Capítulo 52
La habitación de Camille ya estaba desinfectada y lista para el siguiente paciente. Me quedé unos minutos delante de la puerta abierta, mirando la cama vacía.
—¿Señor? No puede quedarse aquí. Todavía no es horario de visitas.
Me volví hacia la enfermera.
—Ah, perdone…
Con los vaqueros y la cazadora de motero, no me había reconocido.
Volví a mirar la cama en la que, unas horas antes, Camille había exhalado su último aliento.
—Tiene razón —dije—. Aquí no pinto nada.
Dicho esto, me dirigí a las escaleras de servicio. Era la mejor manera de llegar a mi despacho sin cruzarme con nadie. No quería ver a mis compañeros. No quería que me dijeran que errar es humano ni que intentaran animarme de ninguna manera.
Nelly, la secretaria que compartía con otros dos cirujanos del servicio, estaba transcribiendo informes quirúrgicos. Levantó la cabeza al verme.
—¿Tu padre está bien? —preguntó tras quitarse los auriculares.
Le dije que sí.
—Solo un poco de estrés.
—Menos mal.
De pronto, Nelly parecía incómoda.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Pues que, como no me devolviste la llamada, no sabía si te había llegado mi mensaje de anoche, así que he cancelado por mi cuenta tus citas de esta mañana. Lo siento. ¿Qué hago? A lo mejor, si intento llamarlos otra vez…
Levanté la mano con la que sujetaba el casco de la moto.
—No cambies nada. Está bien así. Tengo que centrarme en unos asuntos. ¿Se han puesto ya en contacto contigo los padres de Lukas Boylan? Creo que iban a llamarte esta semana.
Ella asintió.
—Llegaron ayer a París —dijo.
—¿Ayer? —repetí, perplejo.
¿Ya?
—Sí. Como la intervención está prevista para la semana que viene, han preferido venir unos días antes por el desfase horario. ¿Por qué? ¿Hay algún cambio?
Vacilé unos instantes.
—Puede. Tengo que revisar el expediente. Ya te diré algo.
Esta vez la dejé con sus transcripciones. El tiempo apremiaba. Y yo tenía que tomar dos decisiones importantes.
El expediente de Lukas Boylan seguía donde lo había dejado la víspera, encima de la pila de intervenciones pendientes.
El joven estadounidense era el siguiente en la lista de pacientes a los que había aceptado operar.
Me quité la cazadora y me dejé caer en el sillón con un suspiro.
El corazón me latía con fuerza ante la idea de lo que estaba a punto de hacer.
Quería creer que actuaba por el bien de mi paciente, pero en el fondo sabía que mis motivos eran muy distintos.
Aunque el expediente de Lukas Boylan ya no tenía secretos para mí, volví a repasar las pruebas de imagen cerebral que le habían hecho otros médicos en otros hospitales.
Otros tantos jalones del difícil camino que el joven había recorrido en busca de una solución a su problema.
Un problema de ocho milímetros. Un aneurisma en la rama derecha de la arteria cerebral media, descubierto por casualidad durante un partido del campeonato universitario de fútbol americano.
Lukas Boylan, que jugaba de defensa en los Grizzlies, el equipo de la Universidad de Montana, en Missoula, había perdido el conocimiento en el campo.
Al intentar frenar el avance de un rival, había sufrido un choque frontal lo bastante violento como para hacerle ver las estrellas a plena luz del día.
El TAC cerebral que le habían hecho poco después no había revelado ninguna lesión.
Al menos, ninguna relacionada con el choque contra el atacante del equipo contrario.
En cambio, el radiólogo había descubierto una pequeña dilatación de la arteria cerebral, completamente asintomática, que se había considerado inoperable.
Ahora bien, la mayoría de los aneurismas cerebrales ya no eran competencia del neurocirujano.
Ya no hacía falta abrir el cráneo y excavar en el cerebro para llegar a la arteria.
Hoy en día se intervenía por vía endovascular: bastaba con introducir un catéter en la arteria femoral y hacerlo subir hasta el cerebro, siguiendo su recorrido en un monitor.
Una vez alcanzado el aneurisma, se taponaba con un stent o con coils de platino.
Una técnica mínimamente invasiva gracias a la cual el radiólogo había sustituido al cirujano.
Sin embargo, en contadas ocasiones, este procedimiento era imposible, ya fuera por la forma del aneurisma o por su localización.
Por desgracia, el de Lukas Boylan era uno de esos casos.
