Capítulo 28
Pierre Valmeur pagó la carrera al taxista y se bajó del coche.
Con la vieja mochila al hombro, alzó la vista hacia la fachada deslucida de la comisaría central.
Aún estaba a tiempo de dar media vuelta, pensó.
Quizá se equivocaba al meterse en aquello.
Quizá era mejor dejar que las cosas siguieran su curso.
Pero bastó con pensar en lo que iba a ocurrir para que sus dudas se esfumaran.
Johan lo necesitaba, y eso era lo único que importaba.
Así que subió con paso decidido los pocos escalones que conducían al vestíbulo.
Dos agentes uniformados se encargaban de orientar al público hacia el servicio correspondiente.
Pierre Valmeur se puso a la cola. Tenía una decena de personas delante y, a ese ritmo, tardaría más de una hora en llegarle el turno.
—Disculpe —le dijo a una joven agente de uniforme—. Necesito hablar con un investigador, de verdad.
—Si es para presentar una denuncia, tendrá que volver a la cola, señor.
—No, no. No es eso. Es por la mujer que ha desaparecido. Puedo ayudarles a encontrarla.
Pierre Valmeur permanecía sentado, estoico, en medio del corrillo de policías que se había formado a su alrededor.
—¿Podría repetir lo que ha dicho?
—Mi hijo también ha desaparecido. Por eso he venido a Niza. Y tengo buenas razones para creer que él y esa joven están juntos. Hace tiempo que mi hijo no es el mismo. Y, si no los encontramos, me temo que esto acabará muy mal.
El capitán Dorsey se adelantó y le mostró una foto de Marianne Deconti.
—¿Es esta mujer?
Pierre Valmeur observó la foto con detenimiento.
—¿Me permite? —preguntó tendiendo las manos.
El oficial le dejó coger la fotografía.
—Ya es demasiado tarde para ella —dijo entonces.
—¿Cómo?
—Está muerta.
Volvió a tocar la fotografía.
—Pero puedo llevarlos hasta donde está su cuerpo.