El Clarividente Capítulo 22
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Capítulo 22

Zoé abrió los ojos, con todos los sentidos alerta.

El ronroneo del motor que la había arrullado hasta entonces se había convertido en una tos inquietante.

Se ladeó, zarandeada por los tirones del coche, que perdía velocidad.

La gravilla rebotaba contra la carrocería mientras el vehículo se desviaba hacia el arcén.

Aminoró aún más y se detuvo con una última sacudida.

El motor se apagó. Solo los faros, aún encendidos, perforaban la oscuridad que los rodeaba.

—Nos hemos quedado sin gasolina —anunció él—. Pasaremos la noche aquí.

Zoé estaba atrapada en el asiento trasero, con las rodillas dobladas hacia un lado y las manos atadas a la espalda.

—Me gustaría salir a dar unos pasos.

Si no la desataba, se pondría a gritar.

—Por supuesto.

La ayudó a salir del coche y cortó la cinta americana que le rodeaba las muñecas.

Zoé suspiró y cerró los ojos. Durante las últimas horas no había soñado con otra cosa que con el momento en que por fin podría estirar los brazos por encima de la cabeza.

El esfuerzo por mantener la calma y no dejarse llevar por el pánico la había dejado sin fuerzas.

Estaba agotada. Igual que él. Acababa de conducir ocho horas seguidas y solo había parado unos minutos para estirar las piernas o hacer sus necesidades.

—Necesito caminar —dijo ella y, sin esperar a que él le diera permiso, echó a andar.

Un clic metálico la sobresaltó. Sabía que, si se daba la vuelta, vería la Sig Sauer apuntándole.

—Quédese donde pueda verla.

Dio unos pasos más, bien visible en el cono de luz de los faros.

Luego se detuvo. Estaban en una carreterita rural, bordeada de campos.

Si había granjas en los alrededores, quedaban demasiado lejos para distinguir sus luces.

Volvió a pensar en el mapa. Si sus cálculos eran correctos, se encontraban en algún punto entre Clermont-Ferrand y Blois.

Ciudades que no figuraban precisamente entre las más cálidas del país.

Y, en efecto, se estremeció, calada hasta los huesos por el aire gélido.

Así que echó a andar de nuevo para que la sangre le circulara.

La voz de su secuestrador, ya demasiado familiar, no tardó en resonar a su espalda.

—¿Piensa llegar muy lejos así?

Zoé había recorrido unos veinte metros cuando él la alcanzó.

—Está helando aquí fuera —dijo, y le echó la manta sobre los hombros—. Será mejor que nos pongamos a cubierto antes de que nos dé una hipotermia.

Estaban a punto de volver al coche cuando el ruido de un motor los hizo darse la vuelta. Se acercaba un vehículo. Era una vieja furgoneta Citroën, que se detuvo a su altura. La ventanilla del conductor bajó a trompicones.

—¿Se han quedado tirados? —preguntó el conductor, un hombre ya entrado en años.

Zoé había visto la escopeta que descansaba en el asiento del copiloto.

No fue la única. Él también se había fijado, y la mirada que le lanzó lo decía todo.

Ella sabía que, si intentaba algo, aquel hombre moriría.

Cuando se disponía a inventar alguna excusa para que se marchara, su secuestrador se le adelantó:

—Nos hemos perdido —explicó—. Mi mujer y yo buscábamos un hotel, pero nos han indicado mal.

El hombre se quitó la gorra para rascarse la cabeza.

—¿Un hotel? ¿Por aquí? ¡Pues lo tienen difícil! ¡Qué va a haber!

—El problema es que hemos gastado toda la gasolina dando vueltas.

El hombre soltó una carcajada.

—¡Venga! ¡Suban! Pasarán la noche en mi casa. ¡Ya verán como es mejor que un hotel!

Alargó el brazo, cogió la escopeta y la deslizó a su izquierda, junto a la puerta.

—¿Llevan equipaje?

Zoé sintió que los dedos de su secuestrador se crispaban en torno a su mano. ¿Cómo explicar que no llevaban ni una maleta?

—¡Anda, qué tonto soy! Pues claro que llevan equipaje. Por desgracia, tendrán que dejarlo aquí, que atrás no tengo sitio. De todas formas, en casa hay de todo.

Como la furgoneta no tenía asientos traseros, Zoé y su secuestrador no tuvieron más remedio que apretujarse en el asiento del copiloto.

Él la rodeaba con los brazos y la obligaba a pegarse tanto a él que ella notaba los latidos de su corazón a través de la fina tela de la camisa.

Así que, después de todo, tenía uno, y latía al menos tan deprisa como el suyo, observó Zoé.

Qué raro… Se suponía que los hombres como él no sentían nada, salvo las emociones que les proporcionaban sus crímenes.

Y, sin embargo, el hombre que la abrazaba tenía miedo.

—¡Me llamo Roger! —anunció alegremente su salvador—. Roger Pasteur. Ya saben, como el científico que descubrió la penicilina.

Se hizo un silencio incómodo y Zoé comprendió que les tocaba presentarse.

