El Clarividente Capítulo 25
28%

Capítulo 25

La habitación de Aurélie estaba en la primera planta, al final del pasillo.

Espaciosa y cómoda, con una cama de matrimonio nueva, siempre estaba lista por si su hija decidía presentarse por sorpresa con su marido, cosa que no debía de ocurrir tan a menudo como a ellos les habría gustado, a juzgar por el olor a cerrado que flotaba en el aire.

Roger abrió un armario. En los estantes había sábanas limpias y toallas.

En las perchas, ropa pasada de moda que Aurélie no había metido en las maletas cuando dejó la granja familiar para irse a la gran ciudad.

—Coja lo que quiera —dijo Roger, volviéndose hacia Zoé—. No se corte. De todos modos, ella ya no se pone nada de esto.

Chantal acababa de reunirse con ellos en la habitación, con los brazos cargados de ropa de hombre.

—Me temo que le quedará grande —le dijo a Johan—. Pero está limpia, si le sirve.

Zoé tuvo suerte: Aurélie usaba una 36, como ella.

Roger tuvo que insistir otra vez para sacar a su mujer de la habitación y, al cerrar la puerta, les guiñó un ojo.

Zoé fingió interesarse por una blusa, pero en cuanto la puerta se cerró, la percha se le escurrió de las manos.

—Creo que voy a vomitar —dijo, y se dejó caer en la cama.

Johan se quedó de pie, junto a la puerta.

Zoé nunca habría imaginado que sentiría tanto alivio al quedarse a solas con él.

Lo más difícil ya había pasado. Al día siguiente se irían y los amables granjeros saldrían indemnes.

Aun así, estaba intranquila. Chantal no le había quitado el ojo de encima en toda la noche.

Su foto debía de haber salido en la televisión, y estaba casi segura de que la mujer de Roger había notado el parecido entre ella y la joven desaparecida a la que todo el mundo buscaba.

Faltaba saber si Johan, o como se llamara de verdad, también se había dado cuenta.

Se le ocurrió que Johan era un nombre demasiado poco común para habérselo inventado.

Y si no se lo había inventado, significaba que estaba recuperando la memoria.

—Quédese aquí —dijo entonces el hombre que ocupaba sus pensamientos.

—¿Adónde va?

Él desapareció por el pasillo sin contestar.

—¿Qué hace? —preguntó ella al alcanzarlo en lo alto de la escalera.

Él se volvió y se llevó el índice a los labios para pedirle silencio.

Roger había bajado para reunirse con su mujer en la planta baja.

El tintineo de los platos entrecortaba su conversación.

Avanzaron unos pasos más para escuchar. Esta vez, las palabras les llegaron con más claridad.

En ningún momento hablaron de avisar a los gendarmes ni del parecido entre Zoé y la desaparecida, sino más bien de arreglar la caldera o de llamar a su hija para saber cómo estaba.

—Yo me quedo con el lado izquierdo, si no le importa —dijo Johan cuando volvieron a la habitación.

Echó la llave y se la guardó en el bolsillo. Sentada en el borde de la cama, Zoé lo vio dejar la pistola en la mesita de noche. Pero, al cruzarse con su mirada, él cambió de opinión y se la volvió a colocar en la cinturilla de los vaqueros, al alcance de la mano.

—Nos vendrá bien dormir en una cama de verdad —dijo mientras se tumbaba sobre el edredón.

El colchón se hundió enseguida de su lado y Zoé resbaló imperceptiblemente hacia él hasta que sus codos se tocaron. Se incorporó de golpe. Demasiado deprisa, sin duda, porque la cabeza le dio vueltas.

—Mañana todavía nos queda mucho camino —prosiguió él.

Zoé se preguntó cómo pensaba conseguir dinero para echar gasolina.

Según sus cálculos, aún les quedaban tres horas de carretera hasta el bosque de Louves.

Seguramente tenía un plan. Los hombres como él siempre tenían un plan.

Quizá pensaba robar la C15 de Roger a la mañana siguiente, después de deshacerse de él y de su mujer. Quizá…

—Debería relajarse.

Zoé se sobresaltó: aquel hombre que no dejaba de intrigarla acababa de arrancarla de sus pensamientos.

—¿Qué hay allí, en ese bosque? —preguntó ella.

—Ya me lo ha preguntado.

—Lo sé, pero a lo mejor recuerda algo.

Él se volvió hacia ella.

—¿Recordar? ¿Lo dice por lo que conté en la mesa? ¿Por el retrato?

A Zoé nunca se le había ocurrido que pudiera tratarse de un recuerdo real.

—No, eso se lo inventó usted.

—¿Cómo puede estar tan segura?

—Porque si hubiera posado para un pintor, que encima se llama Albert, creo que me acordaría.

Él se quedó callado unos instantes, como si reflexionara.

—Quizá ese retrato se hizo sin que usted lo supiera, a partir de una foto, por ejemplo, o de un vídeo.

—¿Quiere decir que ha visto de verdad un dibujo mío?

Él vaciló y luego negó con la cabeza.

—Probablemente no. Lo importante es que Chantal y Roger se lo creyeran, ¿no?

Le cogió la mano, como había hecho la granjera durante la cena.

—Chantal tiene razón, es una alianza preciosa —dijo—. ¿Se lo regaló Anthony?

A Zoé se le heló la sangre.

—¿Quién le ha hablado de él?

—Usted. Mientras dormía.

—¿Qué?

—Y además ronca.

—No le creo.

—Se lo aseguro. ¿Anthony nunca se lo ha dicho?

Zoé se quedó atónita. ¿Qué más sabía de su vida?

