El Clarividente Capítulo 9
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Capítulo 9

Sentado en la parte trasera de la Kangoo de la Gendarmería, Anthony intentaba concentrarse en lo que le decía el brigada Gauthrie, de la brigada de investigación.

—¿Lo reconoce? —le preguntó, y le tendió una bolsa de plástico transparente.

Anthony la cogió con ambas manos. Era una pesadilla. Solo podía ser eso.

—Es el móvil de Zoé.

Sin sacarlo de la bolsa, intentó encenderlo.

—Ya lo hemos intentado —dijo el gendarme—. Se ha quedado sin batería.

Alargó la mano para que se lo devolviera.

—¿Puede decirme qué hacía su cuñada a más de ciento cincuenta kilómetros de su hotel?

—Yo… No lo sé.

—¿Había quedado con alguien aquí?

—¿Qué?

—Había un segundo vehículo aparcado cerca del Peugeot. Nuestros expertos creen que era un todoterreno. Todavía no sabemos la marca ni el modelo, pero hemos podido sacar un molde de las huellas de los neumáticos.

Anthony no entendía nada de lo que le decía el gendarme. Nada de aquello tenía sentido. A menos que…

—Escuche, señor Lavera, no voy a ocultarle que la situación pinta mal. Creemos que han agredido a su cuñada. Puede que incluso esté herida.

O algo peor , pensó Anthony, sin atreverse a decirlo en voz alta.

—De momento, centramos la búsqueda en los alrededores.

—¿Cree que Zoé podría seguir en el bosque?

—Hemos encontrado su móvil a unos diez metros de la carretera, así que es probable que se adentrara en él. La cuestión es si iba sola.

La alternativa ponía los pelos de punta. El bosque cercano ofrecía un lugar a salvo de miradas y, por ahora, la hipótesis más probable era que se hubieran llevado a Zoé hasta allí a la fuerza. Y allí había que buscarla.

—¿De verdad no le comentó nada? —insistió el brigada Gauthrie.

Anthony negó con la cabeza, desconcertado.

Por mucho que tuviera el Peugeot delante de los ojos, seguía sin poder creerlo.

Buscó respuestas con la mirada: primero en los técnicos de Criminalística, ocupados en recoger pruebas; luego en el bosque, silencioso e impenetrable; y por último en un pequeño grupo de jóvenes, tres chicos y una chica, que fumaban apoyados en un Golf de segunda mano mientras esperaban a que los agentes los dejaran marcharse.

—Fueron ellos los que dieron el aviso —explicó el gendarme—. Por aquí no suele pasar mucha gente, y menos en esta época del año.

A Anthony no le costaba creerlo. La carretera, una simple cinta de asfalto, serpenteaba por un bosque tan denso y frondoso que le resultaba imposible imaginar que alguien fuera hasta allí por gusto.

—De no ser por las noticias —prosiguió el brigada—, podrían haber pasado días antes de que alguien reparara en el coche.

—¿Las noticias?

—¡Pues claro! Una escena del crimen siempre atrae a los curiosos. ¿No sería eso lo que trajo a su cuñada hasta aquí? ¿Usted qué opina?

Anthony sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.

—¿Es aquí donde encontraron a la cuarta víctima del Segador?

El gendarme no le quitaba los ojos de encima.

—Señor Lavera, ¿por qué no me cuenta de una vez lo que sabe?

Anthony suspiró.

—La cuarta víctima… podría ser mi mujer, Gabriela.