El Clarividente Capítulo 14
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Capítulo 14

La puerta de madera carcomida batía al compás del viento, como si los invitara a entrar.

Zoé ya no conseguía dominar los latidos del corazón.

Los pájaros que habían anidado en los restos del tejado alzaron el vuelo en un batir de alas.

Una pluma giró despacio, trazando arabescos, antes de posarse en el suelo, donde yacía una mujer.

Tumbada boca arriba, medio desnuda, con la falda subida hasta la cintura.

Varias capas de film transparente le ocultaban el rostro.

Había forcejeado y, en un último espasmo, había clavado los dedos en la tierra, desesperada por aferrarse a la vida. Zoé se acercó temblando.

—Yo no he hecho eso —dijo la voz a su espalda—. Tiene que creerme. Yo nunca habría hecho algo así.

Se volvió para mirarlo. Un velo vidrioso había apagado el azul de sus ojos.

—No lo recuerda, que es distinto.

Él suspiró.

—¿Es su hermana?

Zoé dio unos pasos más hacia el cadáver.

—No —dijo al cabo de unos instantes, sin saber si se sentía decepcionada o aliviada—. Gabriela tiene una mancha de nacimiento en el muslo izquierdo.

Se estremeció cuando él le puso la mano en el hombro, pero no intentó apartarla. Por encima de sus cabezas, a través del techo destrozado del aprisco, empezaban a caer gotas de lluvia. Los indicios se perderían.

—Ayúdeme —dijo ella mientras agarraba la lona con las manos atadas.

Cubrieron el cuerpo y corrieron a refugiarse en el coche. Él arrancó enseguida. Desde el asiento trasero, Zoé no apartaba la mirada de su nuca mientras él maniobraba por el camino embarrado. El coche avanzó despacio y rodeó el aprisco. Luego, de pronto, se detuvieron.

—Necesito pensar —anunció él, sin apagar el motor.

Los limpiaparabrisas iban y venían como un metrónomo. Empezaba a anochecer cuando él rompió el silencio.

—Esperaremos aquí.

—¿Esperar a qué?

—Querrá decir a quién . A él, claro. Al hombre que asesinó a Marianne. No pudo terminar lo que pensaba hacer con el cadáver.

Zoé lo miraba perpleja, aunque también con curiosidad por lo que pudiera decirle.

—¿Y qué pensaba hacer?

—Trasladarlo a otro sitio. Aquí es donde mató a Marianne, pero nunca deja la cabeza en la escena del crimen. ¿No es eso lo que decían los periódicos?

—Así es —asintió ella, cada vez más intrigada—. Pero ¿por qué cree que no llevó a cabo su plan?

Él sonrió.

—Por un imprevisto. Algo lo interrumpió. O, mejor dicho, alguien.

Ella empezaba a entender adónde quería llegar.

—¿Y ese alguien sería usted?

—Sí. Yo. Yo no entraba en sus planes. Quizá lo sorprendí. Quizá fue él quien me golpeó en la cabeza.

Se palpó la herida de la coronilla, como si necesitara convencerse.

Zoé se moría de ganas de creer esa versión, pero había varios detalles que no encajaban.

Para empezar, ¿qué hacía él en el lugar del crimen?

Estaban a kilómetros de cualquier rastro de actividad humana, así que le costaba creer que hubiera pasado por allí por casualidad.

Aun así, se esforzó por imaginarlo. Suponiendo que hubiera tratado de impedir el asesinato, ¿por qué el asesino de Marianne no lo había matado también a él, en lugar de dejarlo con vida para que pudiera declarar?

No tenía sentido, pero Zoé se guardó las objeciones.

Eso sí, en algo había cambiado de opinión.

Ahora le creía cuando decía que no recordaba quién era.