Capítulo 32
Zoé se enderezó en el asiento. La carretera avanzaba en línea recta y parecía no tener fin.
Sin embargo, según una señal que habían dejado atrás poco antes, habían llegado a su destino.
Los pinos centenarios, alineados en filas apretadas a ambos lados de la carretera, habían sustituido a los campos arados.
El bosque era tan espeso que tapaba el sol y obligaba a los escasos vehículos con los que se cruzaban a circular con los faros encendidos.
De pronto, la carretera empezó a trazar curvas y Zoé distinguió una cinta plateada: un arroyo en el que se reflejaba el cielo.
Se quedó sin palabras. El lugar era magnífico, como todos los que el asesino había elegido para abandonar a sus víctimas…
«Ha llegado a su destino», anunció la voz sintética del ordenador de a bordo cuando llegaron a un cruce.
Dejaron la carretera asfaltada y se metieron por un camino de tierra.
El coche daba tumbos, los amortiguadores chirriaban y el motor gemía.
Zoé se agarró al asa de la puerta y, con el estómago revuelto, vio cómo el paisaje se zarandeaba a su alrededor.
A medida que avanzaban, la vegetación se volvía más tupida.
Los árboles, hostiles, se inclinaban a su paso; golpeaban y arañaban la carrocería con las ramas, como si quisieran impedirles avanzar.
El barro que salpicaban las ruedas había formado una capa espesa, pegajosa y opaca que a los limpiaparabrisas les costaba cada vez más quitar.
—¡Cuidado! —gritó Zoé al ver la masa oscura que les cerraba el paso.
Un árbol arrancado de raíz, que Johan esquivó por los pelos. El volantazo fue tan brusco que el coche se salió del camino.
—¡Mierda!
Metió la marcha atrás y pisó el acelerador, pero las ruedas patinaban y el coche no se movía ni un centímetro. Estaban atascados en el barro.
Zoé se recostó en el asiento.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Seguiremos a pie.
Se inclinó por delante de ella para abrir la guantera.
—¿Se puede saber qué busca? —le preguntó Zoé.
—Una linterna —respondió él sin dejar de rebuscar entre los trastos que Marianne Deconti había ido acumulando con los años.
—Ya le digo yo que en el maletero no hay ninguna.
Se detuvo y la miró de reojo. Ella le sostuvo la mirada unos segundos antes de volver la cabeza hacia el cielo, que se estaba cubriendo de nubes. No era una linterna lo que necesitaban, sino un paraguas.
—Tendría que haber comprado una cuando paramos en la gasolinera.
Zoé se volvió hacia él.
—¿Ha mirado debajo de los asientos?
Él arqueó una ceja.
—¿Debajo de los asientos?
—Casi todo lo que no encuentro suele acabar ahí. Al menos en mi coche.
Dejó la guantera y siguió su consejo. Se inclinó hacia delante y palpó la moqueta bajo el asiento del conductor. Zoé hizo lo mismo en el lado del copiloto.
—Ah, creo que la tengo.
Sacó, triunfal, una linterna. De esas que parecen más una porra que una linterna. Johan parpadeó varias veces seguidas, como quien espera un golpe. Entonces Zoé se dio cuenta de que a ella esa idea ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Ya no le tenía miedo.
—Tenga —dijo.
Él sopesó el objeto alargado. Seguramente pensaba que con aquello podría haberle partido el cráneo como una cáscara de huevo.
Deslizó el pulgar hasta el interruptor. Esta vez fue Zoé quien parpadeó, deslumbrada por el potente haz de luz.
Él volvió a pulsar el interruptor y el habitáculo pareció hundirse en la oscuridad.
—Según el GPS, tenemos que seguir por el camino otros seiscientos metros.
—¿Y después? —preguntó ella mientras él abría la puerta.
Salió del coche sin contestar. Zoé cogió la parka del asiento trasero y salió también. Habían rodeado el árbol caído y llevaban unos diez minutos andando por el centro del camino cuando Johan se detuvo.
—Debería ser aquí —dijo.
Zoé lo observaba mientras él vacilaba sin saber hacia dónde tirar. A la derecha o a la izquierda del camino, daba igual. El bosque era espeso y no se distinguía ningún sendero.
—¿Nos hemos perdido? —preguntó ella al cabo de un momento.
Johan no pareció oírla. Sobre sus cabezas todavía era de día y, pese a las nubes que desfilaban como arrastradas por una cinta transportadora celeste, aún se veía bastante bien.
