El Clarividente Capítulo 15
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Capítulo 15

—¿Seguro que no quiere un café? Lo acabo de hacer.

Anthony negó con la cabeza.

—¿Un té, quizá?

—Yo… no, estoy bien.

Se metió otra pastilla de menta en la boca para quitarse el regusto amargo de la bilis.

El brigada Gauthrie lo observó unos instantes más y luego se volvió hacia la pantalla del ordenador.

—Así que la señorita Rossi y usted han venido desde Marsella —prosiguió.

—Zoé vive en París. Pero vino a buscarme en cuanto se enteró de que habían encontrado otra víctima del Segador.

El gendarme tecleó esos últimos datos.

—¿Por qué cree que el cadáver que hemos encontrado en el bosque puede ser el de su mujer?

Anthony respiró hondo.

—Gabriela desapareció el año pasado, más o menos por estas fechas.

—Ya… Y supongo que las circunstancias de su desaparición fueron parecidas a las de las demás víctimas.

—Sí.

Anthony se recostó en la silla. No tenía ganas de revivir aquel día. Por suerte, el gendarme no le preguntó nada al respecto.

—Cuando se enteró de la noticia, Zoé se convenció de que solo podía ser Gabriela. Cogimos el primer avión desde Marsella y…

—¿Y?

Anthony estaba a punto de derrumbarse.

—No puedo perderla a ella también…

El gendarme le dio unos instantes para que se recompusiera.

—Lo que no entiendo es por qué no fueron directamente al depósito de cadáveres. Al fin y al cabo, lo que querían era identificar el cuerpo de la última víctima, ¿no?

—Eso es lo que teníamos pensado. Íbamos a ir juntos hoy.

—Entonces explíqueme por qué su cuñada salió a primera hora de la mañana para cruzar las Landas y presentarse en una escena del crimen donde ya no hay ningún cadáver.

—¿A primera hora de la mañana?

—El encargado del hotel tiene cámaras de videovigilancia en recepción. En las grabaciones se ve a la señorita Rossi salir poco antes de las seis. ¿Por qué tenía tanta prisa por ver la escena del crimen? ¿Y por qué no le pidió a usted que la acompañara?

Anthony suspiró. Sabía que no servía de nada mentir: su interlocutor ya disponía de cierta información. Información que quería contrastar para comprobar si Anthony le ocultaba la verdad.

—Discutimos —confesó—. Había bebido demasiado. Yo… Estaba agobiado por tener que ir al depósito a identificar el cuerpo. ¡Que estamos hablando de mi mujer, joder!

—Su mujer… ya. ¿Y puede explicarme por qué su cuñada y usted compartían habitación?

—Porque no quedaban habitaciones libres. Ya se lo he dicho: salimos con prisas. No habíamos reservado nada.

—Sin embargo, hoteles no faltan cerca del aeropuerto. Podrían haber probado suerte en otro.

Anthony apretó los puños. Había venido en busca de respuestas, no a que lo acribillaran a preguntas inútiles.

—Era tarde y, sinceramente, teníamos otras cosas en la cabeza. ¿Le vale o piensa seguir haciéndonos perder el tiempo a los dos?

—Disculpe. Solo intento entender en qué estado de ánimo se encontraba su cuñada.

Anthony ahuyentó las imágenes que le venían a la memoria.

Aquellas en las que estaban tumbados en el sofá.

Él encima de ella, las manos impacientes forcejeando con los botones de la blusa.

Aquellas en las que había cargado todo su peso sobre ella para inmovilizarla mientras le tapaba la boca con la suya y ahogaba sus gritos.

—Supongo que ella también estaba agobiada.

—¿Usted cree?

—Zoé no se abre fácilmente.

El gendarme se arrellanó en el sillón, con las manos cruzadas sobre el vientre, como tras una comida demasiado copiosa; solo que lo que digería eran los datos de que disponía.

Anthony tenía ganas de gritar. Todo era culpa suya.

Tendría que haber estado allí. ¡Mierda! Era toda la familia que le quedaba.

En lugar de eso, había traicionado su confianza y ella había preferido marcharse sin él.

Pero había una pregunta. Una pregunta que seguía sin respuesta.

¿Por qué había ido Zoé al lugar del crimen si allí ya no quedaba nada que encontrar?

—¿A qué se dedica su cuñada? En la vida, quiero decir.

—Eh… es bailarina.

—¿Bailarina? ¿Como su mujer?

—No, Gabriela daba clases de zumba en un gimnasio. Zoé baila en la Ópera. Ballet clásico, ya sabe. No es exactamente lo mismo.

El policía asintió como si entendiera del tema.

—¿Eso tiene algo que ver con la investigación? —preguntó Anthony.

—No, no, no creo. Simple curiosidad. ¿Y dice que su cuñada fue desde París a buscarlo a Marsella? —continuó el brigada, todavía pensativo.

—Sí. Se presentó en mi casa sin avisar y me metió prisa para que la acompañara a Burdeos.

—Lo que yo pensaba. Así que fue ella quien le dio la noticia.

—Sí. ¿Y qué?

—Y… ¿cuándo fue eso exactamente?

—Ayer por la tarde. Apenas me dio tiempo a meter cuatro cosas en una bolsa antes de salir para el aeropuerto. ¿Por qué? ¿Qué pasa?

El rostro del gendarme se volvió indescifrable.

—Es que el hallazgo del cadáver no se hizo público hasta anoche, en el telediario de las ocho. Lo he comprobado.

Anthony se quedó callado unos instantes.

—A lo mejor se filtró en las redes sociales —sugirió—. No sería la primera vez que a los periodistas se les adelanta cualquier curioso con un móvil y una cuenta de Twitter.

—Cierto… Pero usted ya ha visto el sitio. Aparte de la persona que hizo el macabro hallazgo, no veo quién más pudo estar allí.

—Una persona basta y sobra para armar revuelo en Internet.

—Lo dudo. La persona en cuestión es un profesor de Ciencias Naturales jubilado, un apasionado de la ornitología que había salido en busca de un pájaro con un nombre latino impronunciable.

No esperaba encontrarse con el cadáver de una mujer.

Quedó muy afectado y, en mi opinión, todavía no se ha recuperado.

Por supuesto, pudo comentarlo con sus allegados, pero, aun suponiendo que alguno de ellos hubiera colgado la noticia en Internet, no veo cómo habría llegado a su cuñada en tan poco tiempo.

Los dos hombres guardaron silencio, dándole vueltas a la cuestión.

—Espere un momento —dijo Anthony—. Zoé tiene una página de Facebook y también una cuenta de Twitter.

—¿Cree que alguien pudo ponerse en contacto con ella por ahí?

Anthony asintió.

—Dos meses después de la desaparición de Gabriela, decidió colgar en Internet llamamientos a testigos.

—Bien, vamos a comprobarlo ahora mismo.

Poco después, Anthony, pálido como la muerte, observaba cómo el gendarme llamaba al laboratorio de Criminalística de Burdeos.