Capítulo 44
«Es usted un ángel». Era lo que más a menudo me decían las familias cuando iba a anunciarles que su pesadilla había terminado.
Los periodistas no tardaron en adoptar el apodo.
Así se titulaba el último artículo que me dedicaron, a raíz de la operación de un secretario de Estado: «El ángel del bisturí de oro».
Cada vez que lo leía, se me escapaba una sonrisa.
Por las mañanas, mientras me afeitaba, el espejo me devolvía más bien la imagen de un tipo que en otra vida podría haber sido boxeador.
La culpa la tenían la cicatriz que me cruzaba la ceja derecha y una fractura del tabique nasal que nunca había querido corregir, probablemente porque sin ella mi cara habría resultado demasiado bonita.
Poco viril, dirían algunos. Un ángel… Por los pasillos del hospital circulaban otros calificativos.
Los conocía todos, aunque la mayoría jamás se había pronunciado en mi presencia.
Supongo que mi pinta de peleón callejero bastaba para disuadir a los más osados.
Ambicioso, brillante, arrogante, temerario, por citar solo los políticamente correctos.
A mis treinta y tres años, mi éxito resultaba, si no sospechoso, al menos indecente.
Tras la residencia en el hospital universitario de Montpellier y el posdoctorado en la facultad de Medicina de la Universidad de Cornell, en Nueva York, me incorporé al equipo del profesor Zajac en el hospital de la Pitié-Salpêtrière.
En solo tres años me había labrado una reputación que traspasaba las fronteras de Francia.
Mis pacientes venían de todos los rincones del planeta.
Camille Langevin, en cambio, solo tuvo que cruzar la circunvalación que separa París de los Hauts-de-Seine, donde vivía con su familia.
—Necesito que firmes este formulario de consentimiento —le dije, y me senté en el borde de la cama.
—¡Deme un bolígrafo! —exclamó Camille al instante.
Tuve que frenar su entusiasmo.
—Por algo se llama consentimiento informado. Es como un contrato entre tú y yo, ¿entiendes?
Entonces le expliqué en qué consistiría la intervención.
—Durará unas siete horas. Durante la primera hora estarás completamente dormida para que podamos hacer la craneotomía, es decir, abrir el cráneo.
Después te despertaremos. El cerebro no tiene sensibilidad propia, así que no te dolerá nada.
Te pediremos que dobles el brazo y que nombres los objetos que irán apareciendo en una pequeña pantalla.
Así podré localizar las áreas del lenguaje y las motoras para no dañarlas durante la intervención.
Al principio te resultará extraño y probablemente te sentirás desorientada.
Lise, nuestra neuropsicóloga, que vendrá a verte dentro de un rato, estará sentada a tu lado.
Te ayudará a no perder la concentración en los ejercicios.
Yo, por mi parte, haré todo lo posible por extirpar la mayor parte del tumor.
Es la fase más larga y agotadora, tanto para ti como para mí.
Después volveremos a dormirte para que pueda cerrar el cráneo.
—Ya me sé todo eso —replicó Camille, impaciente. Se había leído todo lo que había en Internet sobre el tema.
Me quedé callado unos instantes.
—Entonces también sabrás que hay riesgos reales.
—¿Intenta desanimarme o qué?
—En absoluto, pero es importante que sepas a qué te enfrentas.
Me interrumpió la voz de Stéphane Langevin, el padre de Camille.
—Si algo sabemos todos de sobra, son los riesgos de la operación. Sus colegas ya nos lo han dejado muy claro. Una lista interminable para justificar su negativa a salvar a mi hija.
Asentí, acostumbrado a ese tipo de comentarios.
—En ese caso, supongo que no les han hablado del postoperatorio.
Me volví hacia Camille antes de continuar.
—Después de la intervención podrías tener dificultades para hablar, puede que incluso para moverte.
—Pero sería algo temporal, ¿no? —volvió a intervenir Stéphane Langevin.
Me giré de nuevo hacia él para responderle.
—Efectivamente. La mayoría de los pacientes se recuperan en unas semanas y pueden volver a hacer vida normal. Bueno, casi normal, porque Camille tendrá que seguir con el tratamiento antiepiléptico y hacerse controles periódicos para detectar una posible recidiva.
—¿En qué consisten esos controles? —preguntó la madre de Camille, que rompió así el silencio que había provocado la palabra «recidiva».
—Para empezar, una resonancia magnética cada seis meses. Luego, si todo va bien, podremos espaciarlas. Por supuesto, ante el menor síntoma preocupante, habrá que ponerse en contacto conmigo.
Todos asintieron, satisfechos. Me dirigí de nuevo a mi paciente.
