El Clarividente Capítulo 35
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Capítulo 35

Johan había dejado de respirar. El disparo había sido fulminante. Bajó la vista hacia el pecho, esperando ver aparecer una mancha oscura en la camisa. Pero no. La bala lo había rozado y había acabado incrustada en un árbol.

—¡No se acerque o le juro que la próxima vez no fallaré!

Zoé temblaba de pies a cabeza, con los brazos extendidos y el cañón del arma todavía apuntándole.

Johan levantó las manos en señal de paz.

—De acuerdo. No me moveré. ¿Puedo hablar?

—¡Creo que ya no queda nada que decir!

Sus grandes ojos castaño oscuro, casi negros, reflejaban todo el horror que él le inspiraba. ¿O era decepción? Lo que sentía al perderse en aquella mirada iba mucho más allá de lo que había imaginado cuando, mucho antes de conocerla, vio su retrato por primera vez.

—Al contrario. Hay tanto que decir… Si al menos me dejara explicárselo…

Las lágrimas que se esforzaba por contener le hacían brillar los ojos.

—Sé todo lo que hay que saber.

—Está usted muy lejos de la verdad, créame.

De no ser por el arma con la que ella seguía encañonándolo, la habría estrechado entre los brazos. Y entonces, abrazado a ella, se lo habría confesado todo. Le habría susurrado al oído la increíble historia que solo podía contarle a ella.

—Yo… Es curioso. Hay tantas cosas que me gustaría decirle que no sé por dónde empezar.

Zoé levantó la barbilla, desafiante.

—¿Y si empieza por su verdadero nombre?

Johan abrió la boca, pero se lo pensó mejor.

No podía decirle quién era. Todavía no. Porque entonces ella le pediría que le explicara cómo demonios se había visto metido en todo aquello.

Necesitaba tiempo para inventarse una versión creíble, una que le ahorrara una larga temporada en un psiquiátrico, porque eso era exactamente lo que le esperaba si contaba la verdad.

No, no le quedaba otra. Tenía que mentirle.

—Johan… Dupuis —respondió, consternado por su propia falta de imaginación.

Sintió que la mirada de Zoé lo atravesaba. No se había tragado la mentira.

—Yo…

—¿Ha matado usted a Marianne Deconti? —lo interrumpió ella.

La pregunta lo dejó sin aliento un instante.

—No. No la he matado.

Fue lo único que acertó a responder.

—¿Y a ella? Supongo que tampoco la ha matado.

Johan se estremeció al ver que ella miraba hacia la tumba que él había dejado al descubierto. El rostro de la mujer que había desenterrado poco antes le invadió la mente. Incapaz de hablar, negó con la cabeza.

—La conoce, ¿verdad? —prosiguió Zoé en tono acusador—. ¿Quién es?

Johan tragó saliva.

—¿Y mi hermana? ¿Dónde está? ¿También está en este bosque?

—¿Su hermana?

—¡Conteste!

—No sé nada de su hermana…

—¡Miente!

—Le juro que no. Yo… Me está poniendo nervioso. ¿Podría bajar el arma un momento? No intentaré nada, le doy mi palabra.

—Llevo dos días viendo cómo sigue los pasos de un asesino en serie. Su palabra no me basta.

¿Dos días? Johan meneó la cabeza, muy serio. Ya no quería mentirle. Lo único que quería ahora era contarle la verdad, quitarse ese peso de encima.

—De acuerdo. Se lo contaré todo. Todo lo que quiera saber.

Quién soy en realidad, a qué me dedico. Le hablaré de Léane, le diré quién es y cómo di con ella.

Y, por último, le contaré en qué circunstancias conocí a Marianne…

y a su asesino, porque eso es lo que me ha traído hasta usted. Pero me temo que no me creerá.

—Dígame la verdad y todo irá bien.

—La verdad… El problema es que algunas de mis explicaciones son, cómo decirlo… poco racionales.

Ella frunció el ceño.

—¿Poco racionales? Confieso que no acabo de entenderlo.

—Entonces responda a esta pregunta. ¿Ha recurrido alguna vez a médiums para que la ayuden a encontrar a su hermana?

Zoé tardó en reaccionar.

—¿Es usted médium?

—No… Bueno… Es complicado. Se lo explicaré todo, pero antes me gustaría que respondiera a mi pregunta.

—¿Me está tomando el pelo?

—No. Lo digo muy en serio. No tiene nada de vergonzoso. Es bastante habitual que, tras una desaparición inexplicable, la familia recurra a médiums para obtener las respuestas que la policía no puede darle.

Ella suspiró, irritada.

—¡Qué más da que lo haya hecho o no, si usted mismo ha dicho que no es médium!

—He dicho que era complicado.

—¡Pues explíquemelo!

—No es tan sencillo.

—¡Basta!

Zoé afianzó la postura, lista para disparar.

—Le he hecho unas preguntas y quiero respuestas. ¡Ahora mismo!

—De acuerdo, de acuerdo…

Johan se interrumpió de golpe y miró hacia la izquierda.

—¿Ha oído eso?

Zoé miró en la misma dirección.

—No. Nada… ¿Intenta distraerme?

Johan no hizo caso del comentario. Con todos los sentidos alerta, escuchaba los ruidos del bosque. No se lo había imaginado. Alguien se acercaba.

—Ahí. ¿Lo ha oído?

Esta vez, Zoé asintió.

—Parecen ladridos —dijo.

Y eso no era todo. A lo lejos se oían voces. Dos hombres, quizá más. Se estaban acercando.

—No pueden encontrarme aquí…

—Eso suena mucho a confesión de culpabilidad.

Zoé alzó el arma al ver que él avanzaba hacia ella.

—¡No me obligue a disparar!

Él se detuvo.

—Tiene que dejarme marchar.

—Como mueva un solo dedo, disparo. Lo haré.

—Estoy seguro de que no.

Temblorosa, Zoé sujetó el arma con la otra mano para afianzar el pulso.

—No me conoce —dijo—. No sabe de lo que soy capaz.

Las voces estaban ya tan cerca que se distinguían las palabras con claridad. Johan no tenía elección. Con el corazón a mil por hora, dio un paso, y luego otro. Avanzó hasta que el cañón le tocó el pecho. Si la predicción que le habían hecho era cierta, Zoé iba a disparar de un momento a otro.

—Supongo que nadie escapa a su destino —dijo Johan—. Haga lo que tenga que hacer.

Mientras Zoé lo miraba, atónita, él apartó el cañón del arma y se inclinó para rozarle los labios con un beso.

—No soy él —dijo antes de desaparecer en el bosque.