—¡Me ha espiado! ¿Es eso? ¿Desde cuándo lleva preparando mi secuestro?

Él le tapó la boca con la mano y ahogó sus palabras. Con la cabeza vuelta hacia la puerta, escuchaba, pero, al parecer, sus anfitriones no habían oído los gritos.

—Le he dicho la verdad —dijo en voz baja—. Pronunció su nombre varias veces en el coche, la noche que pasamos junto al aprisco.

Zoé bajó la mirada.

—¿Me cree?

Ella asintió. Él seguía con la mano sobre su boca.

—¿Ya se ha calmado?

Ella volvió a asentir.

Él retiró la mano y la observó mientras ella se limpiaba los labios.

—No deja de juguetear con la alianza —prosiguió él—. Es como si intentara quitársela.

Zoé bajó la vista y vio que sus dedos le daban vueltas a la alianza. Un gesto mecánico del que no había sido consciente hasta entonces.

—Es porque me pone nerviosa.

Él suspiró, se puso un brazo detrás de la cabeza y se quedó mirando al techo.

—Es policía, ¿verdad? —continuó—. Y esa pistola es de él, no de usted. Usted es bailarina. Lo leí en el periódico, en la gasolinera.

—Eso no significa que no sepa usar un arma.

Johan sonrió.

—Ya veo. Supongo que su marido le dio clases particulares.

Zoé se quedó callada, con el corazón desbocado.

—¿Tiene hijos?

—¿Qué?

—Estaba pensando en lo que preguntó Chantal sobre los hijos.

Zoé tenía que admitir que varios de sus compañeros ya se habían planteado esa pregunta, pero ella no. Al menos, ya no.

—Ah… eh… No. Todavía no.

—¿Por su carrera… o por su tumor?

Zoé se quedó sin palabras. ¿Cómo podía saberlo? ¿Lo habría leído en el periódico? Por un instante, se imaginó a su neurólogo respondiendo a las preguntas de los periodistas. ¿Habría salido a la luz el secreto que había conseguido guardar todos estos meses?

—Me lo contó usted, ¿no se acuerda? —dijo él entonces.

Ella se cruzó de brazos.

—Le estaba tomando el pelo —replicó a la defensiva.

Él la miró fijamente a los ojos.

—Los tumores cerebrales pueden provocar crisis epilépticas —prosiguió—. Por eso sigue un tratamiento preventivo.

—Piense lo que quiera.

—¿Desde cuándo lo sabe?

Zoé se obligó a sostenerle la mirada, dispuesta a mentir otra vez, pero la expresión de su rostro la detuvo. ¿Estaba preocupado por ella? ¿Triste?

—¿Por qué hace esto? ¿Por qué finge interesarse por mí?

—No finjo. Creía que ya lo había entendido. Pero respetaré su decisión de no hablar de ello.

—Lo sé desde hace tres meses. Ya está. ¿Contento?

—¿Cómo lo descubrió?

Ella suspiró.

—Me caí durante los ensayos de un ballet en el que iba a bailar un papel de solista. Mi pareja de baile no me sujetó bien y me di de cabeza contra el suelo. Me lo dijeron en Urgencias. Un glioma de bajo grado.

Él esbozó una sonrisa.

—Es un tumor benigno.

—Eso parece. Pero el neurólogo al que fui poco después me explicó que podía malignizarse y que tenía que operarme. El problema es que el tumor está en mal sitio. Si acepto la operación, puede que no vuelva a bailar nunca.

Él frunció el ceño.

—¿Y eso sería tan terrible?

Ella lo miró como si viniera de otro planeta, lo cual, en cierto modo, era verdad.

¿Qué podía saber él de las horas de entrenamiento a las que sometía su cuerpo, de la competencia feroz con las demás bailarinas de la compañía, que también soñaban con brillar?

No podía permitirse parar, ni siquiera unos meses.

—No puede entenderlo.

—Entonces explíquemelo.

Ella respiró hondo mientras buscaba las palabras adecuadas para expresar lo que sentía.

—Cuando estoy en el escenario, mi cuerpo ya no me pertenece. El dolor físico y la tristeza se desvanecen. Mi mente se vacía para fundirse con la música y con los demás bailarines. Me convierto en otra persona. Es embriagador. Lo necesito para sentirme bien. Es como…

—Una droga —terminó él.

Ella se volvió hacia él y sonrió a su pesar.

—No podría vivir sin ello. Bailar es toda mi vida.

Él asintió despacio, como un psiquiatra que medita las últimas palabras de su paciente.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, medio divertida—. ¿Me toma por loca?

—Es usted una apasionada, que no es lo mismo. Solo me preguntaba si vale la pena morir por una pasión.

—Yo no he dicho que no vaya a operarme nunca. Solo que me parece demasiado pronto para poner fin a mi carrera. Al fin y al cabo, me encuentro bien. Pensaba que, como no tengo síntomas, podría seguir bailando hasta la jubilación.

Él estuvo a punto de atragantarse de la sorpresa.

—¡No ponga esa cara! En la Ópera nos jubilamos a los cuarenta y dos. Eso me deja un margen de (fingió contar con los dedos)… digamos quince años, más que suficiente para cumplir mi sueño.

—¿Su sueño?

—Llegar a primera bailarina, por supuesto. ¿A qué otra cosa puede aspirar una bailarina?

—¿Y si no lo consigue?

Zoé no respondió. El fracaso era una posibilidad en la que prefería no pensar.

—Está jugando con fuego. Este tipo de tumor es bastante imprevisible.

—Vaya, tiene usted una opinión muy clara al respecto, como si se hubiera dedicado a esto toda la vida.