Capítulo 33
Avanzaban sobre un suelo alfombrado de hojas que el viento de otoño había arrancado de los árboles. La tierra crujía bajo sus pasos, al compás de las ramitas secas que se partían con el peso de las suelas.
—¿Queda mucho? —preguntó Zoé mientras veía cómo se le condensaba el aliento en el aire helado.
La temperatura había bajado varios grados desde que dejaron la carretera, y las volutas blanquecinas que se extendían entre los troncos desnudos se aproximaban de un modo inquietante.
—Se está levantando niebla —añadió.
—Lo sé —respondió Johan—. Quédese cerca de mí.
Zoé apretó el paso para no quedarse atrás. Pronto solo alcanzó a distinguirle la nuca, a un metro más o menos, porque el resto del cuerpo parecía haberse disuelto en la espesa niebla que se había adueñado del bosque.
—¿Johan?
Su propia voz le sonó extraña, como si alguien le hubiera tapado la cara con una almohada mientras pedía ayuda.
Como no podía fiarse de la vista, se concentró en los demás sentidos.
El olor a humus que exhalaba la tierra y los ruidos del bosque, todos inquietantes, porque no lograba saber de dónde venían.
—¿Johan? —volvió a llamar.
Una mano se cerró sobre la suya, cálida y fuerte. Johan estaba allí y tiraba de ella con tanta firmeza como si estuviera atrapada en arenas movedizas. Zoé se encontró pegada a él y, en ese momento, le pareció el lugar más tranquilizador del mundo.
—Le he dicho que se quedara cerca de mí.
Iba a protestar, a señalarle que él podría haber intentado caminar más despacio, cuando él le puso el índice sobre los labios. Escrutaba el entorno y giraba la cabeza despacio, como si intentara localizar el origen de un sonido concreto.
—¿Lo oye? —susurró.
Ella se concentró. No oía nada.
—Mire.
Zoé siguió la dirección que le indicaba.
Al principio no entendió qué era, así que dio un paso adelante para ver mejor.
Una rama cedió bajo el zapato con un crujido seco y sonoro.
El animal —porque de eso se trataba— giró la cabeza hacia ellos.
Por un instante, tuvo la sensación de que la miraba a los ojos.
Como buena urbanita, no había visto un ciervo en su vida.
No en carne y hueso, y aquella aparición la emocionó tanto como si hubiera sido un unicornio.
Duró apenas un segundo: el ciervo ya había desaparecido.
—¡Sigámoslo! —exclamó Johan, sin soltarle la mano.
A Zoé se le aceleró el corazón mientras él la arrastraba tras de sí.
Se apartaban peligrosamente del sendero balizado y se adentraban en diagonal, por donde ninguna marca reflectante les indicaría el camino de vuelta.
Johan caminaba deprisa y a Zoé le costaba cada vez más seguir el ritmo que le imponía.
Tenía el cuerpo agotado, magullado, al límite de sus fuerzas.
—¡No puedo más! —susurró, a punto de desplomarse.
Entonces, contra todo pronóstico, Johan se detuvo. Pero no fue por ella. Allí, a pocos metros, el ciervo también se había parado. Tenía dos flechas clavadas en los cuartos traseros, y la sangre que manaba de las heridas le dejaba regueros oscuros en el pelaje.
—Quédese aquí —dijo Johan.
Zoé se apoyó en un árbol. ¿Adónde quería que fuera?
Moriría de frío o de agotamiento antes de encontrar el camino de vuelta a la civilización.
A decir verdad, ni se le pasaba por la cabeza dejarlo.
No, tenía el pensamiento puesto en aquel animal que luchaba por seguir vivo.
El pecho le subía y le bajaba frenéticamente.
Tenía miedo. Los ojos le giraban en las órbitas y dejaban ver el blanco.
Unos ojos enormes, magníficos, bordeados de largas pestañas que parpadeaban inquietas al ver que unas manos se le acercaban.
Habría huido si hubiera tenido fuerzas, estaba convencida, pero, como si fuera consciente de su impotencia, el ciervo echó la cabeza hacia atrás y lanzó al bosque un último bramido desesperado.
A Zoé se le puso la piel de gallina. ¡No le haga daño!
, quiso gritar, pero aquellas palabras, pensadas con tanta intensidad, no llegaron a salir de sus labios.
Johan le rodeó el cuello con un brazo y, acompañando el movimiento con el cuerpo, lo obligó a doblar las patas.
En unos instantes, el ciervo quedó tumbado de costado.
Johan, a su lado, le acariciaba el pelaje como si intentara calmarlo.
El ciervo cerró los ojos y su respiración se hizo más lenta.
Había resignación en su actitud. Aceptación en su garganta expuesta. Zoé se estremeció.
—¿Qué le va a hacer? —preguntó desde donde estaba.
Johan no respondió. Seguía acariciando al animal.
¿Disfrutaba viéndolo sufrir? No era la impresión que ella tenía, pero quizá solo veía lo que quería ver.
De pronto, un ruido los sobresaltó a los tres: a ella, a Johan y al ciervo herido.
Johan se llevó un dedo a los labios para pedirle silencio.
Se levantó, miró a su alrededor y le señaló un árbol lo bastante grueso para ocultarlos a los dos.
Apretujados el uno contra el otro, podían ver sin ser vistos.
Primero surgió de la niebla una silueta, un perro de pelo corto y marrón, de orejas largas, al que pronto siguieron un hombre y un niño.
Un padre y su hijo con ropa de camuflaje.
El niño no tendría más de doce años. Cada uno llevaba un arco y flechas. Se acercaron a su presa.
—¡Ahí está, papá! ¡Te dije que le había dado! —exclamó el niño, orgulloso.
