El Clarividente Capítulo 27
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Capítulo 27

Cuando volvió a abrir los ojos, Johan estaba de pie, con el torso desnudo, mirando por la ventana cómo amanecía sobre los campos.

En su espalda, ella distinguió un imponente tatuaje: unas alas gigantescas que le cubrían los omóplatos y se prolongaban por la parte posterior de los brazos, de modo que, si los extendiera, parecerían desplegarse como las de un héroe mitológico o las de un ángel a punto de alzar el vuelo.

—¿Ha dormido bien? —le preguntó, volviéndose hacia ella.

Dos serpientes la miraban con ojos hipnóticos y la desafiaban a responder. Había una en cada brazo, enroscada como alrededor del tronco de un árbol, y su cabeza seguía la curva del hombro. Dos tatuajes magníficos a los que el juego de los músculos bajo la piel confería una apariencia casi viva.

—¿Le pasa algo? —preguntó él, preocupado.

Se acercó a la cama. A cada movimiento, las serpientes parecían enroscarse más y estrechar su abrazo mortal en torno a los brazos de él.

Johan extendió la mano para tocarle la mejilla.

La boca del reptil se abrió un poco más, como si fuera a devorarle el hombro.

Zoé se quedó fascinada por la precisión de los detalles: las escamas brillantes, la lengua bífida que asomaba de la garganta hambrienta, los colmillos afilados, cargados de veneno.

Entonces notó los músculos entumecidos, como si de verdad la hubiera mordido una de las dos serpientes de cascabel.

Levantó la sábana para comprobar que seguía intacta, y eso a él le hizo sonreír.

—Me ha drogado —dijo ella.

Él frunció el ceño ante su tono acusador.

—¿Habría preferido que la atara?

Zoé intentó ponerse de pie, pero, nada más hacerlo, la sangre le bajó de golpe a las piernas y sintió un vacío en la cabeza.

Mareada, se agarró a él para no perder el equilibrio.

Olía a jabón. Zoé comprendió que él había esperado a que surtiera efecto lo que le había hecho tomar para darse también una ducha.

Se zafó de sus brazos.

—Anoche tenía los nervios a flor de piel —dijo él.

Ella temió que se refiriera al beso que se habían dado antes de que su cuerpo protestara, ya que su cabeza se había negado a hacerlo. Pero no fue así.

—Necesitaba dormir —prosiguió—. Los dos lo necesitábamos.

Se apartó. Zoé lo siguió con la mirada mientras se dirigía al sillón para coger la ropa que Chantal le había traído la noche anterior.

Aprovechó para echar un vistazo a la mesita de noche.

El libro seguía allí, pero había un detalle que la inquietaba.

Estaba bocabajo, de modo que ya no se veía el retrato de la princesa de Clèves que ilustraba la cubierta.

¿Estaba así anoche, antes de que ella se hundiera en un sueño sin sueños? No lo recordaba.

—Sus tatuajes son preciosos —dijo para romper el silencio—. ¿Tienen algún significado especial?

Él se encogió de hombros y las alas de la espalda se estremecieron.

—No lo sé. Ni siquiera sabía que los tenía.

Su torso, delgado y fibroso, desapareció bajo la camisa de Roger, que le quedaba enorme. Zoé observó cómo sus dedos largos y ágiles abrochaban los botones uno a uno.

—Debieron de llevarle horas —continuó ella—. Y debió de dolerle.

—Menos mal que no me acuerdo. ¿Y a usted? ¿Le dolió cuando le hicieron el suyo?

Zoé notó que se ruborizaba. Él lo había visto, claro: una mariposa en la parte alta del muslo derecho, muy cerca de la ingle, que se había hecho a los veintiún años.

Un motivo poco original, pero que cumplía bien su función: ocultar una mancha de nacimiento que siempre le había parecido antiestética.

La sesión con el tatuador había durado poco menos de media hora, pero el dolor había sido tan intenso que cada minuto se le había hecho eterno.

—Digamos que me juré no volver a hacerlo nunca —respondió al fin.

Él asintió como si lo entendiera. Los faldones de la camisa, demasiado grande, le colgaban por encima de los vaqueros y disimulaban mejor la pistola, de la que no se olvidaba ni un momento.

—Cuando vi mis tatuajes —dijo al cabo de unos instantes—, me pregunté si serían obra de Albert, el artista que hizo su retrato.

