Capítulo 25 #3
Cuando él volvió a la habitación, unos instantes después, ella estaba tumbada en la cama, en la misma postura, intentando disimular que le faltaba el aliento.
La nota que había escrito a toda prisa estaba en la mesita de noche, doblada entre dos páginas de un libro de Aurélie.
Una edición de bolsillo de La princesa de Clèves que la hija de Chantal y Roger no se había llevado.
El tipo de libro que se lee en el instituto y que, sin duda por nostalgia, uno se niega a vender o a regalar.
Zoé también lo había leído. Una historia de amor que acaba mal, pero que quizá le salvaría la vida.
Johan se acercó. Traía un vaso de agua.
—Tome —dijo, y se sentó en el borde de la cama.
Le cogió la mano y le puso una pastilla en la palma.
—¿Qué es?
—Es por su bien.
Ella la rechazó, pero él insistió.
—Es un relajante muscular, nada más. No quiero que sufra una crisis epiléptica. Sus medicamentos se han quedado en el coche, pero esto le servirá. Si no me cree, llamamos a Chantal. Me lo ha dado ella para usted.
Zoé negó con la cabeza. Cuanto menos contacto tuvieran con los dueños de la casa, mejor. Se metió la pastilla en la boca y bebió unos sorbos de agua.
—Perfecto —dijo él, y le quitó el vaso de las manos.
Lo dejó en la mesita de noche, justo al lado del libro donde ella había escondido su mensaje de socorro.
Zoé se tensó. ¿La habría delatado la intensidad de su mirada?
Eso creyó cuando él cogió el libro y le dio la vuelta para leer la contraportada.
Tenía que distraerlo antes de que lo abriera para hojearlo.
—¿Quién es Camille? —preguntó de pronto.
Él apartó un momento la vista de La princesa de Clèves para mirarla.
—Usted también habla en sueños —añadió ella ante su cara de perplejidad.
—No lo sé.
Mentía. Zoé lo habría jurado. Pero él ya había vuelto a clavar la vista en el libro.
—Necesito darme una ducha —dijo ella, a falta de otra idea para que soltara aquel maldito libro.
—Claro. Chantal me ha dicho que ya hay agua caliente.
Pero Zoé ya se arrepentía de haberlo dicho.
¿Y si él hojeaba el libro mientras ella se duchaba?
Consciente de que la observaba, decidió que era un riesgo que debía correr.
Si él encontraba la nota antes que Chantal o Roger, siempre podría destruirla.
Entró en el cuarto de baño e iba a cerrar la puerta cuando él levantó el brazo:
—¡Deje la puerta abierta! Es solo por precaución —añadió con más calma—. Le prometo que no miraré.
—Pues es justo lo que está haciendo —replicó ella mientras empezaba a desabrocharse la blusa.
Él se dio la vuelta y se quedó así mientras ella terminaba de desvestirse.
Cuando sus miradas volvieron a cruzarse, ella leyó en sus ojos el deseo que le inspiraba.
Algo normal en un hombre cualquiera ante una mujer que le atrae.
Pero no en un hombre como él, que odiaba a las mujeres y solo encontraba placer en la dominación y el control, en la tortura y el asesinato.
—Lo siento —dijo entonces, y se levantó.
Había desaparecido de su campo de visión, pero ella no había oído abrirse ni cerrarse la puerta de la habitación. Seguía allí. Muy cerca.
—Es usted una mujer muy hermosa, Zoé. No quería incomodarla.
Y, dicho esto, cerró la puerta del cuarto de baño para dejarle intimidad.
Zoé sentía el corazón golpearle en el pecho mientras se metía bajo el chorro de agua tibia.
Ella, que tanto había soñado con poder ducharse por fin, apenas se enjabonó.
¡Date prisa! , se dijo, frotándose lo más rápido que podía.
Pero, curiosamente, su cuerpo funcionaba a cámara lenta.
El jabón se le escurrió de las manos y estuvo a punto de perder el equilibrio al salir de la bañera.
Se secó con torpeza y, para rematar, se puso la camiseta del revés.
Cuando salió del baño, con el pelo todavía chorreando, lo encontró tumbado en la cama.
Por más que lo intentó, no pudo evitar mirar hacia la mesita de noche.
El libro seguía cerrado, pero era imposible saber si lo había hojeado.
Esforzándose por parecer tranquila, se acercó a la cama y él se apartó para hacerle sitio.
Zoé se tumbó e intentó no pensar en el libro, aunque lo único que quería era abrirlo para comprobar si la nota seguía allí.
Si pudiera quedarse sola en la habitación, aunque solo fuera un momento…
—¿No va a ducharse? —preguntó con toda la naturalidad de que fue capaz.
—Más tarde.
No le quitaba los ojos de encima. Parecía estar esperando algo. Zoé contuvo un bostezo. De pronto se sintió aturdida, seguramente por el vino tinto que Roger se había empeñado en que probaran, a menos que…
—¿Qué me ha dado? —logró articular.
—Chsss… Déjese llevar. Necesita descansar.
Le acariciaba el pelo con suavidad, como se hace con un niño para que se duerma.
—Deje de luchar, Zoé. Todo esto acabará pronto.
Ella resistió unos instantes más, con las pocas fuerzas que le quedaban, hasta que el rostro de su secuestrador desapareció en un agujero negro.