Capítulo 45
El quirófano parecía un campo de batalla.
Las gasas ensangrentadas cubrían el suelo, el instrumental quirúrgico estaba esparcido sobre las mesas de acero inoxidable y las sábanas arrugadas se amontonaban hechas un rebujo en un rincón.
Sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, contemplaba aquel desastre descomunal.
Un limpiador se afanaba en recogerlo todo para dejar la sala lista para otro equipo quirúrgico.
— Hay que decírselo a mis padres.
Camille estaba de pie, descalza, con una bata desechable, fina como el papel, que le cubría los hombros como un sudario. Me levanté para seguirla.
Los Langevin se habían reunido en una salita reservada para las malas noticias.
Todo estaba pensado para suavizar el trance a las familias convocadas allí, desde el color de las paredes, pintadas en cálidos tonos pastel, hasta los cómodos sofás.
Un lugar acogedor en el que a nadie le gustaba quedarse, empezando por los médicos encargados de dar la terrible noticia.
Una tarea a la que yo no estaba acostumbrado.
Puse la mano en el pomo, pero, al oír las voces de los padres de Camille al otro lado de la puerta cerrada, retrocedí.
¿Qué podía decirles? ¿Que mi arrogancia había condenado a su hija?
¿Que su esperanza de vida había pasado de golpe de cinco años antes de la intervención a menos de veinticuatro horas?
No estaba preparado para enfrentarme a ellos. Todavía no.
Un susurro me resonó en el oído.
— Solo me quedan unas horas de vida. Tienen derecho a saberlo.
—No sé qué decirles.
— Con la verdad bastará.
No sabría decir con exactitud quién abrió la puerta, si Camille o yo.
Los rostros ya familiares de los Langevin se volvieron hacia mí.
Évelyne, la madre; su marido, Stéphane; Léo, el hermano pequeño, y, por último, el novio, cuyo nombre no recordaba, estaban sentados en el sofá, apretujados unos contra otros.
Vi que Camille se reunía con ellos. Entonces cerré la puerta.
Como un condenado ante el pelotón de fusilamiento, me quedé de pie.
Los Langevin me escucharon mientras les resumía lo ocurrido.
—Lo siento mucho —añadí a modo de conclusión, después de refugiarme en unos términos técnicos que nadie en la sala, salvo yo, era capaz de entender.
—¿Podemos verla?
—Por supuesto. Los acompaño.
Habían trasladado a Camille a una habitación individual. Tumbada bajo las sábanas, con los ojos cerrados, parecía dormida. Un vendaje le rodeaba la cabeza como un turbante y le ocultaba el cráneo, rapado por un lado, y los puntos de sutura.
—Parece que vaya a despertarse —dijo su madre, y le cogió la mano—. ¿Cariño? ¿Me oyes?
— No llores, mamá —respondió la joven, sentada junto a su propio cuerpo.
Me pareció que la señora Langevin se estremecía cuando su hija posó la mano sobre la suya.
—¿Está seguro de que no puede hacer nada? —preguntó Stéphane Langevin.
Negué con la cabeza. Ya nadie podía hacer nada.
—Su hija está en coma profundo. Lo más probable es que no pase de esta noche.
Esta vez no recurrí a palabras rebuscadas para disfrazar la verdad. Los Langevin se merecían algo mejor.
—¿Podemos quedarnos aquí con ella?
—Por supuesto. Una auxiliar de enfermería pasará dentro de un rato a traerles más mantas. También podemos ponerles una cama supletoria, si lo desean.
Évelyne Langevin apretó con más fuerza la mano de su hija. Camille estaba sentada junto a su madre y, como acababa de hacer su hermano, posó las manos sobre las de sus padres. No podían verla como yo, pero tuve la impresión de que sentían su presencia. Camille alzó la vista hacia mí.
— Ya puede dejarnos solos.
Asentí; había olvidado que yo era el único que podía oírla.
—Volveré a verlos un poco más tarde —prometí antes de salir de la habitación.
De pie ante la puerta cerrada, oí los sollozos que habían contenido en mi presencia.
No hubo insultos, ni reproches, ni amenazas de denuncia.
Nada más que aceptación. Habría preferido lo contrario.
Así que me obligué a quedarme. Escuché su desesperación.
Era mi castigo. Una tortura. El responsable de su dolor no era el tumor. Era yo.
Mientras me regodeaba en la autocompasión, sorprendí la mirada de Anaïs, una joven enfermera que se ruborizaba cada vez que se cruzaba conmigo.
Solo que esta vez estaba tan pálida como las paredes del pasillo.
Iba a preguntarle qué le pasaba cuando comprendí que lo que en realidad miraba era mi ropa.
Bajé la vista y el horror me invadió a mí también.
Me había presentado ante los padres de Camille con la ropa aún manchada de la sangre de su hija.