El Clarividente Capítulo 21
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Capítulo 21

—Pronto nos quedaremos sin gasolina.

Zoé se sobresaltó, arrancada del sueño por la voz que acababa de resonar en el habitáculo.

—Ya no estamos muy lejos de Valence —continuó él.

¿Valence? No podía creer que hubiera dormido tanto y, sin embargo, su cuerpo, entumecido tras tantas horas sin moverse, le decía lo contrario.

—Necesito estirar las piernas —dijo ella—. Y también tengo que ir al baño.

Él no respondió, pero al cabo de unos instantes puso el intermitente. El coche redujo la velocidad y acabó por detenerse.

—Vale, no hay nadie —dijo él mientras la ayudaba a incorporarse en el asiento trasero.

Zoé vio un área de descanso modesta, de esas con mesas de pícnic de hormigón y retretes turcos.

—Tenemos que darnos prisa —dijo mientras la desataba.

La ayudó a salir del coche. Un viento gélido barría las hojas secas y doblaba las ramas de los árboles. Zoé notó que se le ponía la piel de gallina. La fina tela de la blusa apenas la protegía del frío.

—Tome, póngase mi chaqueta.

—Gra… gracias —dijo ella entre castañeteo y castañeteo.

Corrieron hasta los aseos. A Zoé no le sorprendió que él la siguiera al de mujeres. Abrió todas las puertas para asegurarse de que no había nadie y luego le señaló un cubículo.

—No se encierre —dijo él, sujetando la puerta.

Zoé se puso rígida al ver que no soltaba la puerta.

—Ni hablar, no pienso desnudarme delante de usted.

—No miraré.

—No es solo eso.

Él suspiró.

—Está bien, pero no eche el cerrojo. Si dentro de cinco minutos no ha salido, echaré la puerta abajo, haya terminado o no.

En cuanto él cerró, Zoé se desabrochó los vaqueros a toda prisa y se agachó, intentando no pensar en el hedor que subía del desagüe.

—¿Ha terminado?

Ella dio un respingo.

—No puedo —dijo.

—¿Es porque estoy aquí?

Ella puso los ojos en blanco.

—¿Usted qué cree?

—Bueno, la espero en la salida. No haga tonterías.

Zoé intentó relajarse. Entre el frío y los nervios, tenía la vejiga como paralizada. De pronto oyó correr el agua, como si alguien hubiera abierto un grifo. Y entonces, como por arte de magia, por fin pudo hacer sus necesidades.

Al salir, no pudo evitar cruzarse con su mirada.

—¿Se encuentra mejor? —le preguntó él, con aire satisfecho.

—Sí, gracias. Lo del grifo ha sido buena idea.

—Me alegro. Pero ahora vámonos.

—¿Y usted?

—Iré a la gasolinera. Aprovecharé para llenar el depósito y comprar algo de comer.

Le hizo una seña para que esperara mientras comprobaba que no había parado ningún coche entretanto.

—¡Vamos, rápido!

Sacó las llaves sin dejar de mirar a su alrededor.

—Dese la vuelta. Las manos a la espalda.

Notó cómo la cuerda le arañaba la piel mientras él se la enrollaba alrededor de las muñecas. Cuando se volvió de nuevo hacia él, lo vio abrir el maletero.

—¿Lo dice en serio? —preguntó, incrédula—. Ya le he dicho que no volveré a intentar nada.

—Lo sé, pero no quiero correr el riesgo de que alguien la vea cuando paremos en la gasolinera. Esta vez no le ataré las piernas. ¿Le parece bien?

—¿Tengo elección?

Era una pregunta retórica. Mientras ella volvía a ocupar su sitio en aquel ataúd de metal, él cortó un último trozo de cinta americana.

—Lo siento —dijo mientras se la pegaba en los labios—. Pero yo tampoco me fío de usted.

El trayecto hasta la gasolinera no duró ni diez minutos.

El coche redujo la velocidad y se detuvo.

Un olor a gasolina se coló por las rendijas del maletero.

Zoé oyó el zumbido del surtidor y luego cómo él volvía a enroscar el tapón del depósito.

La puerta se abrió y se cerró de golpe. Después, unos pasos que se alejaban.

El silencio no duró mucho. Le llegaron unas voces amortiguadas.

Una madre y su hija, le pareció, demasiado ocupadas discutiendo para interesarse por la mujer secuestrada que tenían justo al lado.

Podría haber intentado llamar su atención, pero no lo hizo.

La amenaza que él había pronunciado antes de cerrar el maletero aún le resonaba en la cabeza.

Si volvía a intentar escapar o a pedir ayuda, moriría gente.

Quizá fanfarroneaba. Quizá no. Ante la duda, no se movió, acurrucada bajo la manta, mientras madre e hija seguían discutiendo por una fiesta a la que la adolescente quería ir a toda costa.

«Eres demasiado pequeña», «Mañana tienes clase», decía la madre, y la hija replicaba con argumentos irrefutables: «Te recuerdo que tengo dieciséis años», «Van a ir todas mis amigas», «Puedo saltarme Educación Física».

La discusión se alargó un rato, hasta que las voces se fueron apagando.

Madre e hija habían vuelto al coche y seguramente seguían con su animada conversación camino de casa.

Zoé oyó pasos que se acercaban. Había vuelto.

El coche arrancó de nuevo. Zoé cerró los ojos con la esperanza de hundirse en el olvido del sueño, pero enseguida notó que volvían a parar.

Esta vez, al salir del maletero, se encontró ante un paisaje distinto.

Campos segados hasta donde alcanzaba la vista, salpicados aquí y allá de relieves montañosos que se alzaban en el horizonte como icebergs en medio de un océano de hierba seca.

