Capítulo 7
Con la espalda pegada a la pared húmeda, Zoé lo vio bajar la escalera.
Cuando llegó frente a ella, tuvo que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos.
Ojos azules en los que se habían perdido sus víctimas.
Llevaba una bandeja en las manos. Cuando se arrodilló a su lado, ella se echó hacia atrás y se golpeó la cabeza contra la pared de bloques de hormigón.
Él dejó la bandeja en el suelo y se sentó con las piernas cruzadas. Ahora estaban a la misma altura.
—No grite —le dijo antes de quitarle la mordaza.
Ella tosió y se limpió la saliva con la manga.
—De todos modos, no serviría de nada —respondió sin apartar la mirada—. Nadie puede oírme.
Él suspiró.
—Tome, beba un poco de agua.
Le acercó el vaso a los labios. Zoé no se hizo de rogar. No había bebido ni una gota desde que había recobrado el conocimiento en aquel sótano, hacía ya varias horas. Bebió con tanta avidez que el agua se le fue por mal sitio y empezó a toser violentamente.
—Tranquila —le dijo él, y la rodeó con los brazos para contener las sacudidas de su cuerpo.
Con una mano, le dio unos golpecitos suaves entre los omóplatos.
—¿Se encuentra bien?
Tenía la voz dulce, y su aliento cálido le rozó la mejilla. Ella se tensó.
—Estaría mejor si me desatara.
Solo los separaban unos centímetros.
—Lo siento, pero aún es demasiado pronto. La soltaré cuando sienta que me cree.
—¡Pero si le creo!
Él negó despacio con la cabeza.
—Miente. Todavía le doy miedo, lo veo perfectamente.
—¡No me das miedo! —le espetó ella—. ¡Me das asco!
Sus palabras resonaron en el sótano y luego se hizo de nuevo el silencio.
Él volvió la cabeza, de modo que Zoé no pudo ver la expresión de su cara.
Estaba jugando con fuego y lo sabía. Pero ignoraba qué actitud le convenía adoptar.
¿Debía mostrarse pasiva y obediente? ¿O rebelde, dispuesta a luchar por sobrevivir?
¿Cuál de las dos le salvaría la vida? Supongo que pronto lo sabré , pensó mientras él se giraba para coger algo de la bandeja.
Esperaba que le enseñara un cuchillo bien afilado para dejarle claro quién mandaba allí, pero lo que tenía en la mano era una caja de medicamentos.
Sacó dos comprimidos del blíster y se los echó en la palma de la mano.
—Los he encontrado en su bolso —dijo, como si fuera lo más natural del mundo—. He pensado que los necesitaba.
Zoé miró los comprimidos naranja que tomaba con regularidad desde hacía un mes.
Nadie lo sabía, salvo ella y su neurólogo.
Si llegaba a saberse, ya podía despedirse de su carrera en la danza.
Ninguna compañía se arriesgaría a sacar a escena a una bailarina que podía sufrir una crisis epiléptica en plena función.
—¿Son suyos?
Se mordió el labio, indecisa.
—No me mienta. Es peligroso interrumpir el tratamiento. Su médico ya se lo habrá dicho.
Ella bajó la mirada y asintió. Luego, como una niña obediente, abrió la boca. El primer comprimido pasó sin problemas, pero con el segundo estuvo a punto de atragantarse. Él le dio un poco más de agua.
—Escuche, los dos estamos metidos en una situación que nos supera. Le aseguro que no soy el hombre que la secuestró. Tiene que confiar en mí.
Zoé le escrutó la cara en busca de la menor señal de que mentía. Estaba convencida de que jugaba con ella. Todo aquello no era más que otra escena de un juego de rol en el que él dirigía la partida.
—¿Has recuperado la memoria? —le preguntó.
—No.
Le pareció que titubeaba.
—Entonces, ¿por qué iba a confiar en ti?
—Bueno, para empezar, no siento la necesidad de matarla.
—Qué tranquilidad.
Él sonrió.
—Es la verdad. Si yo fuera ese hombre, ese Segador, como lo llaman ustedes, tendría impulsos, ¿no cree?
—No encajo en el perfil de las víctimas —se oyó responder.
—No es cierto. Y usted lo sabe. Me está poniendo a prueba.
Zoé lo desafió con la mirada. No pudo evitarlo.
—He visto a las mujeres asesinadas. En Internet —se apresuró a aclarar él, para evitar malentendidos—.
No se parecen en nada entre sí. Klaudia Nochbauer era rubia y tenía los ojos azules.
Laura Messing era pelirroja y tenía los ojos verdes.
Las dos estaban divorciadas. En cuanto a la tercera, Selma Lorenzen, era morena y tenía los ojos castaños.
Como usted. Pero ella estaba soltera, mientras que usted…
Le cogió la mano y miró la alianza que llevaba en el anular.
—… está casada.
Zoé retiró la mano de un tirón. El paño lleno de cubitos de hielo resbaló al suelo. Él volvió a ponérselo sobre el hombro.
—¿Hace mucho? —le preguntó.
—No estoy…
Zoé se mordió la lengua. ¡Cállate! ¡No se lo digas! Si él creía que aquella alianza era suya, a lo mejor tenía alguna posibilidad de salir de esta.
—No es asunto suyo.
—Tiene razón, perdone.
Él bajó la mirada y suspiró.
—¿Y el Segador? ¿Cree que está casado?
—La policía no lo descarta. Los hombres como él intentan aparentar normalidad. Es la mejor manera de pasar desapercibidos.
Él sonrió.
— Hombres como él . Eso es lo que acaba de decir. ¿Significa que contempla la posibilidad de que yo sea inocente?
Zoé ni siquiera se había dado cuenta. Tenía que estar más alerta si no quería dejarse manipular.
—Quisiera un poco más de agua —le pidió.
—Claro.
Bebió unos sorbos, esta vez más despacio.
—¿Tiene hambre? —le preguntó él mientras dejaba el vaso vacío en la bandeja.
Ella vaciló.
—Preferiría un cigarrillo —respondió.
—¿Nunca le han dicho que es malo para la salud?
—No creo que eso importe mucho en mi situación.
—¿Porque voy a matarla?
—No. Porque tengo un tumor cerebral —soltó.
Las palabras que acababan de salir de su boca le produjeron una sensación extraña, como si las hubiera pronunciado una desconocida.
—¿Es cierto?
Difícil de creer, desde luego. Ni ella misma se lo había creído cuando se lo comunicaron. Esas cosas solo les pasan a los demás, ¿no? Zoé suspiró y apartó la vista. Toda aquella conversación empezaba a ser ridícula.
—Sea como sea —prosiguió él—, tiene que comer algo.
Partió un trozo de sándwich y se lo acercó a los labios, como habría hecho con una niña para que abriera la boca. Zoé se sintió humillada. Tenía el estómago vacío y le rugían las tripas. En un arranque de orgullo, volvió la cara ostensiblemente.
—¿Qué le ha echado? ¿Un somnífero? ¿Veneno?
—No, eso estaba en el agua que se ha bebido. Es broma, claro —añadió al ver su mirada horrorizada—. Es un sándwich normal y corriente.
Zoé lo vio zamparse el trozo de pan. Le pareció que olía a atún con mayonesa. No había comido nada desde la víspera del secuestro.
—¿Lo ve? Sigo vivo. Se lo prometo una vez más: no tiene nada que temer de mí. Pero tiene que comer. Necesito su ayuda y, débil como está, no me servirá de mucho.
—¿Cómo que mi ayuda?
Le desató los tobillos y la ayudó a ponerse de pie.
—Va a ayudarme a descubrir quién soy.