Capítulo 24
Chantal Pasteur se había metido en la cocina y había dejado a su marido a cargo de los invitados. Este se apresuró a echar más leña a la chimenea.
—Acérquense. Vengan a calentarse.
Zoé y su secuestrador estaban de pie junto al fuego.
Él le había pasado el brazo por los hombros, como haría un marido con su joven esposa.
Pero Zoé lo notaba tenso. Estaba al acecho, listo para usar el arma, cuya culata se adivinaba en la parte trasera de los vaqueros, apenas tapada por los faldones de la camisa.
Quizá pudiera intentar quitársela. Mientras tramaba un plan para pasar a la acción, su mirada se detuvo en la repisa de la chimenea, donde unas fotos enmarcadas recorrían los momentos clave de la vida de Aurélie, la única hija de sus anfitriones.
Aurélie de bebé en brazos de Roger en la maternidad; a los dos años, dando sus primeros pasos; a los ocho, con una sonrisa mellada; a los dieciséis, con la cara llena de granos.
La foto más reciente mostraba a una joven radiante, vestida de novia, posando junto a su marido.
A Zoé no le costaba imaginar lo que vendría después.
Ya veía otra foto de Roger con un bebé en brazos, solo que esta vez sería su nieta.
Y así se cerraría el círculo. Siempre y cuando no los mataran a todos esa noche.
Por eso decidió no intentar nada. De momento…
—¿Cómo se llama? —preguntó Johan, señalando al perro, que acababa de restregarse contra su pierna mientras meneaba despacio la cola.
—Toufou —respondió el granjero.
Zoé miró al animal, que cerraba los ojos mientras Johan lo acariciaba.
Al ver el cartel de «Cuidado con el perro» a la entrada de la finca, había esperado toparse con un mastín musculoso de colmillos babeantes, pero lo que había aparecido era un viejo spaniel que había asomado el hocico y había vuelto a meterse dentro.
—Ya, ya sé que no lo parece —continuó su dueño—. Pero tiene doce años.
Toufou, que por lo visto ya había tenido su ración de caricias por esa noche, volvió despacio a su cesta, junto a la chimenea.
—¡Anda que no lo vamos a echar de menos cuando falte! ¿Eh, viejo amigo?
El spaniel levantó una ceja, cerró los ojos y suspiró. Parecía un abuelo al que hubieran despertado de la siesta.
—¡No hay agua caliente! —gritó Chantal desde la cocina, donde se afanaba por terminar la cena.
—¡Ya voy! —respondió Roger, también a voces.
Luego se volvió hacia sus invitados y añadió, esta vez con más calma:
—Voy a encender otra vez la caldera, así tendrán agua caliente si quieren ducharse antes de acostarse.
Zoé y su secuestrador se quedaron solos en el salón.
La habitación estaba atestada de muebles heredados que la hacían parecer más pequeña de lo que era.
Figuritas, cachivaches y trofeos de caza se disputaban cada centímetro.
Y en medio de aquel batiburrillo de otra época, un televisor de pantalla plana parecía un intruso.
Su secuestrador también se había fijado.
Sus miradas se cruzaron y ella comprendió que él se hacía las mismas preguntas.
¿Habría visto aquel matrimonio las noticias?
Y si era así, ¿la habrían relacionado con la mujer desaparecida?
Un ruido de vajilla rota les llamó la atención. A Chantal Pasteur la ponía nerviosa la visita, aunque no necesariamente por los motivos que ellos imaginaban.
Un plato de porcelana yacía hecho añicos sobre el linóleo de la cocina.
—¡Mira que soy torpe!
Chantal había sacado la vajilla que reservaba para las grandes ocasiones. Quería recibirlos como era debido. A cuatro patas, se esforzaba por recoger los trozos de porcelana.
—Déjelo, ya lo hago yo —dijo Zoé, pero Johan se le adelantó.
Ayudó a Chantal a levantarse y le pidió un recogedor y una escoba.
Zoé lo observaba mientras él recogía los fragmentos esparcidos.
Le daba la espalda. La culata de la pistola asomaba bajo la camisa.
La tentación era demasiado fuerte. Tenía que aprovechar la ocasión.
Solo le llevaría unos segundos. Podía hacerlo.
Era ahora o nunca. Desentumeció las manos, se agachó un poco y contuvo la respiración. A la de tres , se dijo. Una, dos…
—¡¿Qué has hecho ahora?!
