Capítulo 47
La moto volaba por la carretera comarcal.
No prestaba atención al cuentarrevoluciones ni a las señales que, de vez en cuando, me recordaban el límite de velocidad que no debía superar.
Ni siquiera me había dado cuenta de que el paisaje había pasado del gris de París y su extrarradio al azul del cielo del país de Auge y sus verdes colinas.
Los caballos resoplaban en los prados salpicados de manzanos.
Las vacas y las ovejas alzaban la cabeza para verme pasar mientras rumiaban el heno que sustituía a la hierba jugosa, demasiado escasa en aquella época del año.
Pronto apareció el campanario del pueblo, erguido en lo alto de la colina como un centinela benévolo.
Reduje la velocidad. No porque de repente me importara el código de circulación, sino porque no me quedó más remedio: tenía un obstáculo delante.
Un camión con el remolque rebosante de manzanas de sidra.
No estaba tan loco como para adelantarlo sin visibilidad, así que me armé de paciencia.
Cinco largos minutos después, giré a la derecha y enfilé un camino tan estrecho que dos coches no habrían podido cruzarse.
Los árboles que lo bordeaban formaban un túnel vegetal al final del cual ya se distinguía el edificio.
Una antigua leprosería del siglo XII que, tras dar refugio a los leprosos y demás apestados de la Edad Media, se había convertido en posada y, más tarde, en hospital improvisado cuando el ejército alemán la requisó para atender a sus heridos durante la batalla de Normandía.
Hoy, restaurada por completo, no figuraba en ningún circuito turístico.
Y, sin embargo, decenas de personas acudían a ella a diario.
De día y de noche, hiciera el tiempo que hiciera, llegaban de toda Francia e incluso del extranjero para llamar a la puerta del hombre que tenía el don de aliviar y, a veces, de curar.
Un poco médico, un poco brujo, mi padre inspiraba a la vez temor y respeto.
Su dirección no aparecía en las Páginas Amarillas, ni siquiera en Internet.
Por lo demás, poco importaba cómo lo llamaran: curandero, huesero, ensalmador o sanador, pero también médium o voitout , el que todo lo ve, como se conoce popularmente a los videntes.
Quienes lo necesitaban sabían dónde encontrarlo.
Acababa de bajarme de la moto y de desabrocharme el casco cuando un hombre apareció en la puerta.
Pese a los charcos del camino de tierra, no dudó en salir a mi encuentro.
Albert Grandini, antiguo gendarme y el mejor amigo de mi padre, venía hacia mí a paso vivo.
Escruté su rostro arrugado en busca de algún indicio sobre el estado de salud de mi padre.
— Está bien —me susurró Camille, sentada en el sillín de la moto.
—No te preocupes —dijo el exgendarme, y me dio una palmada en el hombro.
Lo seguí adentro. Me quité los zapatos en la entrada, como hacía de niño al volver del colegio con el calzado cubierto de barro.
—Está descansando en su habitación.
Alcé la vista hacia la escalera que llevaba al primer piso.
—¿Qué ha pasado exactamente?
—Estábamos trabajando en un caso y tuvo una de sus visiones.
—¿Un caso?
—Una desaparición.
Asentí. Así se habían conocido Albert y mi padre, cuando el primero aún estaba destinado en la brigada territorial de la Gendarmería.
Colaboraron por primera vez para resolver un robo de ganado.
Después vinieron otros casos, sobre todo delitos menores y, a veces, asuntos más graves, como asesinatos o, como ahora, una desaparición.
Albert, que dibujaba muy bien, se había formado en la elaboración de retratos robot antes de que un programa informático lo sustituyera.
Ahora estaba jubilado y completaba la pensión vendiendo a los turistas acuarelas del paisaje normando, pero siempre acudía cuando mi padre lo necesitaba.
—Me estaba describiendo su visión para que yo la dibujara —me explicó—. Y de pronto se desplomó. Nunca lo había visto así. Pensé que le estaba dando un infarto, así que llamé enseguida a los bomberos. Justo después te avisé a ti.
De repente, sentí la necesidad de sentarme.
—¿Qué han dicho?
Albert se encogió de hombros.
—Bueno, han querido saber si tomaba alguna medicación y luego lo han examinado. Para entonces tu padre ya había vuelto en sí. Todo estaba bien, pero han insistido en ingresarlo en el hospital.
—Y, por supuesto, se ha negado.
—Por decirlo con educación, sí. Ya conoces a tu padre.
Puse los ojos en blanco. Compadecí a aquellos pobres bomberos, que habrían tenido que aguantar toda clase de insultos. Albert se ofreció a quedarse conmigo, pero le dije que no mientras lo acompañaba a la puerta.
—¿Seguro? No me importa, ¿sabes? Tampoco es que tenga una mujer esperándome en casa.
Sabía que se sentía solo. En otras circunstancias, lo habría invitado a quedarse a tomar un calvados; él me habría contado anécdotas que ya había oído mil veces y yo, las mías. En otras circunstancias…
—No, Albert. Vete a casa mientras aún sea de día. Ahora me ocupo yo de él.