El Clarividente Capítulo 37
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Capítulo 37

—¡Eh! ¿Me oye?

Zoé parpadeó varias veces. La silueta que tenía al lado se fue perfilando poco a poco. Un hombre la miraba con preocupación. Rondaba los cuarenta y llevaba uniforme de gendarme.

—Soy el subteniente Florian —dijo, como si le hubiera leído la pregunta en los ojos.

—¿Dónde estoy?

—En una ambulancia de los bomberos.

Intentó incorporarse, pero un fuerte dolor de cabeza la dejó clavada en la camilla.

—¿Los bomberos? ¿Por qué?

—Ha perdido el conocimiento. ¿No se acuerda?

Zoé no quería recordar. Sin embargo, las imágenes acudían en tropel, como convocadas por su inconsciente.

—Gabriela… ¿Dónde está?

El gendarme frunció el ceño.

—¿Gabriela?

—Mi hermana. En el bosque. Ella también estaba allí.

Él le tendió un pañuelo de papel.

—¿Se refiere a la segunda víctima?

Zoé asintió, incapaz de articular palabra. Se secó las lágrimas que le corrían por las mejillas manchadas de tierra, respiró hondo e intentó calmarse.

—¿Dónde está? —preguntó entonces—. ¿Adónde la han llevado?

El gendarme negó con la cabeza.

—El equipo de Europol está de camino. Mientras tanto, han acordonado la zona.

Zoé se agarró a los bordes de la camilla para intentar incorporarse.

—¡La han dejado allí!

Él la sujetó por los hombros y la obligó a recostarse. Zoé no opuso resistencia; estaba demasiado agotada. Cerró los ojos un instante.

—¿Por qué cree que es su hermana?

—Porque ella también desapareció, en las mismas circunstancias que todas esas mujeres.

—¿Cuánto hace de eso?

—Fue el año pasado.

El rostro del gendarme se quedó petrificado en una expresión de sorpresa.

—¿Qué pasa? —le preguntó ella.

—Verá, las víctimas que ha encontrado llevan muertas dos o tres meses como mucho. Claro que no soy forense, pero…

—¡Sé lo que he visto!

—Lo que ha visto es un cadáver en descomposición —sentenció él—. Dudo que haya podido reconocer a su hermana. Nadie podría, no en el estado en que se encontraba el cuerpo.

Zoé volvió la cabeza. Se estremeció al recordar el segundo rostro, que asomaba entre la tierra húmeda. Devorado por los gusanos. Irreconocible.

—Estaba en estado de shock —continuó él en un tono más suave—. Y todavía lo está.

Presa de sentimientos contradictorios, Zoé desvió la vista.

Después de tanto tiempo buscando a su hermana, se creía preparada para afrontar la verdad.

Porque no le cabía duda: Gabriela estaba muerta.

Ya no albergaba ninguna esperanza de encontrarla con vida.

Y, sin embargo, aun sabiéndolo, ahora descubría lo desvalida que se sentía.

Nada la prepararía nunca para el golpe de encontrar a su hermana.

La mayoría de las familias de desaparecidos decían lo mismo: preferían saber la verdad, aunque eso significara descubrir que su ser querido había muerto tras un sufrimiento atroz.

Zoé creía ser una de ellas. Ahora temía el día en que tendría que enfrentarse a la realidad.

—Pero tiene razón —añadió él al cabo de unos instantes, ante su silencio—: no se puede descartar ninguna posibilidad. Dentro de unas horas sabremos más.

Zoé, que seguía dándole la espalda, lo oyó levantarse. La ambulancia se balanceó bajo sus pasos mientras él se dirigía hacia la parte trasera. Luego, un crujido de plástico y de papel.

—Tenga, los bomberos le han preparado esto —dijo al volver a sentarse a su lado.

Sostenía un vaso de agua y una pastilla blanca que parecía minúscula en aquella palma grande como una zarpa de oso.

—¿Qué es?

—La ayudará a relajarse hasta que la llevemos al hospital.

Ella cogió el vaso y lo vació de un trago. La pastilla, en cambio… Le recordó la noche en la granja y el somnífero que Johan le había dado haciéndolo pasar por un relajante muscular. ¿Por qué se empeñaban todos en drogarla?

—Quiero tener la cabeza despejada —dijo, y le devolvió el vaso vacío—. Y no necesito ir al hospital. No me pasa nada, estoy bien. Johan no me ha hecho daño.

—¿ Johan ? ¿Así lo llamaba?

El gendarme la observaba con una intensidad que la incomodaba. Se había esfumado la figura paterna, tranquilizadora y protectora, que pretendía encarnar. Ahora hablaba el investigador.

—Sí… no… bueno, da igual. De todos modos, dudo que sea su verdadero nombre.

—Mmm…

—¿Qué?

—Ha pasado cuarenta y ocho horas a solas con ese hombre…

—¿Adónde quiere llegar?

Él insistió.

—Bueno, en este tipo de situaciones, a veces se crean vínculos… digamos… afectivos entre el rehén y su secuestrador.

Zoé hervía por dentro. ¿Habría tenido los mismos reparos si ella hubiera sido un hombre? Estaba casi segura de que no.

—¿Insinúa que estoy enamorada de él?

—Enamorada es una palabra muy fuerte. Me refería más bien a cierta simpatía, incluso a empatía.

Hablaba del síndrome de Estocolmo, claro. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?

—No tiene nada de lo que avergonzarse. Es una reacción totalmente normal y, probablemente, lo que le ha permitido seguir con vida.

Zoé bajó la vista. Era incapaz de sostenerle la mirada.

¿Qué pensaría de ella si supiera que estaba protegiendo a un monstruo?

¿A un hombre destinado a pasar el resto de sus días entre rejas, a falta de poder condenarlo a muerte?

Sin embargo, eso era lo que había hecho.

Lo había dejado escapar. Y lo peor era que no estaba segura de que fuera a actuar de otra manera si se le volviera a presentar la ocasión.