Capítulo 17
Arrodillado junto al cadáver, intentaba recordar.
El rostro de la muerta estaba oculto bajo varias capas de film transparente.
Necesitaba verla. Quizá entonces recuperaría la memoria.
Despacio, le alzó la cabeza con ambas manos y empezó a desenrollar el film.
Al retirar la última capa, le pareció oír un hilo de aire que escapaba de la boca de Marianne, como si su último aliento se hubiera quedado atrapado bajo la máscara de plástico.
La observó con más atención. Tenía la piel violácea, los rasgos congestionados, los ojos inyectados en sangre.
En la base del cuello, dos marcas simétricas, de entre tres y cinco centímetros, se enfrentaban.
Un escalofrío lo recorrió al comprender lo que significaban.
Huellas. Las de los pulgares del hombre que la había estrangulado.
—¿Esto te lo he hecho yo? —le susurró al oído.
Él también le rodeó el cuello con los dedos e hizo coincidir los pulgares con las marcas azuladas que había dejado el asesino.
Él. Porque, en cuanto tocó la epidermis en descomposición, unas imágenes le invadieron la mente.
Sí… Parecía un recuerdo. Algo que ya había visto.
Que ya había vivido… Rechazó aquella sensación con todas sus fuerzas, pero esta se aferraba, tenaz, y se imponía en sus pensamientos, donde ahora el pasado y el presente se entremezclaban.
Marianne Deconti seguía allí, tendida en el suelo, pero viva.
Aterrorizada, forcejeaba y lo golpeaba mientras él intentaba inmovilizarla.
La abofeteó. Sorprendida, pareció calmarse, aturdida.
Luego volvió a luchar por su vida. Le había clavado las uñas en los antebrazos.
El dolor lo obligó a soltarla, y las imágenes que se habían apoderado de su mente con tanta fuerza se desvanecieron y dejaron paso al cadáver de la joven.
Se subió las mangas y descubrió las profundas marcas que las uñas de Marianne Deconti le habían dejado en la carne.
Agotado, se tumbó junto a la mujer a la que había estrangulado.
Levantó los brazos y se miró las manos a la luz del día.
Las cerró, las volvió a abrir, estiró los dedos como un pianista antes de un concierto.
Su razón ya no podía ignorar la verdad. Era un asesino.
Sin embargo, el corazón le decía lo contrario.
Se sentía incapaz de infligir semejante sufrimiento a otra persona.
Seguía dándole vueltas cuando un grito resonó en el aprisco.
Por un momento, se preguntó si no sería un eco del pasado, pero comprendió que venía de fuera.
—¡Zoé!