Capítulo 40
Zoé esperaba poder quedarse sola un momento, pero, cuando se abrió la puerta del despacho, comprendió que no iba a ser tan fácil. Allí, en el estrecho pasillo, una decena de hombres de uniforme la miraban fijamente.
—El baño está ahí, tercera puerta a la derecha —le indicó el subteniente Florian al ver que ella vacilaba en el umbral—. ¡Vamos! ¡Apartaos un poco, chicos!
Apretujados como sardinas, los hombres se hicieron a un lado para dejarla pasar.
Zoé recorrió el pasillo tan deprisa como se lo permitieron las piernas, consciente de que todas las miradas estaban clavadas en ella.
Empujó la puerta del baño y se metió dentro.
No era el mejor refugio, pero no podía consentir que la vieran en ese estado.
Por fin sola, se plantó delante del espejo que había sobre los lavabos y, sin mirarse siquiera, hundió las manos en el agua fría y se la echó a la cara.
Johan estaba allí. Casi podía sentir su presencia magnética a pesar de las paredes que los separaban.
Con la cara empapada, cerró los ojos para concentrarse en los sonidos que le llegaban a través de los tabiques: voces de hombres, amortiguadas, como si ella estuviera bajo el agua y ellos en la superficie.
Por un instante, creyó oírlo. «Déjese llevar, Zoé».
El recuerdo de su voz la estremeció. Volvió a echarse agua en la cara.
¡Contrólate, maldita sea! Estaba a punto de repetir el gesto cuando una voz, esta vez muy real, resonó a su espalda.
—¿Zoé? ¿Estás bien?
Levantó la vista hacia el espejo. Su cuñado estaba detrás de ella, inmóvil en la puerta del baño.
—¿Anthony? ¿Qué haces aquí?
Él se acercó.
—¿Lo dices en serio? Creía que no volvería a verte nunca más. Creía que estabas…
Los separaban unos cincuenta centímetros. Zoé retrocedió al ver que él seguía intentando acortar la distancia. Anthony se quedó paralizado. Ella lo conocía lo bastante para saber cuándo estaba molesto. ¿O era miedo?
—¿Qué pasa? —preguntó él, que se había detenido en seco.
—Es que… me sorprende encontrarte aquí, nada más.
El rostro de su cuñado se contrajo de dolor.
—¿Y dónde querías que estuviera?
Cuando él le puso las manos en los hombros, Zoé se tensó.
Enseguida le vino a la cabeza la discusión de la víspera del secuestro.
Anthony obligándola a tumbarse en el sofá, su cuerpo aplastándola, sus manos desabrochándole la blusa, su aliento cargado de alcohol mientras la besaba.
No le había quedado ninguna marca del golpe que ella le había dado en la sien.
Era como recordar una pesadilla. Paradójicamente, Johan nunca había sido violento con ella.
Lo creía de verdad. Nunca la había maltratado.
Ni siquiera cuando fingía amenazarla con el arma.
Porque no era más que eso, un farol. Bastaba con ver cómo sostenía la pistola, con la mano temblorosa.
Ahora Zoé sabía que nunca le habría disparado.
Pese a las circunstancias, se había mostrado más atento que ningún otro hombre de los que había conocido hasta entonces.
Y eso la turbaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó él, buscándole la mirada—. Perdona… es una pregunta tonta. Te espero en el pasillo.
—¡No te vayas!
Zoé estaba desconcertada. La presencia de Anthony le traía otros recuerdos dolorosos.
—En el bosque… —empezó, sin poder terminar la frase.
—¿Sí? Cuéntame.
—Había dos cadáveres.
—Sí, ya lo sé.
Alzó hacia él los ojos, llenos de lágrimas.
—Tengo miedo de que uno de ellos… Tengo miedo de que sea Gabriela.
Una sonrisa triste se dibujó en el rostro de Anthony.
—No es ella. Ya han identificado a las dos víctimas. Son dos chicas belgas.
—Dos belgas —repitió ella.
—Sí, desaparecieron este verano en un área de servicio de la autopista, en Italia.
Zoé negó con la cabeza. Recordó las palabras del subteniente Florian y, aunque ella tampoco era forense, sabía que esas cosas llevaban su tiempo.
—¿Cómo han conseguido identificarlas tan deprisa?
—Por la ficha dental. Ven conmigo, lo entenderás mejor.
