Capítulo 53
Estaba descolgando los cuadros de la pared cuando el profesor Patrick Zajac, jefe del servicio de neurocirugía, entró en mi despacho sin llamar.
—¿Te mudas? —preguntó al ver que lo estaba poniendo todo patas arriba.
Sin molestarme en contestar, seguí a lo mío, impasible.
Se acercó a la ventana.
—Hum… Pues desde aquí hay mejores vistas que desde el mío.
—Es todo suyo, si lo quiere —respondí.
—¿Tiene algo que ver con esto? Nelly me lo ha dado hace un momento.
Agitó un sobre cerrado y lo dejó en una esquina libre de la mesa.
—¿No lo ha abierto? —pregunté, sorprendido e incómodo a la vez.
—No me ha hecho falta. Lo he entendido en cuanto me ha dicho que habías anulado lo del aneurisma… y todas tus próximas intervenciones.
Bajé la cabeza.
—Es una carta de dimisión —aclaré.
—Lo sé.
—Espero que no haya venido a disuadirme.
Patrick Zajac se agachó para recoger un rollo de cinta adhesiva que había rodado hasta sus pies.
—Total, no me harías caso.
Le quité el rollo de las manos y lo usé para cerrar otra caja. A ese ritmo, habría vaciado el despacho antes de que acabara el día.
—Me debes una explicación, ¿no crees? —insistió mi mentor—. Aunque solo sea por todas las horas que me he pasado defendiéndote ante la dirección del hospital.
—Siento mucho haberle hecho perder el tiempo, pero la decisión es mía. No puedo…
—¿Qué?
Volví a pensar en mi padre. En lo que me había dicho antes de llevar a Camille a la sala de los enfermos.
—No puedo perdonármelo.
—Camille Langevin estaba condenada… Siéntate, por favor, que me mareas con tanto ir y venir.
Me quedé inmóvil.
—No lo entiende —lo corté antes de que siguiera—. Cometí un error terrible.
El jefe de servicio se levantó bruscamente para cerrar la puerta del despacho.
—Puede dejarla abierta. Quiero que se sepa. Todo consta en el informe quirúrgico. Yo maté a Camille. Podría haber vivido muchos años, haberse casado, haber tenido hijos, si yo hubiera sabido parar a tiempo.
—Eso no lo sabes.
Me dejé caer en el sofá. Ese era el problema. Sí lo sabía. Había visto la vida que le esperaba a Camille.
—No puede entenderlo… Lo he echado todo a perder.
Patrick Zajac se sentó a mi lado.
—Lo que voy a decirte es terriblemente banal, pero son gajes del oficio. Tocaste una arteria y la hemorragia no se pudo controlar. Son cosas que pasan.
Sonreí con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Y ahora me va a decir que errar es humano?
Mi jefe se encogió de hombros.
—¿Y por qué no? Al fin y al cabo, es la verdad.
Eres un cirujano con talento, eso nadie lo discute.
Un virtuoso, incluso. Da gusto verte operar, pero, por mucho talento que tengas, seguirás cometiendo errores; es inevitable.
No sé si hiciste bien en cambiar de opinión sobre la operación de ese chico estadounidense.
Lo que sí sé es que la gente se imagina a un cirujano como alguien con nervios de acero y unas manos que no tiemblan.
Se equivocan. En realidad, lo que hace falta ante todo es buen criterio.
Saber cuándo operar, cuándo negarse, cuándo parar.
Y eso te lo dará la experiencia. Hazle caso a un perro viejo como yo: la experiencia también te dará la confianza que hoy te falta.
Me volví hacia la pila de expedientes pendientes.
—Tengo miedo de no ser capaz de volver a operar.
—Todos hemos pasado por eso. Es normal sentirse así. Lo superarás.
—¿Y si se equivoca?
—No hay muchas maneras de comprobarlo. Tienes que volver al quirófano.
Cuanto antes, mejor, créeme. Tengo una intervención muy sencilla que pensaba encargarle a uno de los residentes.
Podrías hacerla tú. Al fin y al cabo, es lo mismo que les pasa a los tenistas de élite.
Después de una lesión, tienen que jugar torneos de menor categoría y recuperarse poco a poco antes de volver a disputar un Grand Slam.
Como de costumbre, Patrick Zajac usaba y abusaba de las metáforas deportivas.
Apasionado del tenis, de joven había llegado a figurar en la clasificación de la ATP y nunca se perdía una final de Roland Garros.
En otras circunstancias, me habría hecho gracia, pero tenía el corazón encogido y estaba casi seguro de que nada volvería a hacerme sonreír. Nunca.
—¿Y bien? ¿Qué me dices?
Era demasiado tarde. La verdad me resultaba tan aterradora que no me atrevía a afrontarla. Sentía que había cambiado.
—Lo siento —me limité a decir.
Patrick Zajac cogió el sobre con mi carta de dimisión y se lo guardó en el bolsillo de la bata.
Se pasó la mano por la espesa cabellera plateada, que le daba cierto aire a Richard Gere.
—Bueno, escucha. Tengo otra idea. En principio, me tocaba ir a Niza, al Congreso anual de la Sociedad Francesa de Neurocirugía.
El problema es que me he enterado de que mi mujer ha organizado un fin de semana largo y romántico en Martinica para celebrar nuestro aniversario de boda.
Así que me vendría bien que alguien fuera en mi lugar.
—¿Quiere que lo sustituya?
—Solo son tres días. Te sentará bien alejarte un poco del hospital, y no tienes por qué asistir a todas las ponencias. Tómate tu tiempo, visita la ciudad. Ya hablaremos de todo esto cuando vuelvas.
—¿Y si no cambio de opinión?
—En ese caso, aceptaré tu dimisión. Aunque lo lamentaré mucho.