Capítulo 30
El sol asomaba por el horizonte mientras el coche devoraba kilómetros.
Zoé calculó que habían pasado unos quince minutos desde que salieron de la granja.
Se preguntaba si Chantal habría encontrado su nota.
Quería creer que sí. Se imaginaba a la anciana frunciendo el ceño al descubrir el libro entre las sábanas revueltas.
No podría resistirse a abrirlo y encontraría la nota.
La leería, por supuesto, y descubriría la verdad sobre la simpática pareja a la que ella y su marido habían acogido para pasar la noche.
Entonces, temblorosa y con las mejillas encendidas por la impresión, lo llamaría a gritos.
«¡Roger! ¡Ay, Dios mío…! ¡Roger!». En su voz habría una angustia que él nunca le había oído.
Ella le diría: «¿Lo ves? Te lo dije. Estaba segura de que su cara me sonaba».
Roger releería la nota varias veces y desmenuzaría cada frase, a la vez entusiasmado y aliviado por haber salido con vida de semejante experiencia.
Luego descolgaría el teléfono y llamaría a la Gendarmería.
La pareja no acabaría nunca de contar su desventura.
Primero la televisión local y después los medios nacionales se harían eco de la increíble historia de un matrimonio de agricultores que solo aspiraba a una cosa: disfrutar de una merecida jubilación.
Quizá así, por fin, lograrían vender la explotación.
En cierto modo, no hay mal que por bien no venga.
Zoé alzó la vista hacia el retrovisor. La carretera parecía desvanecerse, envuelta en una niebla ligera pero persistente que le impedía saber si los seguían otros coches.
Aguzó el oído, a la espera de que el aullido de una sirena los sorprendiera: un vehículo de la Gendarmería lanzado a toda velocidad para darles alcance.
A no ser que toparan con un control más adelante.
En el peor de los casos, habría un comité de bienvenida a la entrada del bosque.
—¿Johan?
—¿Sí?
—¿Cuánto tardaremos en llegar?
—¿Por qué?
—Porque cuanto antes lleguemos, antes acabará todo esto.
Él apartó la vista de la carretera para clavar los ojos azules en los suyos. Un contacto breve e intenso que le provocó un escalofrío.
—Antes del mediodía, espero.
Zoé apoyó la nuca en el reposacabezas y cerró los ojos. Enseguida, la música llenó el habitáculo. No pudo evitar sonreír al darse cuenta de que tenían los mismos gustos.
—Sé lo que intenta hacer —dijo él entonces.
A Zoé se le heló la sangre.
—¿Qué?
Sin soltar el volante, él se ladeó para meter la mano en el bolsillo trasero de los vaqueros.
En cuestión de segundos, Zoé vio cómo todas sus posibilidades de sobrevivir se esfumaban, aplastadas como el trozo de papel que él estrujaba entre los dedos.
Sin pensar siquiera en lo que hacía, se desabrochó el cinturón, agarró la manilla e intentó abrir la puerta.
El coche dio un bandazo cuando él desvió la mirada de la carretera para sujetarla.
—¿Está loca? ¿Quiere matarse?
Había aminorado la marcha para detenerse en el arcén. La gravilla rebotaba contra la carrocería.
—¡Si tengo que morir, prefiero que sea por mi propia mano!
Zoé salió disparada del coche y echó a correr por el medio de la carretera. Apenas había recorrido unos metros cuando él la alcanzó.
—¡Usted lo ha querido! —dijo él, y la agarró del brazo.
Pero Zoé se resistía. Ni hablar de volver al maletero. Ya no tenía nada que perder. Estaba dispuesta a tirarse bajo las ruedas del primer coche que pasara si se presentaba la ocasión, pero en la carretera no había nadie más que ellos. Él la soltó.
—Muy bien, Zoé. ¡Ya basta!
Se sentó al borde de la carretera.
—La dejo ir. Es libre.
Zoé se preguntó si hablaba en serio. El azul de sus ojos se había oscurecido hasta adquirir el color de un mar embravecido. Una mirada difícil de descifrar.
—No le creo.
—A pie, tardará entre dos y tres horas en volver a la granja. Para entonces, yo ya estaré lo bastante lejos. Desapareceré sin dejar rastro. Yo nunca sabré quién soy, pero usted tampoco. O tal vez…
Los graznidos agudos de un cuervo resonaron sobre sus cabezas. Zoé se cruzó de brazos para protegerse del frío húmedo que le calaba los huesos.
—¿O tal vez qué?
Él se levantó.
—O bien me acompaña y se arriesga a descubrir la verdad. Elija, pero hágalo ya.
Volvió a sentarse al volante y arrancó. El motor ronroneaba al ralentí y el tubo de escape exhalaba un humo blanquecino.
Zoé no conseguía pensar con claridad. ¿Salvar el pellejo u obtener por fin respuestas?
El coche se puso en marcha y se apartó despacio del arcén para incorporarse a la carretera.
—¡Espere!
Él frenó. Los pilotos traseros se encendieron como los ojos de un dragón.
Ella abrió la puerta y se inclinó para mirarlo bien a la cara.
—Voy con una sola condición. No vuelvo al maletero. Ni al asiento trasero. Y no quiero que me ate.
—Eso son tres condiciones.
—Lo toma o lo deja.
Él iba a protestar, pero ella no había terminado.
—Si yo me arriesgo, usted también. Tendrá que correr el riesgo de llevarme a su lado, libre.
Se le relajó el rostro y sonrió. Al instante le apareció un hoyuelo en la mejilla derecha.
—De acuerdo.
Ella vaciló.
—¿De verdad?
—Sí, Zoé. Por un momento pensé que iba a pedirme que le devolviera el arma.
—¿Me la habría devuelto si se la hubiera pedido?
Él se encogió de hombros.
—No lo sé. Quizá.
Zoé volvió a su asiento con el ceño fruncido.
—Vamos, no ponga esa cara. Le prometo que no se arrepentirá.
Zoé, por su parte, no lo tenía tan claro.