—Zoé —respondió maquinalmente, y enseguida se mordió el labio.

Cruzó una mirada fugaz con el hombre que tenía en sus manos su vida y la del pobre Roger.

—Johan —dijo él, tras un instante de vacilación—. Y fue el británico Alexander Fleming quien descubrió la penicilina —añadió.

Roger abrió mucho los ojos.

—¡Anda, la leche! ¿Entonces llevo años diciendo tonterías?

Y soltó otra carcajada, que no tardó en convertirse en un ataque de tos.

—¿Y Louis Pasteur, entonces? —preguntó cuando recuperó el aliento—. ¿Qué descubrió?

También Zoé se sorprendió a sí misma dándole vueltas. Era la clase de cosas que se aprendían en el instituto y que se daban por sabidas. ¡Vaya! La tenía en la punta de la lengua.

—Inventó la vacunación —respondió Johan, o como se llamara en realidad—. En 1885 le salvó la vida a un niño al que había mordido un perro rabioso: le inoculó la vacuna contra la rabia, la primera que se probó en un ser humano.

Roger asintió y entornó los ojos.

—Ya veo, ya veo… Así que usted es médico…

Johan no dijo nada. Segundo silencio incómodo, contó Zoé. A ese ritmo, aquello iba a acabar mal.

—¿Y ustedes son de la Costa, entonces?

Zoé y Johan se miraron, perplejos.

—¿La Costa? —repitió Johan.

—El cero seis de la matrícula. Eso es la Costa Azul, ¿no?

Zoé sintió que los dedos de su secuestrador se crispaban en torno a su cintura. Así que a Roger no se le había escapado la matrícula del coche de Marianne Deconti.

—Pero usted no tiene acento. No es del sur, ¿a que no?

—Tiene razón —respondió Johan—. Soy normando.

Esta vez fue Zoé quien se tensó. ¿Sería verdad? Si lo era, significaba que estaba recuperando la memoria.

—Ah, Normandía, ¿eh? Estuve allí hace unos años, en la feria agrícola. ¿Y de dónde exactamente?

Tengo que intervenir , pensó Zoé. Debía poner fin a aquel ritual de presentaciones, inofensivo en cualquier otra circunstancia, pero demasiado peligroso en la situación en la que estaban.

—De Caen —improvisó—. Precisamente vamos allí.

Mis suegros celebran su aniversario de boda y han organizado una gran fiesta familiar.

Como son las únicas vacaciones que tendremos en mucho tiempo, decidimos hacer el viaje en coche para parar donde nos apeteciera.

Es culpa mía que nos hayamos perdido. Quería ver los castillos del Loira. Usted los conoce, ¿verdad?

—¿Los castillos? ¡Ya lo creo! Mi mujer me los ha enseñado todos.

—¿Cuáles nos recomienda?

Roger se echó la gorra hacia atrás para rascarse la frente.

—Uy, eso tendrá que preguntárselo a mi mujer. Lo que sí le puedo recomendar son unas granjas que venden directamente sus productos. Seguro que sería un buen regalo para sus suegros. Son colegas míos y, si les dice que va de mi parte, le harán un descuento.

—Sería perfecto. ¿Qué clase de productos?

Zoé había cambiado las tornas. Tal y como esperaba, Roger estaba demasiado ocupado contestándole como para seguir preguntando.

Ni siquiera tuvo que reavivar la conversación.

Su conductor era tan hablador como curioso, un parlanchín incansable, capaz de extenderse sobre cualquier tema que tuviera que ver, de cerca o de lejos, con su tierra.

La Citroën giró bruscamente para meterse por un camino de tierra y Zoé sintió que los brazos de Johan la estrechaban con más fuerza para que no resbalara hacia delante.

Los amortiguadores chirriaban como las articulaciones de un anciano en una ruta de senderismo.

—La granja está justo ahí, a su derecha —les anunció Roger mientras ponía el intermitente, más por costumbre que por necesidad, porque no había nadie más en la carretera.

Un cartel de «Se vende» señalaba la entrada de la finca.

Ochocientas hectáreas dedicadas al cultivo de soja y maíz.

Su mujer y él eran demasiado mayores para seguir trabajándolas.

Esperaban encontrar comprador antes del comienzo de la próxima temporada para pasar la jubilación más cerca de Aurélie, su hija.

A unos cien metros, las ventanas iluminadas de una casa brillaban en la noche.

Una mujer apareció en el umbral, arrebujada en un forro polar.

Los vio bajar del vehículo con una mezcla de curiosidad y recelo.

—Solo será un momento —se disculpó Roger—. Ya sabe cómo son las mujeres.

Zoé y su secuestrador se quedaron delante de la Citroën, observando a la pareja. Cuando su marido le explicó a grandes rasgos en qué situación se encontraban, la granjera esbozó una sonrisa y bajó a toda prisa los escalones de la entrada para darles la bienvenida.

—¡Pasen, hijos, pasen, que van a coger una pulmonía! —dijo mientras rodeaba a Zoé con unos brazos maternales y protectores.