Capítulo 48
Empujé la puerta y entré en la habitación.
—¿Papá?
Molesto porque le había interrumpido el sueño, mi padre masculló algo entre dientes y se dio la vuelta. Volvió a roncar con tanta fuerza que temblaban las paredes de adobe.
Me acerqué de puntillas para verlo dormir.
— Se parecen —dijo Camille.
No pude evitar sonreír.
—Eso dice todo el mundo.
Me incliné sobre la cama para tomarle el pulso. Normal y regular. Al día siguiente le haría un reconocimiento más completo; mientras tanto, lo arropé con las mantas y salí de la habitación.
Fuera ya era noche cerrada. No me había dado cuenta de lo deprisa que había pasado el tiempo.
Aún no había cenado, pero, como no tenía hambre, fui directamente al salón.
La sala de los enfermos, donde antaño comían los leprosos, se había convertido en un amplio comedor en el que mi padre recibía a sus clientes.
El fuego de la chimenea se estaba apagando.
— ¿Es su hermana?
Camille estaba delante de una hilera de fotos enmarcadas. Cogí la que señalaba. Mi madre nos llevaba de la mano, a mi hermana a la derecha y a mí a la izquierda. La foto era de unos meses antes del accidente. Antes de mi primera visión.
—Murieron cuando yo tenía trece años —dije mientras quitaba la fina capa de polvo que cubría el cristal.
— ¿Un accidente?
Me toqué la cicatriz que me atravesaba la ceja derecha.
Aquel día llovía y mi madre había ido en coche a recogernos a mi hermana y a mí al centro hípico.
Estábamos a solo diez minutos de casa cuando un coche que venía de frente invadió nuestro carril para adelantar a un tractor.
No iba lo bastante rápido, pero, en lugar de frenar y volver a su carril, el conductor se empeñó en seguir acelerando.
Si mi madre no hubiera dado un volantazo en ese preciso instante, el choque habría sido frontal. No habría sobrevivido nadie.
Volví a dejar el marco sobre la repisa de la chimenea.
—Mi hermana iba sentada delante. Murió en el acto.
Cuando recobré el conocimiento, en el asiento de atrás, mi madre estaba a mi lado.
Me tenía cogido de la mano y me decía que todo iba a salir bien.
Fue ella quien me ayudó a salir del coche antes de que se incendiara.
Nos alejamos. El conductor del tractor alzó la vista hacia mí y me gritó que no me moviera de donde estaba.
Había una mujer tendida en la hierba y, por algún motivo que se me escapaba, él no quería que la viera.
Pensé que era la conductora del coche que había provocado el accidente. Pero me equivocaba, porque esa mujer…
— … ¿era su madre?
—Sí. Más tarde supe que había salido despedida del coche con el impacto. Pasó una semana en coma en la UCI. Mi padre iba a verla todos los días, pero no pudo hacer nada por ella. Al octavo día, los médicos certificaron su muerte cerebral.
— ¿Por eso quiso ser neurocirujano?
Miré a Camille, sorprendido. Nunca me lo había planteado en esos términos.
—Quizá —respondí.
Eché un leño al fuego y observé cómo lo devoraban las llamas.
— Debió de ser duro para su padre.
—Supongo. Nunca habla de ello.
— ¿Está preocupado por él?
—Bueno, ya no es ningún chaval. Y aunque se desvive por la salud de los demás, tiende a descuidar la suya.
Sin embargo, ni yo mismo me creía del todo lo que decía.
Mi padre nunca había estado enfermo; ni siquiera había cogido un simple resfriado.
Quizá su don de sanador actuaba desde dentro para reparar su propio cuerpo, o quizá fuera algo genético.
Pero eso no lo hacía inmortal. Tarde o temprano me quedaría solo en el mundo, y me di cuenta de que no estaba preparado.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Miré la chimenea, eché otro leño y, cuando las llamas se avivaron de nuevo, me acerqué a la mesa de roble macizo, en la que cabían doce comensales.
Sobre ella había hojas esparcidas, documentos del expediente en el que mi padre estaba trabajando cuando sufrió el desvanecimiento.
Las recogí y, mientras intentaba poner un poco de orden, la mirada se me detuvo en una carta manuscrita: la que le habían escrito los padres de Léane Jalmet, una joven belga desaparecida en Italia durante las vacaciones de verano.
No pude evitar leerla. Al parecer, la policía italiana había descartado con demasiada rapidez la hipótesis del secuestro.
A Léane la habían visto por última vez en un área de servicio de la autopista, haciendo autostop.
Ella y su mejor amiga esperaban que alguien amable las llevara hasta Florencia.
Hacía ya más de dos meses que no tenían noticias suyas.
La familia había llegado incluso a contratar a un detective privado, pero, una vez más, la pista parecía perderse en aquella área de servicio.
— Tiene mi edad —dijo Camille, que, por encima de mi hombro, miraba una fotografía de Léane Jalmet.
Albert había mencionado un retrato robot que estaba haciendo a partir de las indicaciones que le había dado mi padre antes de perder el conocimiento. ¿Tendría su desvanecimiento algo que ver con esa desaparición?
Estaba hojeando las páginas sueltas cuando, de repente, me quedé petrificado.
Una mujer que no era Léane Jalmet me devolvía la mirada.
Albert la había dibujado a lápiz, sin color, pero enseguida pensé en un cuadro de Botticelli, salvo que no la veía rubia, como solía pintarlas el maestro florentino.
No: sin saber por qué, la imaginé con el pelo castaño y los ojos castaños, quizá porque se ajustaba más a mis gustos.
— ¿Quién cree que es? —preguntó Camille.
Suspiré sin apartar la vista de la hoja.
—No lo sé.
Y, sin embargo… Cuanto más la miraba, más se acentuaba aquella sensación de familiaridad, como si fuera el rostro de una mujer a la que hubiera amado. ¿Era posible? Rebuscaba en la memoria y estaba casi seguro de no haberla conocido nunca.