Capítulo 34
La niebla lo envolvía, pero su mente nunca había estado tan despejada.
Era de día. Era verano y el denso follaje de los árboles impedía que el sol calentara el suelo.
Una joven caminaba delante de él. Iba descalza, desnuda de cintura para abajo, con la piel de las piernas arañada por las zarzas y las ortigas.
No le veía la cara. Solo el pelo rubio, enredado y lleno de tierra y ramitas.
La conocía. Tenía su nombre en la punta de la lengua.
Se llama… Aún no conseguía recordarlo, pero sentía que estaba a punto de lograrlo.
Estaba a punto de recuperar la memoria; solo tenía que seguirla: ella le estaba mostrando el camino.
Ella no se detenía. Sus sollozos se habían reducido a un susurro.
Él se mantenía detrás. Ella llevaba las manos atadas a la espalda con una cuerda que él sujetaba como si fuera una correa para tenerla bajo control.
Si caminaba demasiado deprisa, él tiraba para frenarla; si aflojaba el paso, le bastaba un simple giro de muñeca para obligarla a apretarlo.
A veces la empujaba de un golpe entre los omóplatos, solo por el placer de verla caer.
Formaba parte de los preliminares. Luego, cuando consideró que se habían alejado lo suficiente, dio un tirón brutal de la cuerda y la obligó a detenerse. Era hora de pasar a cosas más serias.
—Ya hemos llegado —dijo.
Zoé miró a su alrededor. El lugar no tenía nada de especial, salvo que era de difícil acceso.
—Nadie la oyó llorar —continuó Johan con voz apagada—. Sus gritos se perdieron en el bosque.
—¿De quién habla?
Él extendió el brazo. Zoé siguió la dirección que le señalaba, pero solo alcanzó a distinguir hojas muertas, amontonadas en una gruesa capa al pie de un árbol.
Un árbol en cuya corteza alguien había grabado una cruz.
La marca de un cazador de otra especie, mucho más temible que aquel con el que se habían topado media hora antes.
—Me da miedo lo que hay debajo de ese montón de hojas —dijo—. Porque, si es lo que creo, significa que usted tenía razón desde el principio.
Se pasó la mano por el pelo revuelto.
—Tengo miedo, Zoé. Miedo de mis recuerdos. Miedo de querer hacerle daño. Antes prefiero morir que llegar a eso. Tenga.
Zoé lo miró atónita mientras él le devolvía el arma.
Dejó que le cerrara los dedos en torno a la culata, como si quisiera asegurarse de que empuñaba bien la pistola, lista para dispararle si hacía falta.
Él retrocedió sin apartar los ojos de ella.
Entonces Zoé tuvo la impresión de que quería que lo apuntara. Y eso hizo. Él asintió, satisfecho.
—Y ahora, la hora de la verdad —añadió sin entusiasmo.
Se había arrodillado ante el montículo como ante un altar en el que se dispusiera a celebrar un oscuro ritual. Apartaba las hojas una a una y retiraba la tierra húmeda. De repente, se quedó paralizado. Bajo sus dedos había aparecido una piel violácea. Un rostro asomaba de la tierra.
—¿Quién es? —murmuró Zoé, inclinada sobre él.
Se llama… El nombre seguía escapándosele.
—Aún no lo sé.
Reanudó la exhumación, pero cuando retiró los últimos centímetros de tierra, el horror se apoderó de ambos. Era una cabeza. La de una joven de pelo rubio. Johan temblaba. Con la mano apoyada en la piel hinchada, por fin pudo verle la cara.
—Léane —dijo en voz baja.
Se volvió bruscamente hacia Zoé. A ella se le cortó la respiración. Parecía otro. Empezando por la mirada: la observaba con una intensidad demencial, pálido, como si acabara de ver un fantasma.
—¿Usted? —susurró.
¿Qué significaba todo aquello? Actuaba como si le sorprendiera encontrarla allí. No, ni siquiera era eso. Zoé no conseguía definirlo.
Se había levantado de un salto.
—¡No se acerque!
Zoé estaba en posición de tiro. El cañón de la Sig Sauer le apuntaba al corazón.
—¡Quédese donde está!
Pero mientras él avanzaba hacia ella, una detonación retumbó en el bosque e hizo levantar el vuelo a una decena de pájaros, testigos de la escena.