Roger acababa de irrumpir en la cocina. Al borde del infarto, Zoé retrocedió hasta chocar de espaldas contra la encimera.
—¡Pero bueno! ¿Qué manera de gritar es esa? —chilló Chantal, a la que se le había caído otro plato—. ¡Podrías avisar! ¡Mira lo que me has hecho romper!
Solo Johan permanecía impasible, absorto, al parecer, en la contemplación de una gota de sangre que le había brotado en la palma de la mano.
—¡Ay, pero si se ha cortado! —exclamó Chantal—. ¿Lo ves? Es culpa tuya.
—Lo siento —balbuceó el marido.
—¡Pues ve a por el botiquín en vez de quedarte ahí pasmado!
Zoé cruzó una mirada con Chantal. Era evidente que esta esperaba que ella hiciera su papel de esposa perfecta. Y así lo hizo.
—A ver, cariño —le dijo a aquel hombre que no tenía nada que envidiarle al diablo.
Estaba pálido. ¿Era la sangre lo que lo alteraba, o todo aquello no era más que una actuación perfectamente medida? ¿Se habría dado cuenta de sus intenciones cuando ella se disponía a quitarle el arma?
—No es nada, Zoé.
Ella le dedicó una sonrisa forzada y lo acompañó hasta el fregadero.
Sin quitarle los ojos de encima, le puso la mano bajo el chorro de agua fría.
La sangre pareció dejar de manar y él examinó la herida con frialdad clínica, como si se tratara de la mano de otro.
Separó con suavidad los bordes del corte para calibrar su profundidad.
—¡Ya está, aquí tengo todo lo necesario! —anunció Roger, que seguramente había visto unas cuantas heridas en la granja.
Traía una caja llena a rebosar. Antisépticos, antibióticos, gasas estériles, esparadrapo, pomadas, aspirinas y hasta varios jarabes para la tos. Había vaciado literalmente el botiquín.
Con aire serio, Johan fingió inspeccionar el contenido de la caja.
—¿Tienen hilo y aguja?
Los granjeros se miraron perplejos.
—Es broma, Roger. Con una simple tirita bastará.
Chantal se llevó una mano al pecho.
—¡Anda, que nos ha tomado el pelo! —exclamó Roger—. Y yo que me creía que se iba a coser. Como Rocky en…
—Que no, hombre, que te equivocas de película.
—Que sí, que es Stallone el que se cose él solito. Se clava la aguja en la piel, así, mira —dijo, y acompañó sus palabras con el gesto.
—Ya, pero eso es en Rambo, no en Rocky.
—¿Estás segura?
—Pues claro. ¿A que sí, hijos?
Y la conversación derivó hacia otras películas de ese estilo mientras se preparaban para cenar. Zoé observaba a Johan, que ayudaba a Chantal a poner la mesa. Era difícil no dejarse seducir por su encanto. Sus anfitriones, desde luego, estaban conquistados.
—Hace tanto tiempo que no tenemos visita —dijo Chantal mientras dejaba la cazuela en el centro de la mesa.
En el aire flotaba el aroma del pan caliente y del guiso que llevaba varias horas cociéndose a fuego lento.
—Es un plato muy sencillo, nada del otro mundo —añadió con un deje de pesar en la voz.
—Huele de maravilla —dijo Zoé, que hacía lo imposible por parecer natural.
Entonces Johan —al menos así había que llamarlo, fuera su verdadero nombre o uno prestado— se inclinó sobre la cazuela y levantó la tapa.
—¡Oh! —exclamó, y aspiró el aroma con los ojos entornados—. Me recuerda a un plato que hacía mi madre. Nos vamos a chupar los dedos.
Bastó con eso para devolverle la sonrisa a Chantal, que, entusiasmada, los invitó a sentarse.
Zoé dejó que Johan le sirviera. Se comportaba como un marido atento, pero ella sabía que tantas atenciones no eran más que una forma de controlarla.
Aun así, por el bien de los padres de Aurélie, se esforzaba por disimular y cruzaba los dedos para que su pequeña actuación resultara lo bastante convincente.
Sentados uno al lado del otro, escuchaban a Roger.
El granjero tenía anécdotas para dar y regalar.
Como un veterano que habla de sus heridas de guerra, empezó por contarles cómo se había roto la cadera al caerse de una escalera y siguió con otro accidente que le había costado una falange.
Chantal, que ya las había oído mil veces, se levantó para llevar la cazuela vacía a la cocina.
