Capítulo 20
El capitán Dorsey tomó asiento tras el escritorio.
—¿Quiere algo de beber? —le ofreció—. Hay una máquina expendedora aquí al lado. También hay algo de picar, si tiene hambre.
Anthony declinó la oferta y se sentó también.
—Siento insistir, pero ¿cómo puede estar tan seguro de que no es su mujer?
—Gabriela tenía una mancha de nacimiento en la parte alta del muslo izquierdo —respondió—. Y nunca la operaron de apendicitis.
El capitán Dorsey asintió sin mostrar la menor compasión.
—Según su declaración, su mujer desapareció después de salir a correr una mañana…
Anthony cambió de postura y la silla chirrió. Saltaba a la vista que el gendarme esperaba más detalles.
—Yo seguía durmiendo cuando salió de casa —empezó, como si recitara un texto escrito para otro—. Cuando me desperté, aún no había vuelto. La llamé al móvil y me di cuenta de que se lo había dejado en casa. No era la primera vez que le pasaba, así que no me preocupé y me fui a trabajar.
—A la brigada de estupefacientes —lo interrumpió el capitán Dorsey, que sabía más de lo que dejaba entrever.
—Sí. Aquella mañana estaba todo bastante tranquilo, así que aproveché para ponerme al día con el papeleo. Informes preliminares y demás.
El gendarme le dedicó la mirada cómplice de quien conoce bien esa rutina.
—En fin, hacia las nueve recibo una llamada.
Es el dueño del gimnasio donde trabaja mi mujer.
Me entero de que no ha ido a dar su primera clase del día y de que tampoco se ha presentado a la siguiente.
Llamo a casa, pero no contesta nadie. Un compañero de equipo me acompaña, y enseguida comprendo que Gabriela no ha vuelto de correr.
El capitán Dorsey se había arrellanado en el sillón, con el ceño fruncido.
—¿Cómo relacionó su cuñada la desaparición de su hermana con el Segador?
—Por un artículo del periódico. Decía que el asesino enviaba a la familia un paquete con una joya de la víctima.
El gendarme se irguió de golpe.
—¿Fue eso lo que pasó? ¿Le enviaron algo?
—Sí. La alianza de Gabriela.
—¿Guardó el sobre?
—No vi motivo para hacerlo. Para mí, el mensaje estaba claro. Mi mujer no quería saber nada más de mí.
—¿Y no le pareció extraño? Quiero decir… Podía haberle pedido el divorcio sin más.
—Es verdad. Pero mi mujer no era una persona sencilla.
El capitán Dorsey apenas disimulaba su decepción.
—Bien, ¿y cuándo recibió ese paquete?
—Más o menos un mes después de su desaparición.
—¿Y eso es todo?
—¿A qué se refiere?
—¿No recibió nada más?
—¿Como qué?
—¿Una carta? ¿Una postal?
Anthony se quedó helado.
—La prensa nunca ha hablado de eso —dijo, atónito—. ¿Así fue con las demás víctimas?
—Responda primero.
—No. No recibí nada, salvo la alianza. A menos que…
—¿Sí?
—Poco después cambié de dirección.
—¿Se mudó?
Abrumado por la tristeza, Anthony bajó la mirada.
—Sí. Mi mujer y yo acabábamos de comprar una casa.
—¿Dónde?
Anthony no estaba seguro de haber entendido la pregunta.
—¿Perdón?
—¿En qué distrito de Marsella?
—En el séptimo.
Dorsey se echó hacia atrás en el sillón.
—¿En el séptimo? —recalcó—. Ahí el metro cuadrado no es precisamente barato, ¿no?
Anthony se tensó, a punto de mandarlo a paseo. Pero se contuvo: no le convenía enemistarse con él, sobre todo si quería que le dejaran participar en la investigación sobre la desaparición de Zoé.
—Fue una ganga —se defendió—. Todo fue muy rápido. Los dueños, una pareja inglesa, tenían prisa por vender. A Gabriela le encantó, así que firmamos el contrato de arras y, acto seguido, avisamos al casero de que dejábamos el piso y pagamos la señal a la empresa de mudanzas.
—Y entonces ella desapareció.
Anthony se limitó a asentir.