Zoé no contestó. Aquella historia del retrato la intrigaba.

Y seguramente era eso lo que él buscaba.

Quería que dudara, que se hiciera mil preguntas.

Intentaba que bajara la guardia, adormecerla como hacen las serpientes con sus presas.

Preguntar habría supuesto dar cierto crédito a su historia.

Lo más probable era que no existiera ningún retrato, ningún misterio que resolver, nada que descubrir.

Iba a llevarla al bosque para matarla, y punto.

Su única esperanza era que Chantal o Roger encontraran su mensaje.

Mientras se vestía, no le quitaba ojo al libro; esperaba encontrar un momento para abrirlo y comprobar que la nota seguía allí, pero era demasiado arriesgado.

Aprovechó que él le daba la espalda para deslizarlo bajo la almohada.

Era lo único que se le había ocurrido para que Chantal diera con el libro.

Solo quedaba esperar que la curiosidad de la granjera la empujara a hojearlo.

—Será mejor que bajemos —dijo.

En la planta baja, los preparativos del desayuno iban a buen ritmo. Olía a café y a pan tostado. A Zoé se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Le pasa algo, bonita? —preguntó, inquieta, la anciana, a la que sin duda no se le escapaba nada, o casi nada.

Zoé esbozó una sonrisa forzada.

—No se preocupe por mí. No sé qué me pasa, pero lloro por cualquier cosa.

—¡Ay! Entonces a lo mejor está embarazada.

Zoé cruzó una mirada fugaz con Johan.

—A lo mejor.

Chantal le apretó el hombro con una amplia sonrisa.

—Me acuerdo de que, cuando esperaba a Aurélie, me echaba a llorar por nada. ¡Tú te acuerdas, Roger!

El granjero puso los ojos en blanco.

—No estoy sordo, mujer. No hace falta que grites.

El desayuno fue rápido. Chantal y Roger, que se habían levantado al alba como de costumbre, ya habían tomado el suyo. Y Zoé no quería quedarse en la granja más de lo necesario. Mientras siguieran allí, aquella pareja tan amable corría peligro.

Roger desplegó un mapa de la región:

—Estamos aquí —dijo, señalando un punto del Loir-et-Cher, cerca de Blois.

La gasolinera más cercana estaba a unos diez kilómetros.

Justo a mitad de camino, pensó Zoé mientras ayudaba a Chantal a recoger la mesa.

Aprovechó que Johan estudiaba el mapa para coger entre las suyas la mano arrugada de la granjera y apretarla con suavidad.

Johan apartó la vista de Roger para mirarlas.

—¡Gracias por todo, Chantal!

—¡Ay, por favor, faltaría más!

—Siento dejarle la habitación hecha un desastre.

Buscaba la forma de que Chantal se interesara por el libro y, sobre todo, de que lo abriera y encontrara la nota.

Pero ¿cómo? Johan parecía ocupado con Roger, aunque ella sabía que no se perdía ni una palabra de la conversación.

Al final, pese a sus esfuerzos, tuvo que resignarse a dejarlo en manos del destino.

Se despidió de Chantal, cogió el termo de café y los bocadillos que les había preparado para el camino y subió a la vieja Citroën, donde volvió a sentarse en el regazo del hombre que la había besado la noche anterior y que probablemente la mataría ese mismo día.

El trayecto de vuelta se le hizo más corto, quizá porque descubría el paisaje por primera vez a la luz del día. Los campos se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Océanos de tierra labrada, helados bajo el sol de otoño.

El Mégane seguía donde él lo había dejado la víspera.

La fina capa de escarcha que cubría la carrocería les recordó la suerte que habían tenido al encontrarse con Roger.

De noche, les confirmó este mientras desenroscaba el tapón del depósito, el termómetro podía bajar varios grados por debajo de cero.

Vació un bidón de gasolina y luego otro.

—Con esto les sobra para llegar a la gasolinera —dijo, satisfecho.

Tras los abrazos de rigor, les dio el mapa, con todas las indicaciones, y los vio marcharse.

Zoé observó cómo el granjero los despedía con la mano. A medida que se alejaban, parecía encogerse en el retrovisor hasta fundirse con el paisaje. Sabía que seguramente no volvería a verlo nunca.