El Clarividente Capítulo 11
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Capítulo 11

Tumbada en el maletero, con las rodillas dobladas y las muñecas atadas a la espalda, Zoé esperaba a que volviera.

El olor a gasolina y a caucho quemado que le subía por la nariz se estaba volviendo insoportable.

Ojalá pudiera respirar por la boca… pero la mordaza, reforzada con cinta americana, la condenaba a inhalar bocanadas de un aire nauseabundo.

Allí, a oscuras, oía su propia respiración, cada vez más entrecortada.

Él tenía razón. Le había aconsejado que no malgastara el aliento.

Y, dicho esto, había cerrado el maletero.

Como se cierra la tapa de un ataúd. Enseguida la asaltaron las imágenes.

Cuerpos en descomposición, esqueletos. Hombres y mujeres de los que narcotraficantes o maridos celosos habían intentado deshacerse.

Tantos cadáveres hallados en maleteros de coches, tirados en un barranco, ocultos bajo las ramas en un bosque, en el fondo de un lago o sencillamente abandonados en el aparcamiento de un centro comercial.

Aunque sabía que el hombre que la había secuestrado le reservaba algo mucho más sofisticado, no podía dejar de pensar en esas noticias que salían a menudo en las páginas de sucesos de la prensa local.

¿Y si no volvía?, se preguntó al cabo de un rato que se le hizo eterno.

¿Y si la policía la encontraba a ella también encerrada en aquel maletero, cuando el hedor de su cadáver acabara por llamar la atención?

Zoé quiso gritar y estuvo a punto de atragantarse con su propia saliva.

El miedo se adueñó de su mente y barrió cualquier pensamiento racional.

Como un animal atrapado, forcejeaba y se dejaba las últimas fuerzas en una lucha perdida de antemano.

Se le nublaban las ideas. Sin duda, por la falta de oxígeno.

No podía respirar; el corazón le latía tan deprisa y tan fuerte que le dolía.

Pero no era la misma sensación que cuando se desplomaba entre bambalinas en la Ópera e intentaba recobrar el aliento sin hacer ruido para no molestar a los bailarines que la habían relevado en el escenario.

Eso era lo que les habían enseñado. Nunca mostrar el sufrimiento, nunca dejar ver al público que cuesta; sonreír, siempre, una y otra vez, mientras los músculos y los tendones te someten a un martirio.

Se le había convertido en una segunda naturaleza.

Entonces, en un último arranque de lucidez, se quedó inmóvil.

El corazón se le apaciguó, la respiración se le acompasó.

La calma que precede a la tormenta, porque otro ataque de pánico amenazaba ya con apoderarse de ella.

Intentó pensar en las canciones que habían acompañado su infancia, pero lo único que recordaba era la voz de su padre, por la noche, cuando volvía del trabajo y le gritaba a su madre.

Eso y su uniforme de un azul tan intenso que casi parecía negro, el ruido de sus botas al recorrer el piso, el cinturón de cuero que se le vencía sobre la cadera derecha por el peso del arma reglamentaria y, sobre todo, el brillo de los galones, que a sus ojos de niña lo convertían en un caballero de cuento de hadas.

Su padre era policía. Un buen policía, pero un marido violento que había marcado su existencia hasta que, años después, a los once, ella se subió a un tren.

Destino: Nanterre. Allí, en esa ciudad de la Isla de Francia, a varios cientos de kilómetros de su casa, estaba la Escuela de Danza de la Ópera de París.

Para entrar había que superar una prueba de acceso, y Zoé, que rozaba ya la edad límite para presentarse, no tendría una segunda oportunidad.

A menudo, en los cuentos de hadas, la triste suerte de la heroína daba un giro repentino gracias a la intervención de un hada madrina.

Su hada madrina fue Gabriela, su hermana mayor, que, en cuanto volvía del instituto, la hacía ensayar a escondidas con la esperanza de que triunfara donde ella había fracasado.

Hasta entonces, Zoé nunca se había planteado la danza como una profesión.

Al principio la había elegido porque Gabriela bailaba.

Era una manera como otra cualquiera de desahogarse, de olvidar todas sus preocupaciones.

Si lo consigues, te irás a un internado, ¿entiendes?

Ya no tendrás que vivir aquí, le había dicho Gabriela para motivarla.

¿Irse de casa? ¿Lejos de los golpes y los gritos?

La idea era muy tentadora. De modo que durante todo un año se preparó para la prueba de acceso a la prestigiosa institución, y no dudó en renunciar a las tostadas con Nutella y a otras golosinas para perder los pocos cientos de gramos de más que, dadas su estatura y su edad, la habrían descalificado automáticamente.

Lo consiguió por los pelos: quedó entre las últimas de su categoría.

No importaba, le dijo su hermana, que siempre le veía el lado bueno a todo; eso solo significaba que aún tenía mucho margen de mejora, y Zoé se esforzó por no contradecirla.

Los años siguientes fueron de los más bonitos de su vida.

También de los más duros, porque la competencia por conservar la plaza era feroz.

Y en los momentos de duda, mientras los demás alumnos llamaban a su madre, Zoé llamaba a su hermana mayor.

Gabriela, siempre, cuya alegría y fe en el futuro le daban fuerzas para superar todos los obstáculos.

Así que, cuando sus padres tuvieron por fin la buena idea de divorciarse, Zoé ya no concebía la vida fuera del escenario de la Ópera.

Seré primera bailarina, le había prometido solemnemente a su hermana.

Zoé sintió que unas lágrimas calientes le resbalaban por las mejillas y se perdían en algún punto entre los pliegues de las mantas que la envolvían como un capullo.

Ya nada importaba. Iba a morir. Quizá volvería a ver a Gabriela; quizá estaría allí, esperándola al final del túnel, en la luz, con la ropa de correr que llevaba el día que desapareció.

¿Qué le diría? A falta de palabras, Zoé se puso a tararear, como cuando tenía ocho años y se acurrucaba en los brazos de su hermana mientras sus padres discutían en la habitación de al lado.

No era ninguna melodía conocida, pero la vibración de su voz, pese a la mordaza, bastaba para calmarla.

Se sentía como un gato que ronronea para aplacar sus angustias.

Por cierto, ¿qué angustias podía tener un gato?

Su mente divagó así durante un tiempo interminable, hasta que un ruido la sobresaltó.

Una puerta que se abre y se cierra. La sacudida de la carrocería con las vibraciones del motor que acaba de arrancar y, luego, el crujido de los neumáticos sobre la grava.

El monstruo había vuelto. No había motivo para alegrarse y, sin embargo, al contrario de lo que solía ocurrir en los cuentos de hadas, sintió un alivio sincero, tal vez incluso algo parecido a la gratitud. Ya no estaba sola. Él había vuelto.