El Clarividente Capítulo 10
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Capítulo 10

«Dentro de cuatrocientos metros, gire a la derecha».

Inclinado hacia el parabrisas, observó el conjunto de edificios que acababa de aparecer al final del bulevar.

Hasta entonces, Niza, o al menos el trayecto que le había marcado el GPS, no le había resultado familiar.

Ahora era distinto. Estaba seguro de haber estado allí antes.

El hospital Pasteur quedaba en las afueras, a menos de veinte minutos de la casa de Marianne Deconti.

Allí se habían conocido. Sin embargo, su mente no guardaba ningún recuerdo concreto, solo impresiones confusas.

«Ha llegado a su destino». El tictac del intermitente resonaba en el habitáculo como el de una bomba a punto de estallar.

Con las manos crispadas sobre el volante, no se decidía a entrar en el aparcamiento.

Sonó un claxon. El conductor de detrás gesticulaba con impaciencia y le hacía señas para que avanzara.

Sin pensarlo siquiera, pisó a fondo el acelerador.

El coche salió disparado con un chirrido de neumáticos.

Metió una marcha más y enfiló la avenida que llevaba a la salida de la ciudad.

Hizo caso omiso de los bocinazos y de las miradas de los transeúntes cuando se saltó un semáforo en rojo en pleno cruce.

Toda su atención estaba puesta en el pequeño retrovisor, donde el hospital había desaparecido por fin.

Entonces, jadeante, como si acabara de hacer un esprint, redujo la velocidad y terminó por detenerse junto a la acera.

El instinto le ordenaba volver a la carretera, salir de la ciudad sin mirar atrás.

Pero ¿adónde iría? Mientras lo pensaba, cruzó la mirada con una anciana que esperaba el autobús sentada al otro lado de la calle.

Le sonrió. Ella apartó la vista. ¿Y ahora qué?

Si daba media vuelta en ese momento, llamaría todavía más la atención.

Por otro lado, necesitaba saber quién era, y para eso tenía que volver al hospital, a riesgo de parecer aún más sospechoso a ojos de una amable abuelita.

Seguía sopesando los pros y los contras cuando sus ojos se posaron en la parada.

Estaba vacía. Un vistazo al retrovisor le mostró el autobús, que se alejaba con la anciana a bordo.

Esperó unos instantes más, por si el autobús se detenía; el tiempo justo para que el conductor avisara a la policía de que un individuo extraño merodeaba por la ciudad.

Pero el autobús se perdió entre el tráfico, y sus miedos con él.

Arrancó. Sin atender a las indicaciones del GPS, decidió explorar los alrededores del hospital en busca de un sitio discreto donde aparcar.

Lo encontró a unos cientos de metros, al otro lado del Paillon, el río que partía la ciudad en dos.

Aparcó en una zona de almacenes, cerca de una estación de clasificación.

Allí, a salvo de miradas indiscretas, abrió el maletero.

Zoé Rossi estaba tumbada de lado sobre varias capas de mantas, con la espalda apoyada en dos almohadas que él había colocado con cuidado contra los salientes de la carrocería para amortiguar los golpes.

Pero, a juzgar por su mirada, ella no se lo agradecía precisamente.

—Estamos cerca del hospital —dijo—. Voy a seguir a pie. No tardaré mucho.

Ella seguía retorciéndose, pese a las vueltas de cinta americana que le rodeaban los tobillos y las muñecas. Comprobó que las ataduras aguantaban y, sobre todo, la mordaza, que le impedía proferir con claridad los insultos que, de todos modos, él adivinaba.

—No hay nadie por aquí, así que yo, en su lugar, ahorraría aliento. Siento mucho tener que hacerle esto —añadió antes de cerrar el maletero.

Miró a su alrededor. Primero, las montañas.

Omnipresentes, formaban una muralla natural en torno a aquella ciudad que no conocía.

Más cerca, un tren de mercancías avanzaba despacio por la vía.

Todavía no veía el hospital, pero sabía que bastaba con seguir recto.

Estaba a diez minutos a pie. Diez minutos, y por fin tendría respuestas.

Acababa de pasar por delante de una funeraria cuando aflojó el paso.

Tenía la impresión de que su frecuencia cardíaca era inversamente proporcional a la distancia que lo separaba del hospital.

Cuanto más se acercaba, más protestaba su corazón.

Prisionero de la caja torácica, daba brincos, se encogía y le cortaba la respiración para obligarlo a dar media vuelta, a alejarse de aquel lugar todo lo posible, a huir.

¿Huir? No. Esta vez no. Poco después se detuvo ante la entrada del hospital.

Solo le quedaban unos metros, pero las piernas se negaban a obedecerle.

¿Cómo iba a hacerlo? ¿Presentarse en recepción y preguntar si alguien lo conocía?

Corría el riesgo de acabar ingresado en Psiquiatría.

¿Sentarse en el vestíbulo y esperar a que alguien lo reconociera?

Podía pasarse allí el día entero; acabarían encontrando extraño su comportamiento y terminaría igualmente en Psiquiatría o en comisaría.

Intentaba dar con otras opciones cuando se abrieron las puertas correderas.

Al ver a los dos hombres que acababan de aparecer ante él, comprendió que había cometido un error terrible.

Con bata blanca y el estetoscopio colgado del cuello, estaban demasiado absortos en su conversación para fijarse en él.

Él, en cambio, no podía apartar los ojos de ellos.

De repente, las batas se habían vuelto de un rojo intenso, como si las hubieran empapado en sangre fresca.

Un olor que habría reconocido entre mil.

Los árboles eran rojos. El cielo era rojo.

El hospital entero desapareció bajo una marea roja y pegajosa.

Y ahora la ola amenazaba con arrastrarlo también a él.