Capítulo 31
El cuerpo de Marianne Deconti yacía bajo una lona de plástico, en medio del aprisco.
La cabeza, aún unida al tronco. Era la primera vez que ocurría algo así.
Y también era la primera vez que la escena del crimen estaba repleta de pruebas materiales, lo que mantendría ocupados a los técnicos de Criminalística durante las próximas horas.
Pierre Valmeur, bajo estrecha vigilancia, esperaba de pie junto a uno de los vehículos de la Gendarmería.
—No sé si debo darle las gracias o detenerlo —le dijo el capitán Dorsey al acercarse.
—Todavía es pronto para darme las gracias. En cuanto a detenerme, lo dejo a su criterio. Le he contado todo lo que sé. Soy consciente de que cuesta creerlo, pero es la verdad. Puede detenerme mientras comprueba que lo que le he dicho es cierto. Pero perderá el tiempo.
Anthony se mantenía a una distancia prudente, aunque lo bastante cerca como para oír lo que decían los dos hombres. Aquel tipo salido de la nada le ponía los pelos de punta.
—¿Y su hijo? ¿Está seguro de que está con Zoé? —los interrumpió.
Pierre Valmeur se volvió hacia él. Tenía ojos de gato al acecho en la penumbra.
Eran como dos espejitos de los que costaba apartar la vista.
Anthony temía verse reflejado en ellos si los miraba demasiado tiempo.
Fingió toser para disimular su inquietud, pero el hombre no se inmutó.
Seguía observándolo como un francotirador con el blanco en el punto de mira.
Incluso a esa distancia, Anthony se sintió atravesado por la extraña mirada del anciano.
—Tan seguro como que lo estoy viendo a usted —respondió este, como si le hubiera leído el pensamiento—. Y si no los encontramos pronto, me temo que lo peor está aún por llegar.