El padre se arrodilló y clavó la mirada en la del ciervo.
Con una mano apartó al perro, que, meneando la cola como loco, volvió a olisquear las gotas de sangre que brotaban de las heridas.
El cazador estaba ahora en la misma postura que Johan unos instantes antes, pero Zoé se dio cuenta de lo distintas que eran las intenciones de los dos hombres.
Diametralmente opuestas, incluso. Y lo más sorprendente era que el asesino no era quien ella creía. El hombre se levantó.
—¡Ven aquí! —le ordenó a su hijo.
La sonrisa del niño se había esfumado. Conocía ese tono. Se acercó con aire compungido. Su padre sacó la daga de la funda. La hoja, de unos treinta centímetros, estaba perfectamente afilada, y en los filos se adivinaban restos de sangre.
—¡Venga, remátalo!
El niño miraba la daga con los ojos muy abiertos. Una cosa era disparar a un animal a varios metros de distancia y otra muy distinta clavarle una hoja en el cuerpo, sentir la resistencia de la carne y oír sus gritos de dolor.
—Es responsabilidad tuya —continuó el padre—. La próxima vez apuntarás mejor.
Lo obligó a empuñarla. En aquella mano infantil, el mango parecía más grande y pesado.
—¡Venga! ¡No vamos a pasarnos aquí el día entero!
El niño se arrodilló junto a su presa, que de pronto levantó la cabeza. Sus miradas se cruzaron y la mano del niño empezó a temblar.
—No puedo…
El padre le arrancó el arma de las manos.
—¡Anda, quita de ahí! ¡Tendría que haber traído a tu hermana!
Sin miramientos, le aplastó la cabeza al animal contra el suelo para dejar al descubierto la carótida, pero, en el momento en que la hoja rozó la garganta expuesta, una voz resonó en el bosque.
—¡Alto!
El hombre se quedó paralizado. La voz de Johan había restallado como un disparo.
—¿Quién anda ahí?
El cazador miró hacia ellos, pero Zoé comprendió por su expresión que aún no podía distinguirlos entre la niebla.
—¡No toque a ese animal!
El hombre se levantó. Aún tenía la daga en la mano.
—¡Muéstrese y hablamos, amigo!
Dio un paso hacia ellos.
—Este ciervo es nuestro —declaró con voz firme—. ¡Búscate otro, amigo!
—No está herido de muerte —dijo Johan—. Si me deja, todavía puedo salvarlo. Sus flechas no han alcanzado ningún órgano vital y, con un poco de suerte, se recuperará.
—¡Ni lo sueñe! ¡No pienso dejarle este animal!
—¡Lo que está haciendo es ilegal y lo sabe! —prosiguió Johan.
—¿Ilegal, eh?
—No he visto ninguna señal en la carretera que avise de una cacería. Así que supongo que esto está prohibido.
Una sonrisa despectiva se dibujó en la cara del cazador.
—Se equivoca, amigo. Rematar a un animal herido no es cazar. Estoy en mi derecho, así que apártese antes de que…
—¿Antes de qué? ¿También me va a apuntar a mí con el arco?
El hombre meneó la cabeza.
—¡Mejor váyase a buscar setas!
—Está herido, no moribundo —insistió Johan.
El hombre ni pestañeó.
—¡Da igual, no puede huir! —soltó, exasperado—. La ley está de mi parte.
—Está agotado y aterrorizado. Al menos déjeme sacarle las flechas. Si después de eso sigue sin huir, podrá hacer lo que quiera.
El cazador apretó los labios. La vacilación le duró apenas una milésima de segundo.
—¡Y un cuerno! ¡O me enseña su carné de guarda de caza o se larga! ¿Está claro?
Volvió junto al animal para rematarlo, pero, en el momento en que apoyó la hoja en el cuello del ciervo, un chasquido metálico lo dejó clavado en el sitio.
Johan avanzó con la Sig Sauer apuntando al cazador.
—¡Suelte ese cuchillo! —le ordenó.
—Haga lo que le dice —intervino Zoé.
El hombre abrió mucho los ojos. Estaba desconcertado, aunque costaba saber si su sorpresa se debía a la presencia de una mujer o a que ella fuera vestida de calle.
—¿Qué está pasando aquí? —dijo cuando recuperó el habla.
El niño se había pegado a su padre.
—No es asunto suyo —respondió Johan—. Váyase mientras pueda.
El hombre no se lo pensó dos veces. Zoé los vio desaparecer en la niebla, con una mezcla de alivio y de pesar al pensar que podría haberlos seguido. Johan había vuelto junto al animal.
—Lo siento —murmuró mientras agarraba una de las flechas clavadas en los cuartos traseros.
Tiró de ella. El ciervo se puso en pie de un salto. Le temblaba todo el cuerpo de dolor. Johan apenas tuvo tiempo de arrancarle la segunda flecha antes de que desapareciera entre la maleza. A Zoé se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Lo que acaba de hacer es realmente…
—¿Una estupidez?
—No iba a decir eso.
Johan clavó las flechas en la tierra, al pie de un árbol, como si temiera que alguien se hiriera al pisar las puntas afiladas.
—Y, sin embargo, es la verdad. Ese tipo va a correr a dar la voz de alarma. La ha reconocido, pondría la mano en el fuego. Hay que…
Johan se calló.
—Hay que… ¿qué? —preguntó Zoé para animarlo a terminar la frase.
Se miraba fijamente las manos. Estaban cubiertas de sangre.
—¿Johan?
Levantó la cabeza. Tenía la mirada perdida a lo lejos. Zoé tuvo la impresión de haberse vuelto transparente. Entonces, como en trance, pasó junto a ella sin verla y se adentró aún más en la niebla.