Capítulo 39
—Inspire por la nariz… Y suelte el aire por la boca.
La voz del médico que había hecho venir la Gendarmería resonaba en la celda. Johan obedeció. Se estremecía cada vez que el estetoscopio le recorría la espalda.
—Las vías respiratorias están despejadas —comentó el médico sin dirigirse a nadie en particular.
Apoyado contra la puerta, un gendarme observaba en silencio. Llevaba un uniforme azul claro, pero Johan era incapaz de identificar su rango. Teniente coronel o simple cabo: no habría sabido distinguirlos.
—Bien —dijo el médico, y se colocó frente a él—. Dígame si le hago daño.
Johan hizo una mueca de dolor cuando las manos enguantadas de látex se le posaron en las costillas. Empezaban a salirle moratones por todo el cuerpo.
—¿Y bien? —se impacientó el gendarme, deseoso de saber si el detenido estaba en condiciones de seguir bajo custodia.
El médico se quitó los guantes, que chasquearon como gomas elásticas.
—Dos costillas fisuradas y algunos hematomas superficiales, pero nada que justifique un ingreso hospitalario —respondió con voz cansada.
Mientras se abrochaba la camisa, Johan se preguntó por qué milagro los huesos le habían aguantado la lluvia de porrazos.
Decenas de golpes asestados por hombres presa de la furia.
No, se corrigió con algo más de perspectiva.
No era furia… era miedo. Habían surgido de la nada mientras él intentaba orientarse en el bosque.
Gendarmes del PSIG 1 , enviados como refuerzo para detener a un criminal peligroso.
A él. Solo que se trataba de un error de identidad.
Era lo que había intentado explicarles en el bosque.
Agotado, los había visto desplegarse en círculo a su alrededor, sin dejarle escapatoria.
Como lobos. Eso había pensado al verlos avanzar como un solo hombre, con los uniformes oscuros.
No había comprendido que, a sus ojos, el lobo era él.
Él era el depredador peligroso. No les cabía ninguna duda, y ninguna de sus palabras había logrado atravesar el muro psicológico que habían levantado sus convicciones.
Todo había sucedido muy deprisa. Johan había logrado esquivar el primer golpe.
Pero no el segundo. Ni los siguientes. Le llovían en la espalda, en las piernas, en las costillas, cada vez más fuertes.
Y lo único que podía hacer era rezar, una y otra vez: Por favor, las manos no. ¡Lo que sea, menos las manos!
La voz del médico lo devolvió a la celda.
—Tome esto, es paracetamol. Para el dolor.
Johan miró los comprimidos que el hombre acababa de dejarle en la palma.
—¿Y ella? ¿Cómo está?
—¿ Ella ? —repitió el médico, desconcertado.
—La mujer que estaba conmigo en el bosque. ¿Está bien?
El gendarme se apartó bruscamente de la puerta, que tembló sobre las bisagras.
—¿Quieres saber si la mujer que has secuestrado está bien? —soltó con dureza.
Johan sacudió la cabeza, sin comprender.
—¿Secuestrado?
Era imposible. Él no podía haber hecho algo así.
—Necesito verla.
Su interlocutor entrecerró los ojos.
—¿Para qué?
—Necesito hablar con ella. Tengo que saberlo.
—¿El qué?
Johan cerró los ojos.
—No recuerdo nada de lo que pasó.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó el gendarme, que a todas luces necesitaba un curso de autocontrol—. ¡Ya nos viene otra vez con el cuento de la amnesia!
El médico se tensó.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Que eso mismo intentó hacerle creer a Zoé Rossi. ¡Que no sabía quién era y demás chorradas por el estilo!
El médico volvió a centrar su atención en el detenido.
—¿Es cierto eso?
Johan suspiró.
—No sé lo que pude decir o hacer antes…
—¿Antes de qué?
Johan guardó silencio mientras el recuerdo de Marianne Deconti lo invadía. Su voz ronca, sus gritos desesperados de auxilio, su rostro, que desaparecía bajo el plástico.
—¡Vas a hablar, me cago en la puta!
El gendarme se abalanzó sobre él. Johan cerró los ojos y se preparó para el impacto, pero en ese momento se abrió la puerta.
Otro gendarme apareció en el umbral. Johan lo reconoció.
También había estado allí cuando lo detuvieron.
Un hombre taciturno que miraba cómo los demás se ensuciaban las manos.
Le hizo una seña a su compañero para que se acercara.
Johan se concentró para intentar oír lo que decían.
Solo le llegaron algunos fragmentos de la conversación: «[…
] Dice que no recuerda nada […] no es él […
] ¡no me digas que te lo crees! […] sabemos quién es […
] el analista de Europol lo tiene clarísimo […
] ¡estás de broma! ¿Un médium? […] Se llama Pierre Valmeur».
Johan dio un respingo en el asiento.
—¿Qué ha dicho?
Pero, por toda respuesta, la puerta de la celda se cerró con un estruendo metálico.
1 Pelotón de Vigilancia e Intervención de la Gendarmería.