Capítulo 8
Como un espectro que sale de su tumba, Zoé emergió de las profundidades del sótano.
Por miedo a que la deslumbrara la luz del día, levantó los brazos en un acto reflejo.
Precaución inútil. Todas las cortinas estaban corridas.
La casa permanecía sumida en la penumbra.
Zoé miró a su alrededor. La decoración tenía un toque decididamente femenino.
—¿En casa de quién estamos? —preguntó.
—En casa de Marianne Deconti.
Pensó en la mujer que había compartido su celda antes de que él se la llevara. Probablemente muerta.
—La conocía —añadió él.
Zoé se estremeció.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Tengo esa impresión. Nada más —respondió él.
—¿Una impresión?
—Ya lo sé, no basta. Hacen falta pruebas.
Zoé recorrió la estancia con la mirada. El salón estaba tan revuelto como después de un robo, solo que los objetos de valor seguían desperdigados por el suelo. Saltaba a la vista que él ya había registrado la casa a fondo.
—De acuerdo. Lo ayudaré.
Había decidido dejar de tutearlo. Seguía sin creerse la historia de la amnesia, pero necesitaba ganar tiempo.
Esa era la estrategia que se había propuesto seguir.
Mientras le hiciera creer que él tenía el control, que la dominaba, no correría ningún peligro.
Al menos, eso había leído en uno de los muchos libros sobre asesinos en serie.
Había llegado el momento de poner a prueba la teoría.
—Sería más fácil si tuviera las manos libres —añadió, convencida de que él se negaría.
Él se acercó, le examinó las muñecas, unidas por varias vueltas de cinta americana, y buscó un extremo del que tirar. En vano.
—¿Y cómo se supone que voy a hacerlo?
—Seguro que hay un cúter por aquí. Debe de formar parte del kit del asesino.
—¿Un qué?
—El kit del asesino. Cadenas, tenazas, alicates, cinta americana, quizá bolsas de basura, un trapo para la mordaza y otro para la venda, una pala, un pico…
Él puso los ojos en blanco.
—Venga, tengo una idea mejor.
La arrastró hasta la cocina. Allí, como en el salón, a Zoé le llamó la atención el desorden.
Casi todos los cajones estaban en el suelo, con el contenido desparramado.
Él removió con la punta del zapato los cubiertos y demás utensilios de cocina.
Zoé lo vio dudar entre unas tijeras de punta roma y un cuchillo. Se decidió por el cuchillo.
—Acérquese. Ponga las manos aquí.
Mientras él le sujetaba las muñecas sobre la encimera, ella apartó la mirada. La cinta estaba tan ceñida que no veía cómo iba a cortarla sin rajarle la piel.
—¿Está lista?
Ella se limitó a asentir.
—Bien, allá voy. ¡No se mueva!
Zoé lo miraba con una mezcla de aprensión y curiosidad. No estaba del todo segura, pero habría jurado que la idea de hacerle daño lo ponía tan nervioso como a ella.
Al tercer intento, la cinta cedió y Zoé recuperó la libertad de movimientos. Durante un breve instante, se planteó huir. Podía empujarlo y alcanzar la puerta de la calle en pocos pasos. Pero, si estaba cerrada con llave, él la atraparía.
—Ni se le ocurra —dijo él, como si le hubiera leído el pensamiento.
La estaba apuntando con una pistola. Zoé reconoció el arma reglamentaria que le había cogido prestada a Anthony.
—No dudaré en usarla, créame. No quiero hacerlo, pero si intenta algo…
La última vez que había visto a alguien empuñar un arma con tan poca soltura había sido en el espejo del salón: ella misma, mientras Anthony le daba un curso acelerado de manejo de pistola.
La diferencia era que, esta vez, el seguro estaba quitado.
Levantó las manos en señal de rendición.
Que él no hubiera disparado nunca en su vida no significaba que no pudiera darle.
Mejor no tentar a la suerte del principiante.
Volvieron al salón. Dejando aparte el desorden, estaba amueblado con buen gusto.
Un nido acogedor para una mujer que vivía sola.
Porque, mirara donde mirara, se adivinaba una mano femenina.
En la elección de las cortinas, en los tonos pastel de las paredes y, sobre todo, en los detalles decorativos, como aquel jarrón de cristal o aquellos candelabros de colores.
Dio unos pasos, consciente de que el cañón de la Sig Sauer seguía cada uno de sus movimientos.
—¿Ha mirado en este escritorio? —preguntó, volviéndose hacia él.
Él se había sentado en el brazo del sofá y la apuntaba con la pistola sin mucha convicción.
—Sí, solo hay facturas. Papeleo.
—¿Puedo echar un vistazo?
Él se encogió de hombros.
—Usted es la experta en registros.
Ella se quedó paralizada. ¿La experta en registros?
¿De dónde había sacado eso? ¡La Sig Sauer de Anthony!
Creía que era policía. La cabeza empezó a funcionarle a toda máquina.
Tenía que decidirse rápido. ¿Dejar que siguiera equivocado?
¿O sacarlo de su error ahora mismo? No soy policía, soy bailarina de la Ópera de París, con los días contados…
No. Pensándolo bien, mejor seguir siendo policía.
—¿Zoé?
—Eh, sí, perdone. Deformación profesional. Verá, registrar las cosas de alguien sin una orden firmada por el juez del distrito es allanamiento de morada.
Él arqueó las cejas.
—¿El juez del distrito?
¡Pillada! ¡Malditas series americanas!
—Sin un auto judicial, quiero decir. En fin, ya me entiende.
Abrió el cajón grande que ocupaba todo el ancho del mueble y encontró un revoltijo de sobres y papeles de todo tipo. Casi todo facturas, como él había dicho, pero también recetas médicas antiguas.
—Le recetaron paroxetina —leyó Zoé.
—Es un antidepresivo —dijo él sin pensar—. También se receta para ciertos trastornos obsesivo-compulsivos.
—Habla como un médico.
Él se encogió de hombros.
—Puede que lo sea.
Ella dejó la receta y cogió un sobre sin abrir. Dentro había una nómina. En la esquina superior derecha figuraba la dirección del empleador.
—Trabaja en el hospital Pasteur —dijo ella.
Volvió a leer la dirección. 30, voie Romaine, 06000 Niza. ¿Niza? Eso quedaba a más de ochocientos kilómetros del bosque de las Landas, pensó, y se esforzó por disimular la inquietud. Había viajado durante ocho horas y no recordaba nada. ¿La había drogado?
—Quizá yo también trabaje allí. Eso explicaría que sepa algo de luxaciones y medicamentos.
Por primera vez, Zoé empezó a dudar. ¿Se había equivocado con él? ¿Era Marianne Deconti una compañera de trabajo, una amiga?
—Podríamos ir al hospital a ver si alguien lo reconoce —propuso.
Unos instantes después, Zoé vio cómo la tapa del maletero se cerraba sobre ella. Atada y amordazada, como lo había estado Marianne Deconti unas horas antes.