Capítulo 21 #2
Con la mano libre, ella también hojeó el atlas.
—A Klaudia Nochbauer la encontraron en el norte de Italia, aquí —dijo, y apoyó el índice en el papel satinado, a pocos centímetros de la línea que marcaba la frontera franco-italiana.
Él se inclinó para leer la leyenda.
—Parque Nacional del Gran Paradiso —dijo despacio, como si quisiera saborear cada sílaba.
—¿Le dice algo?
—No.
Aun así, marcó el lugar con una cruz.
—¿Y dónde vivía?
—En Múnich.
—Múnich —repitió, antes de trazar otra cruz.
Seiscientos cincuenta kilómetros separaban las dos cruces. Es decir, unas siete horas de carretera, más o menos.
Hicieron lo mismo con la segunda víctima, Selma Lorenzen.
Desaparecida en Ámsterdam, en los Países Bajos, y hallada esta vez a doscientos veinte kilómetros de allí, en Bélgica, en el bosque de Soignes.
Y con la tercera, Laura Messing, una inglesa afincada en Normandía y encontrada en Alemania, en plena Selva Negra.
Por último, le llegó el turno a la cuarta.
—Su cuerpo apareció esta semana en las Landas —dijo Zoé.
—Las Landas…
Ella lo vio recorrer el índice del atlas en busca del número de página correspondiente.
—Pero no sé cómo se llamaba, y mucho menos dónde vivía. Por eso fui a Burdeos —añadió.
Él dejó el atlas y la miró.
—¿Pensaba que podía tratarse de su hermana?
—¿Y por qué no? A Gabriela la secuestraron en Marsella, a unas siete horas en coche del lugar donde apareció la víctima sin identificar.
Él volvió a bajar la vista al mapa.
—Es cierto que podría encajar en el patrón de los otros asesinatos, salvo que todas las víctimas halladas hasta ahora fueron secuestradas en un país y asesinadas en otro.
Por lo general, un país limítrofe. Klaudia Nochbauer, secuestrada en Alemania y hallada en Italia.
Laura Messing, secuestrada en Francia y hallada en Alemania; Selma Lorenzen, secuestrada en los Países Bajos y hallada…
—… ¡en Bélgica! Ya sé todo eso, pero sigue siendo una posibilidad. Y si usted… si no me hubieran secuestrado a mí también —se corrigió en el último momento—, podría haber ido al Instituto de Medicina Legal de Burdeos para ver el cuerpo.
—No era su hermana —dijo él al cabo de un momento.
—¿Y cómo lo sabe? —preguntó ella antes de darse cuenta del disparate que acababa de soltar. Si alguien sabía dónde estaba su hermana, era él.
—La mujer que encontraron en el bosque de las Landas se llamaba Inés Monteya. La secuestraron hace cuatro meses en Málaga.
Zoé tragó saliva mientras lo veía marcar con cruces los dos lugares que acababa de mencionar.
—Ya que ha recuperado la memoria, dígamelo. ¡Dígame dónde está mi hermana! ¡Por favor! Lo único que le pido es que me lleve hasta ella. Quiero verla por última vez. Después podrá hacer conmigo lo que quiera.
—No sé dónde está. Y se equivoca: no he recuperado la memoria.
—Entonces, ¿cómo lo sabe?
—En la gasolinera, el encargado tenía la tele puesta. Han hablado de la última víctima y también de usted. Su cara sale en todas las cadenas —añadió tras una pausa.
—Ya veo. Entonces supongo que no tardará en deshacerse de mí.
Él negó con la cabeza y puso los ojos en blanco.
—Reconozco que empieza a resultarme pesada. Pero eso no es motivo para retorcerle el pescuezo. ¿O sí?
Y, sin esperar respuesta, hojeó el atlas hasta las páginas que había marcado con cruces.
Entonces, como un pintor que retrocede un paso ante el cuadro que acaba de terminar, se detuvo en cada una de ellas.
¿Qué veía? ¿Una maraña de líneas, caracteres tipográficos y manchas de color?
Verde para los bosques, marrón para las montañas, azul para los lagos, los ríos y el mar.
¿O las veía a ellas ? ¿A Klaudia desapareciendo bajo las paladas de tierra con las que él llenaba la fosa?
¿A Selma retorciéndose a cada golpe de sierra mientras él la decapitaba?
Laura, Gabriela… Zoé, por su parte, nunca las olvidaría.
Pronto se reuniría con ellas y los analistas examinarían su cadáver.
De repente lo comprendió. Él pensaba en ella, no en las demás.
Estaba eligiendo el lugar donde se desharía de su cuerpo.
Y, como para confirmar sus temores, le señaló un punto en el mapa.
—El bosque de Louves, en Normandía —leyó con gravedad.
—¿No le dice nada?
Zoé negó con la cabeza.
—¿Y a usted? —se atrevió a preguntar tras unos instantes de vacilación.
—Tengo la sensación de que lo que busco está allí, en ese bosque. Y cuando lo encuentre, sabré quién soy.
—¿Qué cree que encontrará allí?
—No lo sé. Supongo que lo sabremos cuando lleguemos.
Cerró el atlas, cogió otra vez las tijeras y cortó la cinta americana que les unía las muñecas.
—Dese la vuelta, por favor.
Resignada, ella puso las manos a la espalda para que él volviera a atarla.
Pero, en contra de lo que esperaba, no la hizo bajar del coche: la dejó en el asiento trasero y volvió a sentarse al volante.
Tecleó en el GPS el nuevo destino: bosque de Louves, Normandía.
El aparato le propuso varias rutas. Eligió la más larga, la que los llevaría solo por carreteras secundarias, sin autopistas ni nacionales.
Duración del trayecto: 10 h 19 min.
—Nos queda mucho camino —dijo, volviéndose hacia ella—. No quiero tenerla encerrada en el maletero durante tantas horas, aunque seguramente me equivoco.
—Gracias —dijo Zoé.
Y lo decía en serio, porque además él le había dado un motivo de esperanza, aunque no entendía muy bien por qué lo había hecho.
Podría haberle mentido, haberle dicho que su desaparición no despertaba el interés de los medios nacionales.
Ella se lo habría creído. Nadie se había interesado nunca por ella, así que ¿por qué iba a cambiar eso ahora?
Se tumbó de lado y pensó en lo que él acababa de decirle.
Todo el mundo la estaba buscando. Era una buena noticia, pero no conseguía alegrarse.
Ya basta , se reprendió. Iba a salir de esta.
Aún no sabía cómo, pero ahora solo era cuestión de tiempo.