El Clarividente Capítulo 49
60%

Capítulo 49

Un grito me sobresaltó. O, más bien, un canto. El del gallo, que se desgañitaba desde que el sol, tímido, intentaba abrirse paso en el cielo lechoso.

— Buenos días.

Camille me observaba, sentada en el brazo del sofá donde me había quedado dormido la noche anterior.

Al verla, sentí el impulso de consultar los mensajes.

El corazón me dio un vuelco al descubrir que tenía una llamada perdida.

Sin apartar la vista de Camille, me llevé el teléfono a la oreja y escuché el mensaje que me habían dejado la víspera en el buzón de voz.

Era Nelly, mi secretaria. Esperaba, por supuesto, que mi padre y yo estuviéramos bien y, a renglón seguido, me preguntaba si debía anular mis citas del día. Ni una palabra sobre Camille.

Colgué. De todos modos, era demasiado pronto para devolverle la llamada.

Nelly no empezaba a trabajar hasta las nueve, y yo esperaría a ver a mi padre antes de tomar una decisión.

Aún adormilado, fui a la cocina. Mientras preparaba el café, me pareció oír el ruido de un motor.

Aparté las cortinas de la ventana que daba a la carretera.

La niebla que envolvía la casa me impedía ver más allá de la verja, pero oí con claridad un portazo.

Un instante después, llamaron a la puerta.

Yannick Boilevin, el panadero del pueblo, se removía en el umbral, con el rostro crispado y, en las manos, una caja atada con una cinta que me tendió como si fuera una ofrenda.

—Bollería —dijo—. Recién salida del horno. ¿Está tu padre?

—Lo siento. Todavía duerme.

El panadero asintió, con la mirada puesta en la escalera. Yo esperaba que se marchara, pero el dolor que lo había traído hasta allí tan temprano parecía clavarlo al suelo.

Camille estaba de pie junto al pobre hombre.

— ¿Por qué no lo ayuda usted?

Me esforcé por ignorar su mirada de reproche. Más fácil decirlo que hacerlo…

—¿Qué lo trae por aquí? —le pregunté por fin mientras lo invitaba a pasar—. Parece que le duele mucho.

—Es este maldito lumbago. He probado con paracetamol, pero no me hace nada.

—En ese caso, puedo recetarle algo más fuerte.

El panadero vaciló y volvió a mirar hacia la escalera. Algo crujió en el piso de arriba. Mi padre se había levantado.

—¡Me visto y bajo! —gritó desde lo alto de la escalera.

Protesté de inmediato.

—Papá, deberías quedarte en la cama.

—¡Tonterías!

Llevé al panadero a la sala de los enfermos. Mi padre se reunió con nosotros poco después. Cruzamos una mirada. Los dos teníamos preguntas que hacernos, pero podían esperar.

—A ver, Yannick, déjame adivinar: ¿otra vez intentando impresionar a tu joven aprendiz?

El panadero lo admitió. Creía haberse lastimado la espalda al levantar un saco de harina de cincuenta kilos para cargar la amasadora.

—¡Venga! Acércate, que te eche un vistazo.

Mi padre le pasó las manos por la zona dolorida, como habría hecho un médico con el estetoscopio. De pronto se detuvo y cerró los ojos para concentrarse mejor.

—Es el disco entre la cuarta y la quinta vértebra lumbar —dijo, como si leyera una radiografía.

Desplazó las manos hacia un lado. El panadero se estremeció, sorprendido, pero no intentó zafarse.

—Hay una pequeña hernia —prosiguió, con los ojos todavía cerrados para no perder la concentración—. El disco está comprimiendo el nervio del lado derecho.

Yannick Boilevin confirmó que, efectivamente, le dolía la pierna derecha.

Mi padre abrió los ojos.

—¡Bien! ¡Vamos a ponerlo en su sitio!

El panadero le lanzó una mirada inquieta.

—¿Va a doler?

—No, si haces lo que te digo.

Me había apartado. De niño pasaba veranos enteros sentado en una silla, como ahora, en un rincón de la sala, viendo a mi padre ejercer su don de sanador.

Las consultas se sucedían a lo largo del día: un dolor de muelas que no podía esperar a la cita con el dentista, un herpes labial que no se curaba, una tortícolis…

La sala de espera nunca estaba vacía. Bajo sus dedos expertos, los músculos se relajaban, los tendones se estiraban, los cartílagos crujían.

La gente cerraba los ojos, impresionada por todos aquellos chasquidos que él le arrancaba del cuerpo.

Y entonces, de pronto, el alivio. Era mi momento favorito: cuando los rostros se distendían y una amplia sonrisa sustituía a la máscara de dolor.

Más tarde sentiría esa misma satisfacción al salvar la vida de mis pacientes.

Una sensación que se había convertido en una especie de adicción.

Hasta entonces solo había conocido la fase eufórica, ese intenso bienestar que acompaña a cada operación que sale bien.

El fracaso nunca había sido una realidad, sino una cifra, una probabilidad, un dato estadístico.

Desde la víspera, esa cifra tenía un rostro.

Nunca había imaginado que algún día pudiera sentirme tan mal.