Capítulo 46
¿Cómo había podido ser tan poco delicado?
Empujé la puerta del vestuario del personal de quirófano.
Sin molestarme siquiera en coger el neceser, me quité la bata de cirujano.
Como un animal que muda la piel, la dejé caer al suelo de baldosas y me metí en la ducha.
Abrí el grifo. El chorro de agua helada me estremeció, pero no intenté esquivarlo.
Con una mano apoyada en la pared alicatada, cerré los ojos.
Enseguida, una marea roja se abatió sobre mí.
Como un géiser inagotable, la sangre de Camille brotaba del agujero que yo le había abierto en el cerebro y echaba por tierra todos mis esfuerzos por salvarla.
La escena se repetía una y otra vez sin que yo pudiera evitarlo, y estaba bien así.
No quería que desapareciera al abrir los ojos.
Quería que me engullera. Quería ahogarme en ella.
— Deje de hacerse daño —dijo una voz al otro lado de la pared.
Entreabrí la mampara corredera, convencido de que vería a Camille, pero me topé con la mirada de Cédric.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Temblaba.
—Una toalla… por… favor —logré decir entre castañeteos.
¿Cuánto tiempo me había quedado inmóvil bajo el agua fría? No lo suficiente, pensé al darme cuenta de que todo en mí estaba entumecido, salvo el sentimiento de culpa.
—¡Toma!
Cogí la toalla que me tendía Cédric.
Se quedó callado unos instantes, seguramente buscando palabras de consuelo que yo no quería oír.
—Escucha —empezó.
Lo interrumpí antes de que siguiera.
—No me digas que no fue culpa mía.
—No pensaba hacerlo. Tengo otras dos intervenciones programadas y una empieza ya. Pero había pensado que podríamos ir a tomar algo esta noche.
—No quiero que me animes. De hecho, no lo necesito.
Cédric me sostuvo la mirada con tal intensidad que acabé bajando la vista.
—Quizá tú no, pero yo sí —replicó, dolido—. No estabas solo en ese quirófano y lo que ha pasado nos ha afectado a todos. ¡A todos! ¿Sabes, Johan? ¡El mundo no gira a tu alrededor!
Dicho esto, dio media vuelta.
Descalzo, con la toalla anudada a la cintura, me dirigí a las taquillas.
De paso, recogí la ropa sucia y la eché al carro correspondiente.
Nada lograba distraerme de los pensamientos que me daban vueltas en la cabeza: ni los cuchicheos de mis colegas ni el clic de una cámara a mi espalda.
Un residente, todo sonrisas, exhibía la pantalla del móvil como si fuera un trofeo de caza.
En cuestión de segundos, los tatuajes que hasta entonces había logrado ocultar a las miradas indiscretas aparecieron en Snapchat, Instagram y Facebook.
Se iban a llevar una decepción. No eran pin-ups ni motivos tribales, como decían los rumores, sino una versión personal del caduceo, el símbolo de la profesión médica: dos serpientes, una enroscada en cada brazo, y unas alas que se desplegaban sobre los omóplatos.
Los oculté bajo el áspero algodón de una bata quirúrgica limpia que apestaba a desinfectante industrial.
Llevaba en pie desde las cinco de la mañana.
Normalmente, después de una intervención así, me habría ido a casa.
Quizá habría aceptado reunirme más tarde con mi equipo para tomar una copa, como dictaba una oscura costumbre muy anterior a mi llegada al servicio del profesor Zajac.
Solo que, normalmente, mis pacientes no se morían.
Entonces, ¿qué podía hacer? No quería ver a nadie, pero la sola idea de encontrarme solo en el estudio que alquilaba a dos paradas de metro del hospital me horrorizaba.
Tenía que mantener la mente ocupada. Pensar en Camille y en lo que acababa de pasar era contraproducente.
Había otros pacientes esperando a que me ocupara de sus casos.
Era una segunda oportunidad, tanto para mí como para ellos.
De eso intentaba convencerme cuando abrí la puerta de mi despacho.
Un hombre de unos cincuenta años, de pelo entrecano, me daba la espalda, absorto en la pared donde los premios y distinciones, cuidadosamente enmarcados, jalonaban mi carrera.
La medalla de oro de cirugía; el premio al joven talento quirúrgico de la Academia Nacional de Cirugía, seguido del prestigioso Young Neurosurgeons Award al año siguiente, y, por último, la portada de la revista Science et Avenir , que me había dedicado una serie de artículos y en la que aparecía vestido de cirujano, bisturí en mano, posando al más puro estilo James Bond.
Me quedé clavado en el umbral, indeciso.
El intruso no era otro que el profesor Jacques Desrosières, un neurocirujano veinte años mayor que yo con el que mantenía una fría cordialidad desde que me había enterado de sus maniobras para echarme del equipo quirúrgico.
Hasta entonces me había contenido para no partirle la cara, porque las pequeñas luchas de poder del hospital nunca me habían interesado, pero ese día no estaba seguro de poder controlarme.
—¿Qué quiere? —le pregunté con sequedad.
No veía qué sentido tenía perder el tiempo en cortesías.
Los labios de Jacques Desrosières se estiraron de golpe y dejaron al descubierto unos dientes blancos perfectamente alineados. Sonreía. Pero su sonrisa no tenía nada de amistosa. Era más bien la de una hiena que acaba de olfatear a un animal herido.
