El Clarividente Capítulo 16
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Capítulo 16

Zoé no quería dormirse. El ruido de la lluvia que golpeaba la carrocería la había mantenido despierta hasta entonces, pero su voluntad empezaba a flaquear.

Con la cara pegada al cristal frío de la ventanilla, escudriñaba la oscuridad.

Mirara donde mirara, solo había tinieblas.

Ni una luz en kilómetros a la redonda. Ni faros de coches, ni farolas, ni casas con las ventanas iluminadas, ni estrellas ni luna en el cielo que rugía sobre sus cabezas.

También la montaña había desaparecido, engullida por la noche.

Y, sin embargo, Zoé no podía dejar de pensar en Marianne Deconti, cuyo cuerpo yacía a apenas unas decenas de metros.

Marianne, que ya no tenía miedo, que ya no tenía hambre ni sueño ni…

—¿Tiene frío?

Ella dio un respingo, arrancada de sus pensamientos.

—Eh, no. Estoy bien.

—No es verdad. La oigo temblar.

Zoé oyó el roce de la tela y el chirrido de los muelles cuando él dejó el asiento del conductor y se pasó atrás, a su lado.

—La temperatura va a bajar todavía más —dijo en voz baja mientras se arrimaba a ella.

La rodeó con los brazos y la estrechó contra sí.

—Deje de luchar, Zoé —le susurró contra la mejilla—. Déjese llevar.

Ella cerró los ojos para contener las lágrimas.

Luego cayó en la cuenta de que él no podía verla llorar.

Y entonces, por primera vez desde el secuestro, pensó en Anthony.

Se preguntó si también estaría despierto, si estaría preocupado por ella.

Se había convertido en el hermano que nunca había tenido, alguien con quien contar en los momentos difíciles.

No siempre había sido así. Más bien al contrario.

Cuando Gabriela se lo presentó, le cayó mal al instante.

E incluso después de la boda, no había sido capaz de perdonarle que le hubiera robado a su hermana.

Al fin y al cabo, por él Gabriela se había quedado en Marsella en lugar de reunirse con ella en París, como habían acordado.

Ahora sabía que sin él nunca habría aguantado.

La desaparición de Gabriela los había unido.

¿Por qué tenía que estropearlo todo? Después de lo que había pasado en la habitación del hotel, se había jurado cortar con él por completo.

Y, sin embargo, en ese momento habría dado cualquier cosa por verle la cara una última vez.

Se lo imaginaba respondiendo a las preguntas de los periodistas, que hablarían de la joven y prometedora artista en que se había convertido en pocos años, una futura primera bailarina, según los entendidos.

Habría una foto; entrevistarían también a sus compañeros y a sus allegados.

El resultado sería un retrato poco halagador: el de una joven sin ataduras, devorada por la ambición en detrimento de su vida social y sentimental.

Una joven sin un hombre en su vida, al menos ninguno que contara de verdad, sin amigos de verdad, y cuya familia había terminado por resignarse a su ausencia.

Zoé sentía lástima por aquella idiota que se había olvidado de vivir.

Ni siquiera le quedaba la esperanza de salir con vida.

Había visto de lo que era capaz el hombre cuyo cuerpo calentaba el suyo al tiempo que le helaba la sangre.

Zoé escuchaba su respiración acompasada.

Poco a poco, vencida por el calor que desprendía, consiguió relajarse.

Cerró los ojos. Solo cinco minutos, se dijo.

Cuando volvió a abrirlos, el sol asomaba entre las nubes.

Se incorporó en el asiento y se dio cuenta de que estaba sola.

El aprisco , pensó con un escalofrío. Ha vuelto con Marianne.

Sin perder un instante, probó las manillas de las puertas una tras otra.

Entonces vio que él se había dejado las llaves puestas.

Era el momento que llevaba esperando. Pero había un problema, y no menor: seguía con las manos atadas.

Imposible conducir así. Miró a su alrededor.

La carretera. Era su única posibilidad de escapar.

Si se marchaba ya, le sacaría suficiente ventaja.

Se alejaría hasta no ser más que una silueta borrosa en el paisaje.

Él no podría adivinar hacia dónde había huido.

El chillido agudo de un ratonero que volaba en círculos sobre su cabeza le recordó que la muerte acechaba.

Zoé miró el camino que llevaba al aprisco.

Todo su ser le gritaba que huyera. Pero una pequeña parte de ella quería saber qué estaba haciendo él.

¿Y si había dicho la verdad? ¿Y si realmente era inocente?

Necesitaba comprobarlo. Incapaz de resistirse, se acercó con cautela y se apostó detrás del aprisco.

Se asomó a la rendija que separaba dos piedras.

Lo que vio entonces le dio la sensación de estar espiando el infierno por el ojo de una cerradura.