Sin embargo, él encendió la linterna e iluminó los árboles que bordeaban el camino a la derecha y después los de la izquierda.
Sus ramas, sacudidas por el viento, se retorcían como miembros artríticos.
Por aquí, parecía indicar uno de ellos. No, por allí, replicaba su vecino, que señalaba en dirección contraria con una ramita semejante a un índice nudoso.
Johan avanzó así unos metros, con la linterna en alto, escudriñando el bosque a ambos lados del camino. De pronto, se paró en seco.
—¡Aquí está! —exclamó.
Unos puntos brillaban en el haz de la linterna. Parecían flotar en el aire, todos a la misma altura. Casi se habrían podido unir con una línea recta que se perdía en lo más hondo del bosque.
—¿Qué es eso? —preguntó Zoé.
—No lo sé.
Bajó la linterna hacia el suelo sin apartar la vista de los árboles. En cuanto el haz dejaba de iluminarlos, los puntos se volvían invisibles a simple vista.
—Vamos a ver.
Saltaron la cuneta. Johan fue el primero y trepó por el talud, cubierto de un espeso manto de helechos. Zoé intentó seguirlo, pero sus zapatos de ciudad resbalaban en la tierra blanda.
—Deme la mano —dijo él, volviéndose.
Zoé le tendió el brazo y él tiró de ella hasta arriba.
Estaban en la linde del bosque. Johan apuntó la linterna hacia delante. El haz subió por un tronco hasta dar con un círculo perfecto. Tenía los bordes demasiado regulares para ser pintura reflectante. Se acercaron.
—No lo toque…
Demasiado tarde. Johan ya había puesto los dedos encima.
—¿Por las huellas? —preguntó, mirándola.
De pronto, Zoé se sintió ridícula. Si había huellas, solo podían ser las de él. Estaba claro que ya había estado allí y que había colocado aquellas marcas reflectantes para encontrar el camino de vuelta hasta… ¿hasta dónde, exactamente?
—Da igual —dijo ella.
Johan palpó el disco luminoso y luego tiró de él para arrancarlo del tronco, como si fuera una chincheta clavada en un corcho.
Y eso era precisamente: una chincheta reflectante, de las que se venden en cualquier tienda de deportes, en paquetes de cincuenta, en la sección de caza y naturaleza o en la de senderismo.
—¿Puedo verla? —preguntó Zoé, tendiendo la mano.
—Claro, tenga.
Ella examinó el objeto que él acababa de dejarle en la palma. Cuando no reaccionaba a la luz, la superficie reflectante, redonda y plana, tenía un color pardo que se confundía con el de los troncos.
—No están ahí por casualidad. Alguien las ha puesto.
—Yo no —se defendió Johan.
—Entonces, ¿cómo sabía que estaban ahí?
—No lo sabía.
—Eso no es verdad. He visto lo que hacía con la linterna. Era como si buscara algo.
Él suspiró y agachó la cabeza.
—Es verdad. No sé cómo, pero sabía que encontraría algo así, alguna señal que me indicara el camino.
Apuntó con la linterna hacia delante. Zoé se estremeció. El bosque era espeso y no distinguía ningún sendero por el que adentrarse, pero era allí adonde él pensaba llevarla. Allí, donde pensaba enterrarla.
—¿Zoé?
Ella dio un respingo.
—No tiene por qué acompañarme —dijo él entonces—. Si lo prefiere, puede esperarme en el coche.
—¿No teme que avise a la policía?
Él se encogió de hombros.
—Ya no. Para cuando llegue al puesto de los guardas forestales, les explique lo que pasa y salgan en mi busca, seguramente ya habré encontrado lo que he venido a buscar. Lo demás no importa.
Zoé vaciló.
—Iré si me devuelve el arma.
Él negó con la cabeza.
—Se la devolveré cuando llegue el momento.
—¿Por qué no ahora? ¿Qué teme?
Fingió pensárselo.
—¿Que una joven guapa me pegue un tiro por la espalda antes de que pueda averiguar quién soy?
—No le dispararé sin un buen motivo.
—El miedo es motivo suficiente. Y usted todavía me tiene miedo.
Ella se sobresaltó sin querer cuando él le acercó la mano a la cara para colocarle un mechón detrás de la oreja.
—Es un riesgo que no puedo correr, ya se lo he dicho —suspiró—. Sé que las respuestas están aquí. O, mejor dicho, allí.
Una multitud de puntos luminosos surgió en el haz de la linterna, brillantes como los ojos de animales salvajes al acecho en el bosque.