—¿Y tú? ¿Tienes alguna pregunta?
Por toda respuesta, Camille negó con la cabeza y los rizos le bailaron alrededor de la cara.
Le tendí un bolígrafo, pero, cuando iba a firmar, se detuvo.
—Bueno, en realidad sí que tengo una preguntita.
Hizo una pausa, nos miró uno por uno y adoptó un aire solemne.
—¿De verdad hace falta raparme la cabeza?
Poco después salí de la habitación con el formulario de consentimiento debidamente firmado.
Le había prometido a Camille que solo afeitaría lo imprescindible.
También le había asegurado que la cicatriz en forma de herradura del lado izquierdo del cráneo no se notaría, sobre todo cuando le hubiera vuelto a crecer el pelo.
Le entregué el formulario a mi secretaria y me encerré en el despacho.
Como cada víspera de una operación, tenía intención de releer el historial de Camille.
Pero antes volví a fijarme en el sobre de papel irisado que seguía donde mi secretaria lo había dejado dos semanas atrás.
Me decidí a cogerlo. Lo sopesé. Alisé la cinta nacarada que lo mantenía cerrado gracias a una especie de broche en forma de corazón salpicado de pedrería.
Volví a leer mi nombre, escrito a mano en el anverso.
Era la letra de Maud. Me detuve en cada trazo con la esperanza de detectar un ligero temblor o cualquier otro indicio de su estado de ánimo cuando me envió la invitación de boda.
Al fin y al cabo, yo era su ex. Pero no encontré nada, ni el menor atisbo de emoción.
Claro que Maud también era cirujana: no era de aquellas a las que les tiembla el pulso.
Suspiré, con el sobre entre los dedos. No quería abrirlo.
No quería ver su nombre junto al de mi mejor amigo en letras doradas.
Vacilé unos instantes, con la vista clavada en la papelera, a un metro de distancia.
Aunque me moría de ganas de tirarlo, cambié de opinión y lo guardé en un cajón.
Maud y Cédric se iban a casar. Hice caso omiso de la punzada de celos que me asaltaba cada vez que pensaba en su felicidad, encendí el ordenador y abrí el historial de Camille Langevin.
A la mañana siguiente, cuando volví a ver a Camille, ya la habían colocado en la mesa de operaciones.
También estaban la neuropsicóloga, el personal de enfermería del quirófano y dos jóvenes estudiantes en prácticas que hacían su rotación de cirugía en el servicio.
Saludé a mi equipo con un gesto de la cabeza y dejé que la enfermera circulante me atara las cintas de la bata estéril.
Tras la mascarilla quirúrgica reconocí a Cédric. Me puso al corriente del estado de Camille.
—Aún no nos has dado tu respuesta —soltó sin preámbulos.
—¿Mi respuesta? ¿Te refieres a la boda?
Fingí no notar las miradas de las enfermeras.
Nadie se dejaba engañar, pero no quería que se me notara dolido.
No porque siguiera enamorado de Maud. Estaba casi seguro de que no.
No, era una cuestión de orgullo: el del macho dominante que siempre había creído ser, frente a otro macho, subordinado suyo, que sin embargo se había ganado los favores de la hembra.
No me enorgullece, pero no puedo evitarlo.
—¿Para cuándo la necesitas?
—¿Tú qué crees? ¡Nos casamos a finales de semana!
Dentro de tres días, calculé. ¡Mierda!
Siempre podía decirle que iría. Al menos zanjaría el tema y, llegado el momento, bastaría con inventarme una urgencia. Pero Cédric siguió hablando y me ahorró la mentira:
—Te habría pedido que fueras mi testigo —dijo en voz baja—, pero pensé que…
Me entraron ganas de reír. Me imaginaba perfectamente a Maud gritándole: «¿Tu testigo? ¿Te has metido gas de la risa? ¡O él o yo!». O algo por el estilo.
—No te preocupes. Sabes de sobra que no soy el tipo de persona a la que se le pueden confiar las alianzas.
Cédric entornó los ojos. Sabía que sonreía bajo la mascarilla.
—¿Te acuerdas de aquella vez que perdiste las llaves de casa?
—Sí. Menos mal que Maud tenía una copia —dije, y enseguida me maldije.
Silencio incómodo. Cédric parpadeó y se concentró en el monitor, donde las constantes vitales de Camille se materializaban en gráficas de colores.
Aparté a Maud de mi mente y, como un boxeador a punto de subir al ring, listo para plantar cara a la enfermedad, me coloqué detrás de Camille. Todo estaba en su sitio.
—¡Que empiece la música!