tren de aterrizaje contra la pista.
Un cuarto de hora más tarde, seguía a la riada de pasajeros que desembarcaban.
Solo llevaba equipaje de mano, así que fui directamente a la zona de llegadas.
Lo previsto era que me dirigiera a un punto de encuentro, donde un autobús fletado para los miembros de la Sociedad Francesa de Neurocirugía, la SFNC para abreviar, me llevaría al hotel.
Pero quería disfrutar un rato más de mi libertad y preferí coger un taxi.
—Por la costa —le indiqué al conductor.
Me lanzó una mirada por el retrovisor.
—A esta hora habrá mucho tráfico, señor.
Le dije que daba igual. De todos modos, no tenía prisa. El congreso no empezaba hasta la mañana siguiente y no tenía nada más previsto.
Nunca había estado en Niza. Durante la residencia en Montpellier no había tenido mucho tiempo libre para conocer la costa y, cuando no estaba en el quirófano, me dedicaba a recuperar sueño atrasado.
De hecho, ni siquiera recordaba cuándo había tenido vacaciones por última vez.
Al pensarlo, la cara de Maud me cruzó fugazmente por la mente, pero la relegué enseguida a un rincón.
No me gustaba especialmente estar solo, pero odiaba todavía más la mala compañía.
Tenía intención de aprovechar esos días para perderme por las calles de la ciudad. Para perderme, sin más.
Desde el asiento trasero del Laguna, llevaba diez minutos observando a un anciano que, sentado en un banco, daba de comer a las palomas.
El taxi no avanzaba, atrapado entre decenas de coches igual de inmóviles.
Casi podría haberme creído en la circunvalación, de no ser porque, en lugar de muros sucios y cubiertos de grafitis, tenía ante mí el mar y las palmeras.
—¿Queda muy lejos andando? —le pregunté al conductor.
Me miró con recelo. Lo tranquilicé enseguida.
—No se preocupe, le pagaré la carrera completa.
Sonrió y me enseñó una hilera de dientes amarillentos de nicotina.
—Bueno, yo diría que tiene una media hora larga. Pero está de suerte: hoy hace un día estupendo.
Por lo visto, había llovido toda la semana. Le di las gracias y le tendí la tarjeta, que me cobró sin pensárselo dos veces.
Una moto me pasó rozando y me pitó mientras me abría paso entre los coches parados para llegar a la acera.
Desplegué el asa telescópica de la maleta y me puse en marcha.
Hacía sol y, al cabo de un cuarto de hora andando, empezó incluso a apretar el calor.
Caminaba despacio, respiraba el aire cargado de yodo, dejaba que el sol de otoño me calentara la piel y que la mirada se me perdiera en la inmensidad azul que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
A medida que me acercaba al centro, había cada vez más peatones.
Me pregunté si ellos también pensaban en el atentado que había golpeado tan duramente a la ciudad en 2016, durante la fiesta nacional del 14 de julio, mientras pisábamos la misma acera donde tantas personas habían perdido la vida.
El móvil sonó y me arrancó bruscamente de mis pensamientos.
Me detuve. Era Cédric. Dudé un segundo de más y el aparato enmudeció.
Sabía que insistiría hasta conseguir hablar conmigo, así que lo apagué.
Me habría gustado hacer lo mismo con el cerebro.
Apagarlo, sin más, para que mis pensamientos dejaran de arrastrarme una y otra vez al quirófano donde había matado a Camille.
La brisa marina me hizo estremecer y seguí caminando.
Pasé por delante del Negresco, que reconocí por su cúpula rosa y su fachada blanca adornada con columnas corintias y dorados.
Allí, en el célebre gran hotel de Niza, asistiría a la mañana siguiente a la primera tanda de conferencias del programa.
Mi hotel ya no quedaba muy lejos. No tenía la categoría del Negresco, pero era un cuatro estrellas que no tardaría en resultarme muy de mi agrado.
En recepción me informaron de que me habían asignado una habitación con vistas al mar.
Un botones se hizo cargo de la maleta y de la llave magnética y me guio como un auténtico sherpa urbano.
Mientras el ascensor subía, me enumeró todos los servicios del establecimiento, del bar-restaurante panorámico al gimnasio, pasando por el spa con hammam.
Lo escuché distraído y lo seguí por el pasillo, donde la gruesa moqueta amortiguaba nuestros pasos.
Mi habitación estaba al fondo y llegamos justo cuando mi vecino de la izquierda salía de la suya.
Reconocí al instante a uno de los ponentes, un neurocirujano del hospital universitario de Ruan cuyo nombre no recordaba.
Si le sorprendió verme allí, no lo demostró.
Nos saludamos cordialmente, sin más. Aquello prometía.
Le di propina al botones y fui hacia el ventanal que daba a un espacio exterior, mitad balcón, mitad terraza.
Lo abrí. Acodado en la barandilla, intenté divisar Córcega.
Unos doscientos kilómetros separaban ambas costas, pero el botones, a quien había confesado que nunca había estado en la Costa Azul, me había asegurado que, con un cielo tan despejado como el de aquel día, se veía asomar la isla de la Belleza en el horizonte.
Por más que forzaba la vista, solo distinguía una nítida línea divisoria entre el cielo y el mar.
Aun así, me dejé hipnotizar por el centelleo del agua, como si una multitud de lentejuelas plateadas flotara en la superficie.
Al cabo de un rato, harto del ruido del tráfico del Paseo de los Ingleses, volví a entrar.
Un vistazo rápido al reloj me indicó que el restaurante del hotel ya estaba abierto.
Me quité la ropa, todavía pegajosa de sudor, me duché, me puse una muda limpia, aunque algo arrugada, y, con la mano en el pomo, listo para salir, cambié de opinión.
Me había venido a la mente la cara del profesor Fulano de Tal, con quien me había cruzado poco antes, o más bien la hostilidad manifiesta que había leído en ella pese a su saludo cortés.
Si bajaba al restaurante del hotel, corría el riesgo de encontrármelo, a él o a alguno de sus amigos.
Demasiado cansado para salir a buscar un restaurante en una ciudad que no conocía, preferí llamar al servicio de habitaciones.
Pero apenas probé lo que me subieron. La excitación se me había pasado y me preparé para una noche agitada.
1 Se nos acaba el tiempo.