Pero ¿había que intentar la operación? Tarde o temprano, el aneurisma acabaría provocando una hemorragia masiva.
Sí, pero ¿cuándo? ¿Pronto? ¿Dentro de muchos años?
Esa era la pregunta a la que nadie sabía responder.
Todos mis colegas se habían negado a tocarlo.
Entonces, ¿por qué había aceptado yo? Incapaz de contestarme, me puse a rebuscar frenéticamente en el resto del expediente.
Estaba desparramando por la mesa los resultados de los análisis y los informes radiológicos cuando un ruido me hizo levantar la cabeza.
Alguien aporreaba la puerta. Me levanté y abrí. Era Maud.
—¿Te molesto? —me preguntó, como si no lleváramos meses evitándonos.
Me moría de ganas de decirle que sí.
—No —respondí por fin.
Me miró como si quisiera asegurarse y entró.
Se fijó en mi escritorio y en el caos que se había adueñado de él, como si una ráfaga de viento hubiera desperdigado todas las hojas de los expedientes.
Si le sorprendió, no lo demostró. Parecía esperar algo, quizá que la invitara a sentarse, pero yo no quería que se quedara.
—Me he enterado de lo de tu padre —dijo.
—Falsa alarma.
Asintió y se apartó para dejarme pasar hacia el sillón.
Fingí ordenar aquel desbarajuste sin dejar de observarla de reojo mientras ella recorría el despacho.
Daba la impresión de querer comprobar que nada había cambiado desde la época en que estábamos juntos.
Sus ojos se detuvieron en el sofá donde habíamos hecho el amor por primera vez.
Lo sé. No es muy romántico. Pero siempre nos habíamos sentido atraídos el uno por el otro, desde el día en que nos conocimos.
Después de semanas rondándonos como dos fieras enjauladas, acabamos lanzándonos el uno sobre el otro.
Al diablo con el romanticismo. Sabía que era esa atracción física lo que nos había mantenido juntos, cegados por la pasión, hasta que comprendimos que entre nosotros nunca habría nada más.
Mientras la miraba, me sorprendí comparándola con la mujer que se me había aparecido en la visión compartida con mi padre, la mujer del retrato.
Entonces reparé en su aire cansado, que la falta de maquillaje acentuaba.
Necesitaba pasarse un cepillo por el pelo, y la bata pedía a gritos una plancha. Se me encogió el corazón.
—¿Estuviste de guardia anoche? —le pregunté, al darme cuenta de pronto de lo que aquello implicaba.
Asintió.
—Fui yo quien certificó la defunción.
Los dos sabíamos que hablaba de Camille Langevin.
—¿Y los padres? —me atreví a preguntar.
—Destrozados.
Se encogió de hombros y se metió las manos en los bolsillos de la bata arrugada.
—Dentro de un rato habrá un oficio religioso en la capilla —añadió.
—¿A qué hora?
—A las dos.
—Gracias. Intentaré ir.
Mentía, y ella lo sabía.
—Bueno, te dejo.
Me dio la espalda, avanzó unos pasos hacia la puerta, que yo había dejado abierta, y, tras dudar en el umbral, se volvió.
—Por cierto, lo de la boda… Lo entenderé si no te apetece venir —dijo antes de desaparecer por el pasillo.
Suspiré y eché un vistazo al reloj. Aún tenía tiempo para decidir si iba a la ceremonia, aunque no me sentía con derecho a hacerlo.
Una foto de Lukas Boylan que había sobre el escritorio me llamó la atención.
¿Por qué demonios le había prometido que podría volver a jugar al fútbol?
¿De verdad había pensado en su bien o había dicho que sí solo para alimentar mi ego, por el reto que suponía una intervención así?
Ya no lo sabía. Ahora solo veía a aquel chico alto y fuerte que rodeaba a sus padres con los brazos musculosos.
Dejé la foto y busqué el teléfono, sepultado bajo el montón de papeles esparcidos.
—¿Nelly? —dije, con el auricular pegado a la oreja—. Perdona que te moleste otra vez. Hay que volver a llamar a los Boylan. Ahora mismo.
—¿Ahora?
—No puede esperar.
—Vale. ¿Y qué les digo?
—Que la intervención no se va a hacer.
Hubo un breve silencio.
—Ah… De acuerdo. Entonces, ¿les digo que se aplaza?
—No, no se aplaza. La intervención se cancela. Definitivamente.
—Pero…
Colgué. Esa fue la primera decisión. En cuanto a la segunda… Necesitaba papel y un bolígrafo.