El Clarividente Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

El zumbido del trépano, parecido al de un taladro, no tardó en sustituir al del bisturí.

Tres agujeros que luego había que unir con una sierra capaz de cortar el hueso.

Los pensamientos de una joven de diecinueve años, sus sueños, sus miedos, el amor que sentía por los suyos se hallaban dentro de esa caja cuya tapa me disponía a levantar.

Con delicadeza, retiré el colgajo óseo. El cerebro de Camille brillaba bajo la lámpara cialítica.

Lo observé palpitar al compás del corazón de la joven.

Pronto, mi propio corazón empezó a latir al mismo ritmo, y entre nuestros dos seres se tendió un vínculo invisible.

Entonces, con el bisturí entre el pulgar y el índice, hice una primera incisión.

Como los pliegues de un velo, las meninges se separaron y dejaron al descubierto una realidad hasta entonces inaccesible.

Me tambaleé, abrumado por la energía que acababa de liberar.

Una escena que aún no había ocurrido me invadió la mente.

Gente reunida alrededor de una tumba abierta, paraguas que se abrían de golpe, charcos que socavaban la tierra mientras el entierro de Camille tocaba a su fin.

Imágenes de un futuro que yo tenía intención de cambiar.

—Vamos a despertarla —dije.

Dos horas más tarde, el tumor quedó por fin a la vista.

—Esto es un caballo. Esto es una silla. Esto es…

La voz de Camille, lenta y monocorde, acompasaba el silencio del quirófano.

Tumbada de lado, con el cuerpo inmovilizado por un sistema de cuñas y correas, se esforzaba por nombrar los objetos y demás imágenes que desfilaban por la pantalla de la tableta que Lise, la neuropsicóloga, sostenía a la altura de sus ojos.

—Muy bien, Camille —la animó esta—. Sobre todo, no dejes de abrir y cerrar la mano. Así, muy bien.

—¿Todo bien? —pregunté, con el gesto en suspenso, para asegurarme de que no había tocado ninguna zona funcional.

La neuropsicóloga me confirmó que no había ningún signo de déficit motor.

Cerré los ojos unos instantes para recuperar la concentración.

Por fin podíamos pasar a lo importante. Me giré para agarrar las asas de un gigantesco microscopio montado sobre un brazo articulado, un juguete de varios cientos de miles de euros, y dirigí el objetivo hacia el orificio de unos centímetros de diámetro que había abierto durante las últimas horas.

Tras unos cuantos ajustes, pude verlo. Con los ojos pegados a los oculares, observé el tumor como un astrónomo que acabara de descubrir un nuevo planeta.

Un planeta donde reinaban la muerte y la desolación.

—¿Camille?

—Sí… —respondió la joven con voz pastosa.

—Voy a extirpar el tumor.

—De acuerdo…

Manejé los instrumentos de microcirugía como un jugador ante una consola. Se desprendió un primer fragmento del tumor. Al instante, la visión del cementerio se desvaneció y otra escena se impuso en mi mente: Camille abría los ojos en la sala de despertar.

—Esto es un rinoceronte… Esto es un pato…

Segundo fragmento extraído. Camille volvía a casa y sonreía ante el espejo mientras se pasaba los dedos por el pelo que le cubría la cicatriz.

—Esto… es una mesa… Esto es un bar…co.

Corté otro fragmento. Camille estaba sentada en las aulas de la Escuela de Arquitectura.

Otro corte de bisturí. Obtenía el título.

Fragmento a fragmento, mi visión del futuro de Camille Langevin se enriquecía con nuevas escenas.

Se casaba, entraba en un estudio de arquitectura de París, se quedaba embarazada.

Acompañaba a su hija al colegio, luego al instituto. Me detuve.

—¿Alguien puede decirme qué hora es? —pregunté sin apartar la vista de los oculares.

—Las 12:45 —me respondieron.

La intervención se acercaba a su fin. Continué.

—Muy bien, Camille. Lo has hecho de maravilla. Ya puedo decirte que hemos extirpado la mayor parte del tumor.

—¿Cuán…

—¿Cuánto? Bueno, yo diría que un ochenta por ciento, puede que más. Lo sabremos con certeza con la resonancia.

—Mmm…

—¿Cómo?

—Mm… gracias.

No dije nada.

—¿Volvemos a dormirla? —preguntó Cédric, impaciente por entrar de nuevo en acción.

Aparté la vista de los oculares para mirarlo y, tras unos instantes de vacilación, negué con la cabeza.

Rodeé la mesa de operaciones para ver a Camille.

Necesitaba hablar con ella cara a cara. Apenas se la veía bajo los paños estériles que la cubrían por completo.

Tuve que agacharme para ponerme a su altura.

—Camille, ¿estarías de acuerdo en que siguiéramos? A menos que estés demasiado cansada. En ese caso, volveremos a dormirte.

—Nnn… no.

—¿Prefieres que paremos?

—Nno… Sigamos.

Era la respuesta que esperaba. Le guiñé un ojo y le sonreí.

—Ánimo, ya casi hemos terminado.

Más tranquilo, volví a colocarme tras el microscopio, agarré las asas y me sumergí de nuevo en su cerebro.

Con cada nuevo corte de bisturí avanzaba un poco más y ensanchaba unos milímetros el hueco que había dejado al extirpar la mayor parte del tumor.

Me dejé guiar por mis visiones. Cada milímetro cúbico de tejido tumoral extirpado sumaba años de vida al contador de Camille.

Pero no bastaba. Quería verla envejecer.

Cédric se irguió de golpe en su asiento.

—Le está bajando la tensión…

—Ya casi he terminado —lo tranquilicé antes de dar un último corte con el bisturí.

Un gesto de más.

Un chasquido seco, como el estallido de una pompa de jabón, me sobresaltó.

Luego una marea roja, escarlata, barrió una a una todas las escenas del futuro de Camille Langevin hasta que solo quedó una.

La del cementerio. Intenté contener la hemorragia masiva que había provocado al romper una arteria próxima al tumor.

No estoy preparada , dijo entonces una voz que solo yo podía oír.

Camille estaba a mi lado y contemplaba su cerebro inundado de sangre.

—Yo tampoco —dije en voz baja.

Nunca había perdido a un paciente hasta entonces.

Camille sería la primera, y yo no estaba preparado para aceptarlo.

Con el pronóstico vital de la joven ya comprometido, luché desesperadamente por localizar el origen de la hemorragia.

En vano. Solo veía ese rojo que no conseguía borrar, hiciera lo que hiciera.

Alguien me apartó con suavidad de la mesa de operaciones.

Retrocedí, con la cánula de aspiración aún en la mano, y miré con incredulidad a Camille, que se hundía en un coma del que no despertaría.