Capítulo 18
Anthony se había quedado despierto hasta tarde, pero la llamada que esperaba no llegó hasta el día siguiente.
El brigada Gauthrie le había prometido mantenerlo informado y cumplió su palabra.
A raíz de nuevos datos, el destino de Zoé estaba ahora en manos de Europol o, mejor dicho, en las del capitán Didier Dorsey, oficial de la Sección de Investigación de Caen adscrito al equipo conjunto de investigación desde el asesinato de Laura Messing, la monitora de origen inglés que había desaparecido de su domicilio en Normandía y había aparecido después en Alemania.
Con el pelo blanco cortado a lo militar, camisa de cuadros azules y blancos, vaqueros gastados y unas gafas de carey que le daban un aire triste, fue él quien recibió a Anthony en el Instituto de Medicina Legal del hospital universitario de Burdeos.
—¿El señor Lavera? Soy el capitán Dorsey. Acompáñeme.
El gendarme lo hizo pasar a un despacho vacío.
—¿Qué piensa hacer para encontrarla? —le preguntó Anthony sin rodeos.
—Siéntese, señor Lavera.
Anthony suspiró.
—Quedarme aquí con el culo pegado a la silla no va a…
El oficial levantó la mano y lo cortó en seco.
—En estos momentos, una unidad canina de la Gendarmería, con el apoyo de uno de nuestros helicópteros, está peinando el bosque. Si su cuñada sigue allí, no se nos escapará.
Por su tono, Anthony notó que ni el propio capitán se lo creía.
—¡Dígame qué está pasando! ¿Qué hay de nuevo en la investigación? Han encontrado algo en su móvil, ¿verdad?
—Todo a su tiempo, señor Lavera. Según su declaración, usted y su cuñada vinieron desde Marsella convencidos de que su mujer podía ser la cuarta víctima del Segador.
Anthony sintió que se le aceleraba el pulso.
—¿Por eso me han traído aquí?
—Sí. El forense nos está esperando, así que en cuanto se sienta preparado…
Anthony se dio una palmada en las rodillas y se levantó como movido por un resorte.
—Muy bien. ¡Acabemos de una vez!
Anthony se sentía observado. El capitán Dorsey, que le sacaba una buena cabeza, estaba a su lado, pendiente de su reacción. Era lo que hacían todos los policías: observar el comportamiento humano, tanto el de los criminales como el de las víctimas.
—Supongo que sabe lo que les hace —dijo entonces el forense.
Claro que lo sabía. Zoé había reunido tanta información sobre las otras víctimas y sobre su posible asesino que se había convertido en una experta.
A todas las habían decapitado en el momento de la muerte.
Así que sí, Anthony sabía que, fuera quien fuera la mujer encerrada en la bolsa que tenía delante, ya no tenía cabeza.
—¿Está listo?
Anthony inspiró y contuvo la respiración, en un acto reflejo para que el olor a putrefacción no lo pillara desprevenido.
El forense bajó la cremallera, que se abrió como una herida y dejó el cuerpo al descubierto.
Anthony se acercó unos pasos a la mesa.
—No es ella —dijo con voz apagada.
—¿Está seguro? Apenas la ha mirado.
El capitán Dorsey le hizo una seña al forense para que no insistiera.