—Podría haberlo cancelado todo, pero, la verdad, me alegraba dejar nuestro antiguo piso.
—Demasiados recuerdos, supongo.
Dorsey miró al techo, pensativo, como si intentara retomar el hilo.
—¿Y no pidió el servicio de reenvío del correo a la nueva dirección?
—Sí, precisamente. Pero es perfectamente posible que se perdiera algo.
El gendarme no parecía convencido.
—Creemos que el asesino lo envía todo a la vez. En principio, tendría que haber recibido el paquete y la postal con uno o dos días de diferencia.
—¿Tan importante es?
Golpeó la mesa con la palma de la mano.
—¡No tiene ni idea! Si hubiera recibido esa postal, su cuñada nunca habría caído en la trampa que le tendieron y no estaríamos aquí sentados hablando de esto.
—¿Una trampa?
Dorsey hizo girar el sillón y rebuscó en un archivador.
—Alguien se puso en contacto con ella por mensaje privado en su página de Facebook, la víspera de su desaparición.
Le tendió una hoja impresa.
Anthony leyó el mensaje. Un tal Frank aseguraba haber visto la cara del asesino en serie.
«[…] Ese día había sacado a pasear al perro.
Soy fotógrafo aficionado y había decidido ir al bosque a hacer unas fotos de fauna salvaje.
Estaba ajustando el enfoque para fotografiar un zorro magnífico cuando oí pasos.
Al principio pensé que sería otro animal, pero entonces los vi.
Un hombre y una mujer. Desde donde yo estaba, parecía que iban del brazo.
Pero algo no cuadraba. La ropa, o mejor dicho, la de ella.
No llevaba chaqueta. Iba vestida para salir a correr, pero en esa zona del bosque, que sigue siendo virgen, no hay senderos.
Cuando vi las noticias, comprendí que era ella, la víctima que acababan de encontrar, solo que cuando yo la vi seguía viva.
Todavía tengo las fotos. La mayoría están movidas, pero en una se distingue mejor la cara del hombre que iba con ella.
Aún no le he dicho nada a la policía porque tengo antecedentes por caza furtiva y solo de pensar en pisar una comisaría me pongo enfermo.
Pero si cree que puede servir para detener al asesino de su hermana, estoy dispuesto a dárselas a usted».
El resto del mensaje proponía una cita y daba unas coordenadas GPS. Justo en el lugar donde habían encontrado el Peugeot de alquiler.
El gendarme le entregó otras hojas con varias fotografías impresas. En la primera aparecía un hombre de unos sesenta años, de pelo blanco y barba de dos días, que posaba junto a un labrador y sonreía a la cámara. Las demás eran paisajes, en principio sin especial interés.
—Es un perfil falso —anunció el capitán Dorsey, sin sorprenderse—. El nombre está tomado de un actor de películas de terror de serie B, y la del tipo del perro es una foto libre de derechos que circula por Internet.
—¿Y estas?
Anthony señaló las otras fotos. Las de paisajes naturales.
—Bueno, algunas proceden de bancos de imágenes libres de derechos, pero hay dos que podrían ser auténticas.
Las señaló con la punta del bolígrafo.
—Los analistas de Europol están trabajando en ello ahora mismo, pero esta podría ser el bosque de Soignes, en Bélgica, y esta otra, el Parque Nacional del Gran Paradiso, en Italia.
Se distinguen bastante bien los lugares de enterramiento donde se encontró a dos de las víctimas anteriores.
Y su ubicación exacta nunca se ha hecho pública.
—Entonces, ¿me está diciendo que el hombre con el que Zoé había quedado…
—… no es otro que el asesino al que Europol lleva meses persiguiendo.
Pero hay una buena noticia. Tenemos la dirección IP del ordenador desde el que se envió el mensaje.
Lo que significa que también tenemos una dirección y un nombre: Marianne Deconti.
Una enfermera que trabaja en un hospital de Niza.
Anthony abrió mucho los ojos, sorprendido.
—¿Niza? ¿En la Costa Azul?
El capitán Dorsey asintió.
—Hemos intentado contactar con ella, pero no contesta. El hospital nos ha confirmado que libra hasta mañana. Salgo para allá dentro de una hora. Puede acompañarme si quiere.