Las víctimas se llamaban Léane Jalmet y Sonya Nbaké, su mejor amiga.
Las dos jóvenes se habían ido de viaje al sur de Italia, según les habían contado a sus padres, antes de empezar su primer curso en la Real Academia de Bellas Artes de Bruselas.
Iban colgando fotos del viaje en Instagram con regularidad.
En la última aparecían en la Punta della Dogana, el museo de arte moderno de Venecia.
Se las vio por última vez en un área de servicio de la autopista, haciendo autostop para llegar a Florencia.
Según la investigación, ninguna de las dos llegó a la capital toscana.
Nunca pudieron cumplir su sueño de ver las esculturas de Miguel Ángel, entre ellas el famoso David, ni El nacimiento de Venus , la obra maestra de Botticelli, ni siquiera los frescos de Fra Angelico.
Ninguna de las dos familias había recibido aún los paquetes del asesino.
Pero no cabía duda de que ya estaban listos para el envío, junto con las postales que revelaban dónde se encontraban los cuerpos.
Porque, a diferencia de las otras víctimas, esta vez solo se habían encontrado las cabezas.
Zoé apenas prestaba atención al relato del investigador de Europol.
El subteniente Florian estaba de pie en un rincón, tieso como un palo, con la cara colorada y la mirada huidiza.
A pesar de su metro noventa, el gendarme parecía haber encogido.
Saltaba a la vista que las tornas habían cambiado durante su breve ausencia.
En la sala había otros hombres: Anthony, por supuesto, cuya presencia a su espalda la ponía nerviosa, pero también desconocidos, probablemente agentes de la Sección de Investigación de Caen.
Tampoco ellos parecían muy interesados en el informe del capitán Dorsey: estaban demasiado ocupados mirándola a ella.
Zoé intentó no hacerles caso. En vano. Se sentía atrapada en el fuego cruzado de varios rayos láser.
Entonces, una cara le llamó la atención.
Un hombre ya mayor que se mantenía apartado.
No era policía, lo habría jurado. ¿Un psicólogo, quizá?
Eso sugería su mirada, benévola y penetrante a la vez.
Si lo era, tenía una forma curiosa de vestir: unos vaqueros viejos, desteñidos y pasados de moda, una camisa de leñador a cuadros y unos mocasines de cuero agrietado, como si se hubieran empapado bajo la lluvia y luego los hubieran olvidado al sol.
Y además estaba esa mochila de lona, apoyada en el suelo, que él sujetaba por una de las correas, un modelo que parecía salido directamente de un museo del ejército.
Zoé no podía apartar la vista del desconocido.
Había algo familiar en él, pero no sabía decir qué.
El hombre le sonrió y la sensación de haberlo visto antes se hizo más intensa.
—Les presento a Pierre Valmeur —dijo entonces el capitán, que por lo visto había terminado su exposición de los hechos—. La familia de Léane Jalmet, una de las dos víctimas, ha contratado al señor Valmeur. Gracias a él hemos podido identificarlas por la ficha dental.
El hombre se acercó a ella. Ahora estaba muy cerca. Zoé no vio la mano que le tendía, absorta como estaba en las arrugas que le surcaban la piel como los meandros de un río seco.
—Buenos días, señorita —dijo él, y le cogió la mano.
Ella se estremeció al notar aquella palma áspera contra la suya.
—¿Es usted una especie de detective?
Él negó con la cabeza sin dejar de observarla, con tanta insistencia que Zoé se preguntó si tendría algo en la cara.
—¿Por qué me mira así?
—No puedo creer que la tenga aquí delante —confesó Pierre Valmeur—. Después de tanto tiempo, ya debería estar acostumbrado. Y, sin embargo, cuando mis visiones se hacen realidad, me siguen desconcertando igual. Y también me emocionan —añadió con un guiño.
—El señor Valmeur es médium —explicó Dorsey con toda seriedad.
Ella los miró a los dos, incrédula.
—¿Ha tenido una visión de mí?
—De usted y de mi hijo.
Zoé sintió que se le encogía el corazón al comprender de golpe por qué aquella cara le resultaba tan familiar. Tenían la misma forma de sonreír y también esa mirada extraña, inquietante y magnética a la vez.
—Johan es su hijo —se limitó a decir.
—Sí, señorita. Y ha cruzado Francia para salvarla.