Capítulo 50
Yannick Boilevin se había marchado con paso alegre, fresco como una lechuga. La bollería que había traído ocupaba el centro de la mesa de la cocina, junto a la cafetera y los tarros de mermelada.
—Tengo que hablar contigo —me dijo mi padre mientras se echaba azúcar en el café.
—Y yo contigo.
—Bueno, tú primero.
—Me gustaría que te hicieras unas cuantas pruebas —le dije al servirme una taza—. Y no me digas que son tonterías. Al fin y al cabo, perdiste el conocimiento.
Mi padre desechó mi inquietud con un gesto impaciente.
—Estoy bien.
—Preferiría que me lo dijera otro.
—Ni hablar, no pienso ir al hospital. A mi edad, uno sabe cuándo entra, pero no cuándo sale.
—Entonces ve a ver al doctor Aubain.
—¿A ese burro? ¡Antes muerto!
Había olvidado la ridícula guerra que libraban el médico del pueblo y mi padre, «los dos hermanos enemigos», como los llamaban por allí.
—Papá…
Alargó la mano hacia una napolitana de chocolate.
—Puedes examinarme antes de irte, si te hace ilusión. Pero te aseguro que vas desencaminado. Mi malestar no tiene nada que ver con la salud.
—¿Es por la mujer del retrato robot? ¿Quién es?
Mi padre levantó la cabeza, sorprendido.
—Eso debería preguntártelo yo a ti.
Guardé silencio. La noche anterior, al tener el dibujo entre las manos, había sentido algo extraño.
Mi padre se había levantado a buscar el retrato. Lo dejó sobre la mesa, justo delante de mis narices.
—¿Y bien? ¿La has visto alguna vez?
Recorrí con el dedo el contorno del rostro.
—Podría nombrarte una o dos actrices que se le parecen —dije al fin—. Aparte de eso… Creo que me acordaría si la hubiera visto antes.
—Mmm… Ya te acordarás.
Conocía esa mirada.
—¿Me estás diciendo que yo también aparecía en tu visión?
—Sí. De eso quería hablarte. Os vi a ti y a ella. Juntos, quiero decir.
Sonreí. La idea no me desagradaba.
—Así que nos viste juntos. ¿Y después?
Mi padre palideció de golpe.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, es que… Solo de pensarlo…
—¿Qué viste, papá? Tengo derecho a saberlo.
—Ella te apuntaba con un arma y…
—¿Y qué? Dímelo.
—Te disparaba.
Ahora lo entendía todo. Sabía lo reales que podían llegar a parecer sus visiones, aunque las mías no fueran exactamente iguales.
—Me viste morir, ¿verdad, papá?
Mi padre respiró hondo.
—No estoy seguro.
—Puedes decirme la verdad, lo sabes.
—¡Si es la verdad! Me encontré mal y la visión se cortó. Pero, ahora que estás aquí, volveré a intentarlo.