Capítulo 38
Al cruzar el umbral de la Gendarmería, Zoé sintió que todas las miradas se posaban en ella.
Hombres y mujeres, la mayoría de uniforme, la observaban con intensidad.
Avanzaba flanqueada por el subteniente y por un segundo gendarme, cuyas suelas dentadas soltaban tierra y dejaban a su paso un rastro de huellas marrones.
El subteniente la hizo entrar en un despacho.
Una habitación más larga que ancha que apestaba a sudor, a loción de afeitado barata y a tabaco rancio.
—Póngase cómoda —le dijo desde la puerta—. Vuelvo enseguida.
Zoé no sabía muy bien qué entendía él por «póngase cómoda», pero estaba demasiado cansada para esperarlo de pie, así que se dejó caer en la única silla disponible.
El despacho era pequeño, por no decir asfixiante, pese a la ventana por la que entraba la luz del día.
Y triste, con aquel calendario colgado en la pared como única decoración.
Cuando el subteniente regresó, Zoé tuvo que contenerse para no pedirle que dejara la puerta abierta.
—Siento haberla hecho esperar —se disculpó el subteniente Florian mientras la rodeaba para sentarse detrás del escritorio.
Encendió el ordenador, cuya pantalla, orientada casi de cara a la pared, quedaba fuera de la vista de Zoé. Tecleó un momento y, satisfecho, por fin se volvió hacia ella.
—¿Quiere tomar algo?
Zoé negó con la cabeza.
—¿Seguro?
Zoé asintió.
El gendarme malinterpretó su silencio y siguió intentando tranquilizarla.
—Lo que acaba de vivir ha sido toda una aventura. Pero está sana y salva. Eso es lo único que importa.
— Toda una aventura —repitió Zoé en voz baja.
Notó que el gendarme le daba unas palmaditas en la mano, como se hace con un niño.
—Está pálida. Debería comer algo.
Se levantó. Al otro lado de la habitación había una nevera pequeña; la abrió con un gesto rápido y sacó un táper.
—Tome —dijo—. Lo ha preparado mi mujer.
Zoé miró el sándwich envuelto en papel film.
—Gracias. No tengo hambre.
Como si no la hubiera oído, él retiró el plástico.
—¡Mmm! —exclamó mientras arrancaba un trozo de pan de Viena y se lo llevaba a la boca—. Usted se lo pierde. Está buenísimo.
Y, para predicar con el ejemplo, dio otro bocado con los ojos cerrados y un suspiro de satisfacción.
A Zoé se le encogió el estómago. Pero no era de hambre.
Su mente volvía una y otra vez a Johan. Recuerdos fugaces que se colaban en sus pensamientos cuando menos se lo esperaba.
Johan también le había preparado un sándwich.
Había sido el día en que, todavía prisionera en el sótano, aturdida y hambrienta, le había visto la cara por primera vez.
Él había partido el sándwich en trocitos para dárselos uno a uno, como si alimentara a un recién nacido.
Todas las sensaciones seguían allí, intactas.
El sabor rotundo del pan de cereales, la mantequilla que se le derretía en la boca, los dedos de Johan rozándole los labios con cada bocado, la intensidad de su mirada cuando le aseguró que no era el hombre al que buscaban todas las policías de Europa.
El tono sincero de su voz. «Tiene que confiar en mí», le había dicho. Ojalá…
—¿En qué piensa? —preguntó el gendarme, sin duda alertado por su expresión.
Zoé se limpió los labios, como si quisiera borrar el contacto de los dedos de Johan. En vano.
—En nada… Es solo que…
—¿Qué? Sé escuchar —insistió él ante su silencio—. Comprendo que no quiera hablar de ello, pero créame, lo sé por experiencia: cuanto antes cuente lo que le ha pasado, antes podrá seguir con su vida.
Zoé se secó las palmas sudorosas en los vaqueros.
—¿Qué quiere saber?
—Cuénteme lo que pasó, sin más. Con sus propias palabras.
Ella alzó la vista al techo en busca de inspiración.
Hizo lo posible por poner orden en sus ideas y le resumió lo que había sido su aventura , como a él le gustaba llamarla.
Se ciñó a los hechos y omitió deliberadamente todo lo que tuviera que ver con el vínculo especial que la unía a su secuestrador y, sobre todo, con la forma en que él se había ganado su confianza.
Los acontecimientos desfilaban por sus labios.
Su encuentro en el sótano de la casa de Marianne Deconti, que él creía su casa; su amnesia, por supuesto; el aprisco y el descubrimiento del cadáver de la enfermera; la noche en la granja de Chantal y Roger Pasteur; la llegada al bosque; el hallazgo de otra víctima; el momento en que él recuperó la memoria; la aparición de los gendarmes.
Lo enumeró todo con indiferencia, como si le hubiera pasado a otra persona.
En ningún momento contó cómo la había cuidado Johan, cómo se había preocupado de que no pasara frío ni hambre…
ni miedo. No mencionó el beso que se habían dado en el coche ni que habían vuelto a besarse en la granja.
Pasó por alto las veces que él le había ofrecido la libertad: la primera, al salir de la granja; la segunda, en el bosque.
Tampoco dijo que él le había devuelto el arma por propia iniciativa.
No habló del ciervo que él había salvado.
Y es que todo aquello cuadraba tan poco con el ser abyecto que describían los medios que su relato habría parecido incoherente.
La detención de un asesino en serie podía ser el broche de oro de la carrera del subteniente Florian.
Zoé intuía que, bajo su apariencia afable, el gendarme estaba dispuesto a ignorar todo lo que se saliera de ese guion.
Johan era su presa, de eso no cabía duda.
Una presa que no pensaba compartir con sus colegas de la Sección de Investigación ni con Europol.
—¿Dijo algo que pudiera ayudarnos a identificarlo? ¿Mencionó, por ejemplo, su trabajo o dónde vive?
Zoé negó con la cabeza.
—Había perdido la memoria —le recordó.
—Ah, sí, es verdad. ¿Y usted se lo creyó?
Zoé intuía que no aguantaría mucho si el interrogatorio se volvía más exhaustivo. Tenía que cortar la conversación si quería guardar sus secretos.
—Necesito ir al baño —soltó, sin saber qué otra cosa decir.
—Sí, claro. Espere, que la ayudo a levantarse.
En cuanto se puso de pie, Zoé vio que la habitación se tambaleaba. El gendarme le ofreció el brazo para que se apoyara.
—No hace falta —dijo ella.
Él se inclinó hacia ella, como si fuera a hacerle una confidencia.
—Ya no tiene nada que temer. No volverá a hacerle daño.
Lo dijo en un tono tajante, como si supiera algo que ella ignoraba. Zoé lo comprendió enseguida. Pero se negaba a creerlo.
—Lo han matado…
El gendarme sonrió y dejó ver unos dientes perfectamente alineados. Tenía el aire triunfal del cazador.
—¡Qué va! ¿Cómo se le ocurre? Lo hemos detenido. Mis hombres lo han interceptado en la carretera.
—¿Quiere decir… que está aquí? —preguntó ella, con la voz quebrada por la emoción.
—Sí, pero no tiene por qué preocuparse. Nos hemos ocupado bien de él.