El Clarividente Capítulo 51
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Capítulo 51

Mi padre me cogió la mano antes de que pudiera protestar.

Al instante me invadió una sensación de calor que me subió por el brazo y me llegó al pecho, al corazón.

Entonces mi cuerpo se disolvió en el espacio mientras mi mente volaba a cientos de kilómetros de allí.

Los paisajes desfilaban a toda velocidad, como si fuera a bordo de un tren lanzado a toda máquina.

Atravesé ciudades, bosques, campos desolados.

Creí reconocer el interior de un hospital, entré en una casa, deambulé entre las ruinas de un edificio de piedra, me perdí en mitad del campo.

Poco a poco, aquellos paisajes se fueron poblando de rostros.

Algunos me eran desconocidos; otros me resultaban familiares, como el de Tom Boylan, el padre de mi joven paciente estadounidense, o el de Léane Jalmet, la belga desaparecida cuya foto había visto.

Y entonces, cuando menos lo esperaba, la mujer del retrato se plantó delante de mí.

Era tal y como la había imaginado y, sin embargo, no percibí en ella ningún deseo de hacerme daño.

Me sentía cerca de ella. Necesitaba protegerla. Quería impedir que…

—Muriera —terminó mi padre, y me soltó la mano.

Presa de una emoción intensa, me llevé la mano al corazón. Lo había notado: aquel sentimiento por una mujer a la que aún no conocía.

—Vas a salvarle la vida. Esta vez la visión es muy clara.

Una paciente… Lo que me faltaba. Casi prefería la versión en la que ella me disparaba.

—¿Y la pistola con la que me amenazaba?

—No lo sé. Quizá tenga que ver con la desaparición de Léane Jalmet.

—¿Qué relación hay?

—A lo mejor ninguna. Puede que se me hayan mezclado las dos visiones y haya interpretado mal lo que vi. No sería la primera vez.

Me dejé caer en la silla con un suspiro.

—Pues lo lleva claro si depende de mí para salvar la vida.

—¿Qué quieres decir?

—Nada, olvídalo.

Mi padre dirigió la mirada a un lado.

—¿Tiene algo que ver con la joven que te sigue a todas partes? ¿Quién es?

Me estremecí. Claro, mi padre también veía a Camille.

—No quiero hablar de eso.

Se levantó y empezó a recoger la mesa.

— Me llamo Camille, soy su paciente.

—Ah, ya veo, entonces usted es…

— ¿Muerta? No, todavía no. Al menos, eso creo.

Mi padre se volvió hacia mí.

—Lo siento mucho —dijo.

—Yo también. Pero el daño ya está hecho.

Se acercó. Sentí su mano poderosa posarse en mi hombro.

—Tienes que dejarla marchar, hijo.

—¿Por qué me dices eso?

—Tienes que perdonarte. Lo que la retiene aquí es tu sentimiento de culpa.

Negué con la cabeza, incapaz de contener las lágrimas por más tiempo.

—No puedo…

—Entonces deja que la ayude a marcharse —dijo, y le tendió la mano a Camille.

Vi cerrarse tras ellos la puerta de la sala de los enfermos. Unos instantes después, me vibró el móvil en el bolsillo. Contesté. Era Cédric. Con los ojos cerrados, escuché cómo me anunciaba la muerte de la joven.