Capítulo 19
Zoé corría con el torso inclinado hacia delante, como los velocistas justo antes de cruzar la línea de meta.
Respiraba de forma acompasada y luchaba contra el impulso de volverse para ver si él la seguía.
Llevaba corriendo un buen minuto cuando otra respiración, entrecortada, resonó a pocos metros de su espalda.
—¡Zoé!
El corazón le dio un vuelco. Se acercaba. Pronto la tendría a su alcance. Casi sintió alivio. Cualquier cosa era mejor que morir como aquellas mujeres cuya atroz agonía conocía por la prensa.
—¡Zoé!
Esta vez, la voz le estalló junto al oído. Como una mariposa abatida en pleno vuelo, cayó derribada al suelo. Forcejearon unos instantes, sin aliento.
—¡Pare!
Ahora estaban frente a frente. Ella, tumbada boca arriba; él, encima, aplastándola con todo su peso para impedir que se moviera. Estaba a su merced. Sin embargo, Zoé notó que la presión cedía poco a poco. Se miraban a los ojos.
—Lo recuerdo —dijo él en voz baja—. Estaba encima de ella, como ahora. Intentaba inmovilizarla para…
—¿Estrangularla?
La soltó de golpe y rodó hacia un lado. Tumbados en la hierba húmeda, intentaban recobrar el aliento.
—No la maté. Tiene que haber otra explicación.
Zoé giró un poco la cabeza hacia él y le contempló el perfil unos instantes mientras él miraba el cielo.
—¿Cuál?
—No lo sé. Quizá intenté ayudarla y ella me golpeó creyendo que yo era él.
Zoé suspiró.
—¿No se ha preguntado por qué no volvió esta noche? —lo desafió—. Es muy sencillo. No le hacía falta volver, porque ya estaba allí.
Cruzaron una mirada cargada de tensión.
—Tiene razón. Si soy ese hombre, hice exactamente lo que usted esperaba de él, ¿no?
Zoé no podía negar que el equipo de análisis de conducta había planteado la hipótesis de que el asesino tenía tendencias necrófilas y que por eso se tomaba la molestia de ocultar las cabezas de sus víctimas.
Pretendía volver a visitarlas para entregarse a prácticas sexuales que era incapaz de llevar a cabo con un cuerpo aún tibio.
Zoé le recorrió el rostro con la mirada y se preguntó cómo un ser tan abyecto podía esconderse tras los rasgos de un hombre que, pese a su nariz de boxeador y a su extraña mirada, le resultaba atractivo.
Un monstruo hermoso: eso lo definía bien.
En la naturaleza no faltaban ejemplos, empezando por las plantas carnívoras, que lucían sus mejores galas para atraer a sus presas.
—Sé que las apariencias están en mi contra —prosiguió él.
—Y yo sé lo que acabo de ver.
—Lo que usted cree haber visto. No es lo mismo. Pero le aseguro que no la toqué. No en el sentido que usted piensa. Solo quería verle la cara. Intentaba recordar. Me gustaría tanto que me creyera…
—¿Por qué?
Él la miró, desconcertado.
—¿Qué más da que le crea o no? —continuó ella—. No cambia absolutamente nada, porque no va a dejar que me marche.
Él se levantó y se sacudió el polvo de los vaqueros.
—No quiero que mi retrato salga en la portada de todos los periódicos y en todas las cadenas de televisión. Y eso es exactamente lo que pasará si la dejo libre. Me detendrán antes de que me dé tiempo a averiguar quién soy. Atrévase a decirme lo contrario.
Como ella guardaba silencio, la ayudó a levantarse.
—¡Vamos, venga! Tenemos que irnos de aquí.
—No.
—¿Cómo?
—Me niego a seguirlo.
—Zoé…
—No le tengo miedo.
Él sonrió.
—¡Por fin una buena noticia!
—No estoy de broma.
—Yo tampoco. Aunque… ¿los asesinos en serie tienen sentido del humor? —preguntó con una leve sonrisa.
—Solo usted le ve la gracia.
—Qué pena. Creía haber dado con un argumento de peso para convencerla de que no soy ese hombre.
—Nada de lo que haga o diga me convencerá de lo contrario.
Miró a su alrededor, exasperada.
—¡Venga ya! Estamos en mitad de la nada y pretende que me crea que pasaba por aquí por pura casualidad y que presenció un asesinato así, sin más. Explíqueme qué se le podría haber perdido a nadie aquí.
—Eso es precisamente lo que espero averiguar. No tengo recuerdos, pero me quedan sensaciones —dijo, con la vista puesta en el aprisco—. Y tengo la sensación de que estaba aquí por una buena razón.
—¿Cuál?
—Buscaba algo. Todavía no sé qué, pero lo encontraré.