Capítulo 25 #2
Él se calló y Zoé vio la confusión en su mirada: saltaba a la vista que sus conocimientos médicos estaban muy por encima de la media.
—Necesita la opinión de un especialista, no la mía.
Ella suspiró.
—Si eso le tranquiliza, mi neurólogo me ha derivado a un neurocirujano famoso por tratar casos difíciles. Dicen que no hay nadie mejor en la ciudad.
—Ah… ¿Y qué le ha dicho?
—Nada. No he llegado a verlo. El hospital me llamó la semana pasada para decirme que habían cancelado la cita y que ya me llamarían para darme otra fecha. Sigo esperando…
—¿Y Anthony qué opina?
Zoé se sobresaltó.
—Él no sabe nada. De hecho, no se lo he contado a nadie. Usted es el primero…
—Su marido tiene derecho a saberlo, ¿no cree?
Zoé puso los ojos en blanco.
—Mi marido… No tengo marido. Anthony es mi cuñado —confesó, y dio una palmada en el colchón.
Johan se incorporó sobre un codo para mirarla fijamente.
—¿Su cuñado? Entonces, usted y él…
Esta vez fue Zoé quien suspiró.
—Esta alianza era de Gabriela.
—¿Y cómo es que tiene usted la alianza de su hermana?
—¿De verdad no lo sabe?
Johan acabó de incorporarse y se sentó con las piernas cruzadas.
—No veo qué tiene eso que ver conmigo. A menos que…
Se calló.
—¿Quiere decir que tiene que ver con su desaparición? —prosiguió, consternado.
—Todas las familias de las víctimas recibieron un objeto de la desaparecida. A la de Klaudia le llegaron unos pendientes; a la de Selma, un collar; y a la de Laura, una pulsera.
—Y a la de su hermana, su alianza.
—La recibió Anthony —precisó ella—. Un mes después de la desaparición de Gabriela.
—Debió de ser un golpe terrible. Lo siento mucho.
Sus palabras de consuelo sonaban tan naturales que, por un momento, Zoé olvidó que venían del responsable de tantos horrores.
—Y eso no es lo peor —dijo ella—. También están las postales, con un mensaje escrito en la lengua materna de la víctima. Un mensaje dirigido a las familias que decía: «Os quiero». Resultó que cada una indicaba el lugar donde se encontraba el cadáver.
—Pero entonces debería saber dónde está su hermana, ¿no?
Zoé negó despacio con la cabeza.
—No. En nuestro caso solo llegó la alianza.
Volvió a mirar la joya: una alianza de oro con ocho diamantes engastados que no estaba hecha para su dedo.
—¿Me permite?
Zoé volvió a tenderle la mano.
—Es una joya preciosa —prosiguió él—. Pero está claro que no es de su talla.
Y, como para demostrarlo, le presionó la yema del anular. Zoé se incorporó, sorprendida.
—No he notado nada.
—Lo sé. Debería quitársela. Le corta la circulación.
Zoé ya lo había intentado, pero prefirió callárselo.
—Venga.
La llevó al cuarto de baño. Se enjabonó las manos y le cubrió el dedo de espuma.
—Puede que le duela —dijo, mirándola fijamente a los ojos.
Zoé no supo qué decir. Tanto cuidado la desconcertaba.
—¿Lista?
Ella asintió. Él hizo girar la alianza y la deslizó hacia arriba, tirando con suavidad para salvar la articulación. Ella ahogó un gemido.
—¿Está bien?
Ella asintió en silencio y se examinó el dedo hinchado. Él enjuagó la alianza y la secó antes de devolvérsela. Zoé contempló la joya en la palma de la mano. Las lágrimas le corrían por las mejillas.
—Zoé…
Se secó rápidamente la cara con las manos.
—No es nada —dijo sin mirarlo—. Será el cansancio. Y el estrés.
Él le acarició la mejilla. Tenía unas manos bonitas, pensó ella.
Finas y ágiles, como las de un pianista o un pintor.
Cerró los ojos y apoyó la cara en su palma.
No tenía callos ni asperezas. Estaba claro que no hacía trabajos manuales, al menos no como un artesano o un obrero.
Una vez más, algo no encajaba. El hombre que buscaba Europol tenía un empleo manual, poco cualificado pero minucioso, en la construcción o la restauración, por ejemplo.
O el perfil estaba equivocado, o el hombre que la abrazaba no era, al fin y al cabo, el asesino de su hermana.
En ese momento, necesitaba creerlo. Ningún hombre, empezando por su propio padre, había sido nunca tan atento con ella.
Se estremeció cuando los dedos de él le acariciaron la nuca.
Cada vez que la tocaba, se sentía como después de un baño caliente: tranquila y sin fuerzas a la vez. Anestesiada.
—Quiero besarla.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Ella negó con la cabeza, quiso retroceder, pero su cuerpo, como de plomo, no respondió mientras él se acercaba.
La atrajo hacia sí, le acarició la espalda y le rodeó la cintura con los brazos.
Zoé habría querido protestar, pero ya se estaba encendiendo por dentro mientras sus lenguas se buscaban y se enlazaban.
Debería haberlo mordido, arañado. En lugar de eso, le devolvió el beso y deslizó la mano bajo la camisa de él.
Entonces, el recuerdo de Marianne Deconti se interpuso entre ellos.
Imaginó esos mismos dedos, largos y finos, cerrándose alrededor del cuello de la enfermera, y la sorpresa que ella debió de sentir al comprender que la estaba matando.
—Está temblando —dijo él, y la apartó con suavidad.
Y se quedaba corto: ahora todo su cuerpo se sacudía con temblores incontrolables. Sin decir palabra, él la llevó al dormitorio, la tumbó en la cama, la ayudó a estirar las piernas y la tapó con la manta.
—Vuelvo enseguida.
Zoé dio un respingo.
—¡Por favor! ¡No les haga daño! —suplicó con voz ronca.
Él la miró, dolido.
—Ni se me ha pasado por la cabeza.
Cerró la puerta al salir y la dejó sola en la habitación.
Iba a matarlos, lo sabía. Tenía que impedirlo.
Sacó fuerzas para levantarse. Habría querido bajar corriendo la escalera para socorrerlos, pero avanzaba a pasitos, arrastrando los pies por el parqué.
Al llegar al rellano, se agarró a la barandilla, atenta al menor ruido.
Esperaba oír gritos mezclados con disparos, así que sintió un gran alivio al distinguir la voz serena de Chantal, que respondía a Johan.
Era imposible entender lo que decían. Estaba a punto de volver a la habitación cuando, de repente, se le ocurrió una idea.
¡Tenía que encontrar algo con que escribir!