El Clarividente Capítulo 13
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Capítulo 13

El coche frenaba y volvía a acelerar en cada curva.

No dejaba de girar y de subir. Una carretera de montaña, pensó Zoé, y comprendió que la llevaba al escenario de un asesinato.

¿El suyo? Ahora estaba segura. Le había llegado el turno e iba a correr la misma suerte que todas las demás.

Con la cara hundida en una de las almohadas, oía su respiración entrecortada.

Si no se calmaba, podía ahogarse con su propia saliva.

¡Por favor, que alguien me ayude! Eso habría gritado si no hubiera tenido los labios sellados con cinta americana.

Empezó a temblar. No podía controlarlo. Seguía temblando cuando el coche se detuvo.

El maletero se abrió. Parpadeó varias veces.

Una silueta se recortaba contra el cielo gris.

El hombre que la había secuestrado la observaba con expresión indescifrable.

Le quitó la cinta americana. Con delicadeza. ¿Para no hacerle daño?

—¿Está bien?

Zoé no se molestó en responder. Él suspiró y empezó a desatarla.

—Voy a soltarle las piernas. No haga ninguna tontería.

La ayudó a ponerse de pie. Las montañas se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Era tan hermoso que, por un instante, olvidó por qué la había llevado hasta allí.

—¿Dónde estamos?

—No estoy muy seguro.

Le señaló un camino empinado que se adentraba en la vegetación.

—Será mejor que vayamos antes de que anochezca.

El alivio que sintió al estirar las piernas entumecidas la hizo sonreír a su pesar.

Hasta que notó el cañón de la Sig Sauer contra las costillas y, para su sorpresa, que temblaba levemente.

Echaron a andar, al compás de su respiración, cada vez más agitada, y del ruido de las piedras que rodaban bajo sus zapatos.

—¿Queda lejos? —preguntó ella entre jadeos.

Él levantó el brazo y señaló con el índice una pequeña construcción de piedra.

Vista de cerca, parecía una ruina a punto de desmoronarse al menor soplo de viento.

Zoé lo vio agacharse y rozar la hierba con los dedos.

Apoyó la palma de la mano en el suelo, como si intentara tomarle el pulso a la tierra.

El viento le agitaba el pelo rubio, que a Zoé le recordó el trigo dorado por el sol.

Él se volvió y la sorprendió observándolo.

—Aquí fue donde recobré el conocimiento —dijo.

Zoé se estremeció, y no tanto por el aire fresco que soplaba en la montaña como por lo que sabía del perfil del asesino. Si el hombre que la había secuestrado era de verdad el asesino, el cadáver de Marianne Deconti estaba cerca.

Como si le hubiera leído el pensamiento, él se incorporó y miró a su alrededor. Su mirada se detuvo en el aprisco.

Zoé sintió un escalofrío.

—¿Recuerda algo más?

—Todavía no —respondió él antes de encaminarse hacia las ruinas.

Cuando desapareció en el interior, Zoé contuvo el aliento.

Se sorprendió deseando que aquella construcción destartalada se le viniera encima, pero lo que presenció fue muy distinto.

Y la desconcertó, porque apenas llevaba unos segundos dentro cuando reapareció en la puerta, lívido.

Avanzó unos metros tambaleándose y se detuvo.

Doblado en dos, vomitaba. Zoé se quedó petrificada.

¡Vete! ¡Huye! , le decía una voz. Pero su cuerpo ya no respondía.

Solo era capaz de contemplar cómo aquel hombre echaba las tripas.

Cuando él levantó la cabeza hacia ella, tenía los ojos llenos de lágrimas.

¿Qué significaba aquello? Se limpió la boca con el dorso de la mano, se enderezó y se acercó a ella.

—¿Es Marianne? —preguntó Zoé cuando lo tuvo delante—. ¡Conteste!

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Hay un cadáver, pero la cara…

Cerró los ojos y sacudió la cabeza como si quisiera borrar de su mente lo que había visto. Pero Zoé necesitaba saberlo.

—No le he visto la cara —respondió al fin—. Ha sido horrible.

Le brillaban los ojos como si estuviera a punto de echarse a llorar.

No significa nada , se dijo Zoé, que se negaba a ver en ello emoción alguna.

Los asesinos de su calaña no sentían nada, salvo la excitación de hacer realidad sus fantasías.

No. Todo aquello no era más que una farsa montada para ella. Intentaba sembrar la duda en ella.

—Quiero verla —dijo con todo el aplomo que fue capaz de reunir.

—¿Qué dice?

—Digo que quiero verla. Lo necesito.

Él se volvió hacia el aprisco.

—¿Cree que podría ser su hermana?

—Bueno, solo hay una forma de averiguarlo.