—Eres muy fotogénico —dijo sin borrar aquella sonrisa satisfecha—. Y luego ese titular… «¡El ángel del bisturí de oro!». Hay que reconocer que los periodistas tienen buen ojo para el sensacionalismo.
Decidí responderle en el mismo tono irónico.
—¿Ha venido por eso? ¿Quiere que le firme un ejemplar?
Desrosières volvió a colgar el cuadro en la pared.
—No, quería ser el primero en darte la bienvenida.
Me quedé de piedra.
—¿La bienvenida?
—Pues sí. Bienvenido al mundo de los mortales, querido ángel.
Di un paso al frente.
—Le alegra, ¿verdad? Llevaba mucho tiempo esperando a que metiera la pata.
La sonrisa del profesor se desvaneció.
—¿Alegrarme? No. Camille era mi paciente y, si tú no te hubieras entrometido, todavía estaría viva.
Si me negué a operarla, fue por buenas razones, y las habrías oído si te hubieras molestado en asistir a la sesión clínica en lugar de ir por libre, como de costumbre.
Por supuesto, estaba condenada, pero nadie sabía cuánto tiempo le quedaba para vivir rodeada de los suyos.
Pues bien, eso se acabó. Gracias a ti, ahora sabemos que solo le quedan unas horas.
Encajé el golpe.
—Ya me ha dicho lo que tenía que decirme. Ahora me gustaría que saliera de mi despacho.
Desrosières obedeció, pero al llegar al umbral no pudo resistirse al placer de lanzarme una última pulla:
—Una cosa más… Mientras te esperaba, me he tomado la libertad de leer el expediente de Lukas Boylan. En mi opinión, harías bien en rechazarlo. Nunca es tarde para aprender de los errores. Te lo digo como amigo.
Hice acopio de las pocas fuerzas que me quedaban para no perder el control.
—Gracias, lo pensaré —logré articular con los dientes apretados.
Abrí la puerta de par en par y, con un gesto de la mano que pretendía ser elocuente, lo invité a salir.
— Nunca me ha caído bien —comentó una voz femenina.
Camille estaba tumbada en el sofá, jugueteando con un mechón de pelo. Jacques Desrosières había sido su médico. Uno de los primeros en anunciarle que su caso no tenía remedio.
—Sin embargo, los hechos le dan la razón —tuve que reconocer a regañadientes.
— Puede, pero no deja de ser un capullo.
Ahora la joven estaba de pie frente a una estantería atestada.
— Vaya, esto es una auténtica leonera —comentó.
—Por eso nunca paso consulta aquí.
Los expedientes médicos, las cartas e incluso los paquetes se amontonaban por todo el despacho, encima de las sillas o en el suelo, en torres de papel tan inclinadas como la de Pisa.
Algunos aún llevaban el matasellos de su país de origen.
Otras tantas llamadas de auxilio a las que todavía no había respondido.
— Ya lo veo. Si sus pacientes supieran lo desordenado que es usted, pocos le firmarían el consentimiento. Les daría demasiado miedo que les revolviera las ideas y los recuerdos.
Me senté al escritorio, de espaldas al ventanal que daba al cielo de la capital y a su manto de contaminación.
El expediente de Lukas Boylan seguía abierto.
Veintiún años, jugador de fútbol americano en la Universidad de Montana, en Missoula.
Tenía un aneurisma de la arteria cerebral media que amenazaba con romperse ante la más mínima alegría o contrariedad que le subiera la tensión.
Nadie quería tocarlo. Salvo yo. Lukas Boylan era el siguiente en mi lista de pacientes.
— No irá a cambiar de opinión por mi culpa, ¿verdad?
Camille, que un momento antes estaba en la otra punta de la habitación, leía ahora el expediente inclinada sobre mi hombro.
— ¡No está mal! —exclamó mientras yo observaba la fotografía que los padres habían adjuntado al expediente con la esperanza de recordarme que Lukas era mucho más que un capítulo de un manual de patología.
Miré el reloj. Era la una de la tarde.
— O sea, las cinco de la madrugada en Montana —continuó Camille, como si me leyera el pensamiento—. No puede llamarlos en plena noche, salvo para darles la buena noticia. Pero no es el caso, ¿verdad?
Camille esperaba una respuesta.
—¿No deberías estar con tus padres? —le solté, molesto por el sermón.
— No. El ambiente es bastante deprimente. Prefiero quedarme con usted.
Cerré el expediente y lo devolví a la pila.
—Me temo que yo tampoco soy mucho mejor compañía —observé.
— No ponga esa cara. Intentaba animarlo. Parece que lo necesita.
—¿Y te extraña? Estás…
— No hablemos de eso.
Negué con la cabeza.
—No lo entiendo. Deberías estar furiosa conmigo.
— ¿Le ayudaría que lo estuviera?
Suspiré. Con la cabeza entre las manos, intenté contener las lágrimas.
— Le va a sonar el móvil —me avisó Camille.
—¿Qué?
Me erguí de golpe, alertado por su tono, pero la joven se había esfumado. En ese mismo instante, el móvil, en modo vibración, empezó a zumbar en el bolsillo de la bata.
—¿Johan?
Era la voz de Albert Grandini, vecino y mejor amigo de mi padre.
—Tu padre se ha desmayado. ¿Puedes venir?