—¿Y cómo se conocieron? —preguntó al volver con una tabla de quesos que dejó sobre la mesa.
Roger se calló, también interesado en la respuesta. Zoé estaba a punto de inventarse algo cuando Johan le apretó suavemente la mano.
—Vi su retrato —respondió él.
Chantal y Roger esperaban a que continuara.
—Sí… tenemos un amigo en común —explicó Zoé, que tomó el relevo—. Un pintor… Yo le había hecho de modelo y… eh… él se quedó el cuadro en su casa…
—Era un dibujo, no un cuadro —la corrigió Johan, mirándola fijamente—. Un estudio a lápiz, para ser exactos.
Zoé frunció el ceño. ¿Por qué hacía eso?
¿Por qué tenía que inventarse una historia tan complicada, con detalles innecesarios que podían olvidar con facilidad y que podían despertar las sospechas de sus anfitriones?
Si había una regla de oro para mentir, era no salirse de las generalidades. Demasiado tarde. Tenía que improvisar.
—Sí, como todos los pintores, él…
—Albert —volvió a interrumpirla Johan.
—Eso, Albert hizo primero un boceto. Yo me llevé a casa el cuadro terminado, pero él se quedó con el dibujo. Lo viste un día en su casa, ¿verdad?
Johan apenas la escuchaba.
—Lo tuve en las manos —dijo sin apartar la mirada de ella—. Me fascinó. Me preguntaba quién sería.
Sus ojos recorrían los rasgos de su rostro como si los superpusiera mentalmente a aquel dibujo que solo había existido en sus mentiras.
—Tenías el pelo distinto —añadió.
Zoé no pudo evitar sobresaltarse cuando él le deslizó las manos por la nuca para quitarle la goma que hasta entonces le sujetaba el pelo.
—Te caía en ondas sobre los hombros. Así…
Con delicadeza, le echó hacia delante los mechones rebeldes, como si intentara que el retrato coincidiera con su modelo. Sus miradas volvieron a cruzarse y Zoé comprendió que no estaba fingiendo. O, si lo hacía, se merecía un Goya.
Consciente de que sus anfitriones seguían observándolos, se apresuró a zanjar el tema.
—Y Robert… digo, Albert nos presentó cuando nos invitó a los dos a una de sus inauguraciones. ¡Y ya está! Volvimos a vernos, nos enamoramos y…
—Y se casaron —dijo Chantal, cogiéndole la mano.
Mientras la mujer examinaba la alianza que Anthony le había puesto en el dedo la víspera de su secuestro, Zoé aprovechó para cambiar de tema. Había que distraerlos, ¡y rápido!
—¿Y su hija, Aurélie? ¿Hace mucho que se casó?
Tal como esperaba, Chantal mordió el anzuelo con entusiasmo.
—Ve a por el álbum —le ordenó a su marido, que aprovechó para ir al baño.
Decidida a saberlo todo sobre la vida de Aurélie, Zoé se esforzó por reavivar la conversación con toda clase de preguntas.
¿Dónde había estudiado? ¿Le gustaba su trabajo?
¿Quería tener hijos? El tema le parecía inagotable.
No porque la vida de Aurélie fuera especialmente interesante o apasionante, sino porque seguía siendo la mejor manera de desviar la atención de sus anfitriones.
Cuanto más ocupados estuvieran hablando de sí mismos, menos preguntas les harían.
La cena tocaba a su fin y Zoé creyó que el peligro había pasado.
Pero no contaba con la curiosidad de Chantal.
—¿Y ustedes? ¿Quieren tener hijos?
Zoé y Johan dieron un respingo, desconcertados por la pregunta.
—Eh…
Zoé fue la primera en abrir la boca, pero no sabía qué contestar.
Johan tenía los ojos clavados en sus labios, como si intentara adivinar lo que iba a decir, pero justo a ella se le habían agotado las mentiras.
Estaba demasiado cansada para seguir inventándose una vida en pareja con el hombre que, tarde o temprano, acabaría con la suya.
Se volvió hacia él, pero no parecía mucho más cómodo que ella. Por suerte, Roger acudió al rescate.
—¡Deja de agobiarlos! ¿No ves que son demasiado educados para decirte que no te metas donde no te llaman?
Se levantó y, con una mirada cómplice, los animó a imitarlo. Echó a andar con paso lento, secuela de la fractura de cadera, hacia la escalera que subía al piso de arriba.
—Vengan, que les enseño su habitación.