El Clarividente Capítulo 26
31%

Capítulo 26

Zoé había cerrado los ojos hacía apenas cinco minutos, pero su respiración, lenta y regular, le indicaba que dormía profundamente.

Él se tumbó a su lado, apoyado en un codo para contemplarla mejor.

Era la primera vez que podía mirarla de verdad, estudiar cada detalle de su cara, respirar su olor, sin que eso la aterrorizara.

Le pasó la mano por encima de la cara, jugando con las sombras sobre la piel, y luego le posó el índice en lo alto de la frente.

Bajó despacio hasta el puente de la nariz, siguió su perfil, le dibujó los labios con la yema del dedo, se detuvo en las pequeñas imperfecciones y recorrió el óvalo de su rostro.

No era fruto de su imaginación. Ese dibujo existía realmente.

Un retrato fiel al original, idéntico hasta en el más mínimo detalle, como aquella pequeña cicatriz de varicela en la frente.

No recordaba dónde ni cuándo lo había visto.

No tenía ni idea de quién lo había dibujado ni en qué circunstancias, pero la emoción que había sentido al descubrir su rostro por primera vez, plasmado en una hoja de papel Canson, seguía intacta.

La misma emoción, multiplicada ahora por diez ante la presencia en carne y hueso de aquella mujer con la que estaba destinado a encontrarse.

Le subió la manta y se levantó. Cogió la ropa que le había traído Chantal y entró él también en el cuarto de baño; dejó la puerta abierta para echar un vistazo de vez en cuando a la Bella Durmiente .

Limpió el vaho que le velaba el reflejo en el espejo.

La barba de dos días desapareció bajo una nube de espuma de afeitar.

Empezó por la mejilla izquierda, con la cara vuelta de tres cuartos para seguir el recorrido de la maquinilla.

A la tercera pasada, la cuchilla le resbaló en la barbilla y se cortó.

—¿Quién eres? —le preguntó al hombre de la cara ensangrentada que le devolvía una mirada interrogante.

Aunque superficial, la herida sangraba mucho.

Las manchas rojo vivo sobre el esmalte del lavabo despertaron en él, una vez más, aquella sensación de déjà vu , de haberlo vivido ya.

Se le nubló la vista un instante. Se tambaleó; sintió que el suelo se le hundía bajo los pies.

Se agarró al lavabo con ambas manos y cerró los ojos unos segundos.

Dentro de su cabeza, imágenes y sonidos giraban, dispersados por un viento maligno.

Recuerdos, impresiones confusas de un pasado que se negaba a revelarse, se estrellaban con estrépito contra las paredes del cráneo y estallaban en mil fragmentos borrosos.

Las náuseas lo obligaron a abrir de nuevo los ojos.

El cuarto de baño daba vueltas a su alrededor, como si estuviera en el centro de un tiovivo embrujado.

Se forzó a respirar hondo con la esperanza de que se le pasara.

Poco a poco, el movimiento se ralentizó y todo volvió a quedarse quieto.

Buscó en los cajones algodón o gasas; encontró unos discos desmaquillantes y se secó la herida con suavidad.

Luego, sobresaltado, abrió el grifo. La sangre y el agua se mezclaron en un remolino rosa pálido. Cerró el grifo y oyó eructar las tuberías como un ogro tras un festín de carne fresca.

Zoé seguía durmiendo. Tenía los músculos de la cara relajados.

Las arrugas que le surcaban la frente cada vez que lo miraba habían desaparecido; parecía más joven, casi serena.

Se tumbó a su lado. La envidiaba. También a él le habría gustado hundirse en el sopor del sueño, pero aún le quedaban cosas por hacer.

Chantal y Roger, que no solían trasnochar tanto, no tardarían en acostarse.

Él, en cambio, tendría que esperar unas horas más, por prudencia, antes de poder moverse a sus anchas por la casa dormida.

Mientras tanto, apagó la luz. Con los ojos bien abiertos, se dejó mecer por la respiración de Zoé. «¿Quién es Camille?», le había preguntado ella.

—Camille —respondió en voz baja.

Y la oscuridad se tiñó de rojo.