Y, por supuesto, ni una casa a la vista.

—Entonces, ¿es aquí donde piensa hacerlo?

—¿El qué?

—Matarme.

Él suspiró.

—Le he cogido prestados cincuenta euros —anunció—. Lo justo para la gasolina y algo de comer. Y también esto.

Rebuscó en una bolsa de plástico con el logotipo de la gasolinera y sacó una camiseta.

—No sabía qué color le gustaba, así que la he elegido blanca. Talla treinta y seis. Pero primero, comamos.

Dejó la camiseta a un lado y volvió a meter la mano en la bolsa.

—¿Atún con mayonesa o pollo con verduras? —preguntó, con un sándwich en cada mano.

—Me da igual, mientras sea comestible.

Abrió el envoltorio y partió el sándwich en trozos.

—Acérquese.

A Zoé le llegaba el olor del pollo asado. Se le hizo la boca agua. Lo odiaba.

—Preferiría que me desatara —dijo, y se irguió para parecer más digna—. Ya no tengo edad para que me den de comer.

Él ladeó la cabeza, como ella ya le había visto hacer cuando dudaba.

—Todavía no. Quizá más tarde.

—¡Pues quédese con su sándwich!

—¡Deje de comportarse como una niña y coma!

Lo intentó de nuevo, pero ella apartó la cara y miró ostensiblemente hacia otro lado.

—Está muy pálida. Le aseguro que un poco de azúcar le sentará bien.

Era el colmo. Ahora pretendía hacerle creer que se preocupaba por ella. La manipulaba, la engatusaba con miel, o más bien con un sándwich lleno de aditivos y conservantes. Pero ella no iba a caer en la trampa. Entonces él volvió a desconcertarla.

—Está bien, Zoé. Usted gana.

Antes de que ella comprendiera lo que pretendía, la hizo girarse. Zoé se puso rígida y cerró los ojos por instinto. ¿Iba a castigarla por no obedecer?

—¿Es zurda o diestra?

Ella abrió los ojos.

—¿Perdón?

—Por el lado en el que lleva el reloj, supongo que es diestra. Perfecto.

Sacó unas tijeras de la mochila que llevaba en el asiento del copiloto, la que contenía cuerda, cinta americana y Dios sabe qué más, y le indicó con un gesto que le tendiera las muñecas.

Zoé no daba crédito. Por fin la soltaba.

Pero, cuando iba a darle las gracias, él le cogió la mano y empezó a enrollar la cinta alrededor de las muñecas de ambos, hasta que quedaron atados el uno al otro.

Él por la izquierda; ella, por la derecha.

—Así, si se le antoja volver a salir corriendo, tendrá que arrastrarme con usted.

Dicho esto, le puso el sándwich en la mano libre.

—¡Coma!

Sin más argumentos, Zoé obedeció. Eso sería lo que el forense encontraría en su estómago: restos a medio digerir de un sándwich de pollo, café y una chocolatina. Como última comida, las había peores.

—Antes no me ha contestado —dijo con la boca llena.

Él puso cara de sorpresa.

—¿A qué? ¡Ah, sí! Quería saber si pensaba matarla aquí. Lo siento, pero sigo sin tener ganas.

—¿Cuándo, entonces?

Él dejó de comer para mirarla fijamente.

—¿Tanta prisa tiene por morir?

—Quiero saber cuánto tiempo de vida me queda, que no es lo mismo.

—Ya veo. Pues deje de fumar, siga con su tratamiento y verá como vive lo bastante para contarles esta historia a sus nietos.

Zoé no estaba de humor para bromas.

—¿Es eso lo que les dice a todas sus víctimas? ¿Les da falsas esperanzas? ¡Y ellas, por supuesto, le creen! ¡Necesitan creerle! Las entiendo, pero yo no me lo trago. Yo…

Él pegó los labios a los suyos. A Zoé se le cortó la respiración. Un coche los adelantó tocando el claxon mientras él la abrazaba.

—¿Por qué ha hecho eso? —preguntó ella, y lo apartó con una mano.

—No lo sé… Me ha entrado el pánico.

—¿Qué?

—Sí… He oído llegar el coche. No quería que pensaran que estábamos discutiendo.

—¿Discutiendo? Me ha secuestrado. Usted…

Él se llevó el índice a los labios.

—Le pido perdón, ¿de acuerdo?

Ella negó con la cabeza.

—¡No vuelva a hacerlo nunca más!

Él se apartó. Zoé habría querido acallar el corazón, que le seguía latiendo con fuerza en el pecho, como si intentara decirle algo. Algo que ella estaba decidida a ignorar.

Se volvió hacia el otro lado para que él no le viera la turbación en la cara. Por suerte, él cambió de tema.

—En la gasolinera he comprado un atlas de carreteras.

Zoé lo miró de reojo.

—¿Para qué, si tiene GPS?

—Porque el GPS solo sirve si uno sabe adónde va. Y yo no lo sé. Así que se me ha ocurrido algo. He pensado que, si repasaba los nombres de las ciudades, acabaría reconociendo algún lugar.

—¿Y ha funcionado?

—No, pero se me ha ocurrido otra idea.

Se puso el atlas sobre las rodillas y lo hojeó.

—Estamos aquí —dijo, y colocó el dedo a pocos milímetros del punto que señalaba Valence.

Zoé se inclinó para ver mejor, pero él ya había pasado la página.

—Marianne está aquí, a una hora en coche de su casa. Y ahora me gustaría que me dijera dónde estaban las otras víctimas —añadió, después de marcar cada punto con una cruz y unirlos con una línea.

Zoé tragó saliva con dificultad.

—¿Piensa volver al lugar de los hechos?

—Todavía no lo sé. Quizá me ayude a recordar.