El Clarividente Capítulo 23
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Capítulo 23

Marianne Deconti vivía en una casa adosada, en un barrio apartado de Niza, en la ladera de una colina.

No había plazas de aparcamiento, porque cada casa tenía su propio garaje.

El capitán Dorsey no tuvo más remedio que arrimarse todo lo posible a la pared para no entorpecer el tráfico, que, de todos modos, era casi inexistente: por aquella calle solo pasaban los vecinos.

—Voy a echar un vistazo —dijo, volviéndose hacia Anthony—. Quédese aquí.

Anthony lo siguió con la mirada hasta que dobló por el callejón sin salida que llevaba a la casa.

Entonces, sin perder un segundo, se desabrochó el cinturón y salió del coche.

Acababa de llegar a la entrada cuando descubrió a Dorsey, inmóvil en el umbral.

Al verlo desenfundar el arma, comprendió que algo iba mal.

—¿Qué pasa?

Con un gesto brusco, el capitán le ordenó que se callara y, con otro, que se mantuviera apartado.

Pero Anthony no tenía ninguna intención de volver al coche.

Se fijó en la puerta: estaba entreabierta.

Entonces, sin pensar siquiera en lo que hacía, se precipitó dentro y apartó al gendarme de un empujón.

—¡Zoé!

Recorrió el pasillo a toda velocidad.

—¡Zoé!

En el salón no había nadie.

—¿Zoé?

La cocina estaba patas arriba. Allí había pasado algo, pero Anthony no conseguía pensar con claridad: las ideas se le atropellaban al ritmo de los latidos del corazón.

—¡Mierda, Lavera! ¿Quiere llevarse un balazo? ¡Salga de aquí ahora mismo!

—¡Hay que encontrar a Zoé! ¡A lo mejor está en uno de los dormitorios!

—Yo me encargo, ¿de acuerdo? Vuelva al coche y pida refuerzos.

Anthony lo vio desaparecer por el pasillo. Si hubiera ido armado, lo habría seguido. Menos de un minuto después, el gendarme anunció que la casa estaba vacía.

—¡Oiga! ¿No le había dicho que volviera al coche?

El capitán Dorsey enfundó el arma.

—¿Y detrás de esa puerta? —preguntó Anthony con brusquedad—. ¿Ha mirado?

El gendarme pareció reparar en ella por primera vez.

Un espejo cubría la hoja de arriba abajo; por eso no se distinguía a primera vista.

Podía ser un trastero o, como descubrió al bajar la manija con cuidado para no dejar huellas, el acceso al sótano.

Una escalera de madera apareció bajo el halo amarillento de una bombilla que colgaba del techo.

Alguien había bajado hacía poco, porque la luz seguía encendida.

Anthony temía lo que iba a encontrar, pero el instinto le decía que debía bajar a ver.

—Yo voy primero —dijo el gendarme, que le había adivinado las intenciones.

Con los brazos extendidos, en posición de tiro, el capitán Dorsey bajó un escalón, luego otro. Cuando pisó el suelo de hormigón, guardó el arma.

—Ya puede bajar.

Anthony llegó abajo en un abrir y cerrar de ojos. Lo que vio lo dejó clavado en el sitio. Había mantas hechas un ovillo en el suelo y una bandeja con restos de comida. Habían retenido a Zoé allí. Estaba seguro. Notaba las notas florales de su perfume, atrapadas en el aire viciado del sótano.

—Hemos llegado demasiado tarde —dijo con la voz quebrada.

Se dejó caer de rodillas. Todo era culpa suya.

—¡Eh, Lavera! Venga a ver esto.

Los dos hombres se agacharon, uno frente al otro, para observar un pendiente que se había quedado enganchado en un hilo de la manta.

—¡Es de Zoé!

—¿Está seguro?

—Sí. Seguro. ¿Y ahora qué hacemos?

Dorsey se levantó.

—Voy a ponerme en contacto con mis colegas de la Policía Nacional. Hay que avisar a la Científica. Y habrá que interrogar a los vecinos por si han visto algo: un vehículo, por ejemplo.

Anthony también se levantó.

—Vamos, que me está diciendo que nos toca esperar.

—Lo siento, pero por ahora es lo mejor que podemos hacer.