El Clarividente Capítulo 43
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Capítulo 43

Hospital de la Pitié-Salpêtrière, París, servicio de diagnóstico por imagen.

Contemplé la masa blanquecina que acababa de aparecer en la pantalla de control de la resonancia magnética.

Un tumor de cinco centímetros de diámetro, incrustado tan profundamente en el cerebro que, hasta entonces, ningún otro cirujano había querido intentar extirparlo.

«Demasiado arriesgado», le habían contestado invariablemente a la familia de Camille Langevin, una joven de diecinueve años que acababa de aprobar la prueba de acceso a la Escuela Nacional de Arquitectura.

Se lo habían diagnosticado a raíz de una crisis epiléptica repentina: un glioma de grado II, considerado inoperable.

En esa fase, el tumor aún se tenía por benigno, pero dejarlo donde estaba equivalía a condenarla a una muerte segura.

Por supuesto, podía vivir otros cinco o diez años, incluso más, sin notar el menor síntoma.

De hecho, salvo por aquella primera crisis, Camille se encontraba bien.

Entonces, ¿por qué arriesgarse a una operación que podía dejar secuelas irreparables, como la pérdida del habla, una parálisis o incluso un accidente cerebrovascular?

Porque, tarde o temprano, lo que tenía en la cabeza acabaría matándola.

Era inevitable. Todos los gliomas, sin excepción, degeneraban en tumores malignos.

Nadie podía predecir cuándo, pero lo más probable era que Camille muriera antes de cumplir los treinta.

Yo sabía que, si le extirpaban el tumor ahora, su esperanza de vida podía, como mínimo, duplicarse.

Aun así, entendía las reticencias de mis colegas. El tumor estaba muy mal situado.

Levanté la vista hacia el cristal que me separaba de la sala de resonancia. Camille estaba de pie y sonreía, a pesar de la bomba de relojería que llevaba en la cabeza. Yo era su última esperanza, pero aún no había aceptado operarla.

Un cuarto de hora más tarde, cuando entré en su habitación, Camille estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas, rodeada de sus padres y de su novio. Mi llegada hizo enmudecer al pequeño grupo.

—Bueno, jovencita, siento decirte que vas a tener que raparte la cabeza.

Évelyne Langevin, la madre, se tapó la boca con las manos para ahogar un grito de alegría.

—¿Va a operarla? —preguntó el padre, para asegurarse de que lo había entendido bien.

—Mañana por la mañana, a las ocho —confirmé.

Évelyne y Stéphane Langevin se me echaron al cuello.

—¡Es usted un ángel!